I

Entender el final de cualquier cosa es un acto complejo. Lo es aunque sepamos todo el tiempo que un final es lo único que se puede esperar de este principio de vivir en la más pura ignorancia. Así vamos borrando en soliloquio de palabras no dichas cada inicio posible ¿Para qué? Si todo está prescrito, si ya se nos dibuja el desenlace antes de haber soñado su comienzo.

Pero a veces se impone, con el día quizás, con la semana, con el largo camino hacia algún sitio, con la mueca de herrumbre y desamparo que dibujan los rostros en el turbio cristal de sus anhelos, un vago espejismo de infinitud. La energía fugaz de ese relámpago es la causa y también la consecuencia de todos nuestros miedos. Y también de este afán que es escribirlos.

II

De pronto echo de menos el chute de energía de los primeros poemas, de los versos leídos en la adolescencia, cuando florecía ante mí, con toda su carga cinética, la magia de unos versos robados al sueño. A la luz de la lámpara velada se abrían como flores misteriosas, palabras que en su ritmo parecían escritas para mí.

Ya no me pasa. O al menos no lo hace del mismo modo. El saber pinta vetas de marrón podredumbre en las flores más blancas, en el primer asombro de aquel primer poema que me desveló el mundo. Quizás por eso sigo escribiendo versos. La búsqueda carece de sentido al cumplir su deseo.

 

III

No hay vida sin palabras. No hay holgura de tiempo sin la blanca quietud de las palabras describiendo lo que pasa o quisiera que pasara.

No hay eco sin palabras. Igual que no hay montañas si los cielos no recortan, azules, la brutal lejanía de su cuerpo rodado, la gris emboscadura donde una vez quisiste dejarte a la deriva. Era verano. Y en el duro designio de la piedra se abrieron de repente tus palabras, la mullida penumbra de unos versos aboliendo la runa y la arenisca.

Quizás basta con salir afuera para encontrar la emoción de las palabras recién lavadas, gotas transparentes colgando de los pinos.

Escribir poesía es un estado de ánimo.

La confusión entre adentro y afuera es también un estado de ánimo.

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Escrito por Lola Mascarell

Lola Mascarell (España, Valencia, 1979) es periodista y profesora de Lengua castellana y literatura. Desde el año 2008 y hasta 2012 dirige el Taller de Narrativa de la Universidad Politécnica de Valencia. En 2010 publica su primer poemario, “Mecánica del prodigio”, publicado por la editorial Pre-textos. “Palabras en el yunque. Memorias de un taller de escritura”, un ensayo sobre su experiencia en talleres literarios, ve la luz en la editorial Cocó, en el año 2012. Un año después obtiene el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados, otorgado por la Diputación de Málaga y el Centro Cultural Generación del 27, con el libro de poemas “Mientras la luz”, publicado por la editorial Pre-textos en febrero de 2013. Ese mismo libro, recibe el premio Alcalá de poesía en el año 2014. Algunos de sus poemas han sido recogidos en diversas antologías y revistas (Anáfora, 21versos, Estación Poesía...). También ha publicado artículos críticos en distintos medios de comunicación y suplementos literarios. En su blog: registrodeayeres.blogspot.com reúne diversas prosas poéticas.