El periodista y escritor, en su nueva novela, se adentra en la vida del autor más controvertido de la literatura chilena, integrante de la generación del 38, vanguardista de mediados del siglo xx, incansable trotamundos y referente intelectual del hitlerismo esotérico.

Es viernes por la tarde y Gonzalo León llega a la puerta del bar Celta en la esquina de Sarmiento y Rodríguez Peña. El aire húmedo, cargado de intenciones, obliga al paso cansino, a un pulso discreto. Adentro, la gente se dispersa, amaga con levantarse ante el fondo azul que languidece en las pantallas de televisión. “Miren que no hay partido”, se escucha de una voz, resignada, desde el otro lado del mostrador. Gonzalo es calmo: se quita su chaqueta, deja entrever una remera a rayas con la inscripción de Liverpool; pide un americano, piensa, con sus pequeños anteojos, con cierta impronta sartreana. El oleo de una mujer volcando agua de un jarrón lo enmarca detrás suyo. De pronto, la imagen de Miguel Serrano aparece, magnetiza el ambiente, traslada el pensamiento a un plano paralelo, donde las palabras se contraen alrededor de aquel encantador de enigmas de las letras chilenas; perpetuo y altivo, guarecido en el seno de sus fieles, siempre devotos, incansables. Gonzalo explica cómo a través de los personajes pudo transmitir los temores que se le presentaron al abordar a un personaje polémico, insondable, capaz de generar repudio y admiración en solo unas pocas líneas de diferencia. Miguel Serrano Fernández murió en 2009 a los 91 años, luego de un derrame cerebral. Sus restos fueron despedidos por su esposa, Sabela Quintela, y sus incondicionales, en medio del silencio del ambiente literario que otrora lo había engalanado. “Cuando murió el autor, murió la obra, y la crítica fue incapaz de evaluar o decir estéticamente con qué se quedaba de ella, tampoco de plantear un ensayo especulativo que permitiera ver si el nazismo que aparece en la literatura de Serrano estaba desde antes en la sociedad chilena”, dice Gonzalo.

Las cartas del mago

Según la mitología nórdica, hace más de 60000 años, en el último periodo interglacial, una civilización se erigió alrededor de las regiones antárticas más gélidas del mundo, al sureste de la actual Europa, la Hiperbórea. Resultado de una batalla cósmica entre Dios y Lucifer, la ciudad se construyó bajo el yugo de los “ariyas”, un grupo de semidioses capaces de participar de la trascendencia divina, dispuestos a rescatar al hombre de la prisión material en la que el mundo lo ha envuelto. No es de extrañar que Miguel Serrano haya logrado encontrar representación a su militancia de ribetes místicos en aquella confrontación perpetua de polos: entre lo divino y lo terrenal, entre el espíritu y la materia, entre el cielo y el infierno; en una batalla en búsqueda de un sustento divino que va a marcar buena parte de su obra y sus ideas, tal como en La resurrección del héroe (1984) deja a trasluz: Se puede ver cuán falso aparece el atribuir la inmortalidad a todos los seres con forma humana que se encuentran sobre la tierra. Para la mayoría no hay otra inmortalidad que aquella que los azares del Eterno Retorno dudosamente puedan brindarle (…) La inmortalidad individuada, personalizada, con rostro, deberá ser ganada por el héroe en un combate sin cuartel, de todos sus días, en ésta u otras rondas del eterno retorno, asimismo finitas, hasta que logre abrirse una salida, en un mediodía de la revelacion, como diría Nietzsche, inventándole y dando a luz al hijo del hombre.

Gonzalo León (Valparaíso, 1968), autor de Cocainómos Chilenos y del libro de cuentos Un imbécil leyendo a Nietzsche, entre otros, en Serrano (Mansalva) se abre paso por medio de un texto híbrido, despojado, que amalgama la crítica, la ficción y la crónica periodística alrededor de un personaje central, unívoco, despertador de alabanzas y rechazos, y a su vez, secundario, de fondo, venerado por un grupo de discípulos que harán lo necesario para acercarse a su huella, a su extraño y privado mundo. De la misma forma que Serrano interactuaba con su realidad, Gonzalo León proyecta en su novela una estructura dual, hermafrodita; un rompecabezas que permitirá no solo entender la historia del mítico escritor y diplomático chileno a lo largo de los años sino aproximarse hasta el borde de su mente, allí donde confluyen los hitos y las percepciones, donde lo real e imaginario parece ser parte del mismo juego.

 

¿Se puede separar al artista de su obra cuando como, en el caso de Miguel Serrano, guardó una entrañable admiración por Adolf Hitler al grado de considerarlo una divinidad en la escala de Cristo o Buda?

Lo que me llamaba la atención con Serrano cuando empecé a leerlo, que debió ser hace veinte años, era cómo solían tildarlo de nazi y de loco. Y cuando uno le preguntaba a esos críticos sobre qué escribía, nadie sabía realmente qué contestar. A lo largo de mi formación como escritor esas respuestas se empezaron a suceder, incluso entre los propios escritores. Cuando abordé sus textos a finales de los noventa me di cuenta, en particular con Ni por mar ni por tierra, la primera obra que leí de él, que era difícil hacerse una idea del nazismo leyendo sus libros. La obra de Serrano está dividida de su militancia. Si bien el nazismo funcionó como una religión católica, con la idea de una divinidad arriba encarnada en Hitler o en su defecto en la “raza”, lo que me interesó en Serrano fue indagar en su obra acerca de eso. Y en su primera novela no había rastros de ello. Asimismo, cuando leí otras cosas de él tampoco advertí tan fácilmente esa idea de nazismo que uno va adquiriendo a través de las películas. Ya a principios del 2000, los libros panfletarios de Serrano, de muy pocas páginas, eran como un refrito de lo que él ya había publicado, de segunda, tercera o última categoría. Lo que hizo fue transformar su obra en un panfleto ideológico. En ese momento Serrano sí era un nazi. Pero si lo pensamos en Ni por mar ni por tierra, una obra de 1951, gente como Pablo Neruda o [Joaquín] Edwards Bello no veían eso. Había una separación clara entre el Serrano loco y nazi, y su obra. Esa separación estuvo al menos hasta su regreso a Chile.

En la novela hay un señalamiento constante respecto a la forma en que Serrano se relacionó con el tiempo, por ejemplo cuando dice: “ni recordando ni soñando sino viviendo en otros planos”. ¿A que respondía esa cosmovisión?

A él le decían “el mago”. Hay un libro en el que me basé, en parte, el cual pongo al final, que es Conversaciones con Miguel Serrano. Allí el entrevistador, Rafael Videla, intenta hacer el libro como si se tratase del discípulo con su maestro. Para lo cual dota a Serrano de ese apelativo de “maestro”, de alguien con determinados poderes. Yo pensé en mostrarlo de esa manera, como un mago, que es lo que faltaba en el libro de conversaciones. Me dije: acá hace falto algo. Decidí que había una buena salida, mostrar al Serrano místico, al que creía en el esoterismo. Pensé en darle una vuelta para mostrarlo en el pasado, viviendo en otro plano y observando eso, como un actor participante que estuviera ahí siempre. Endiosarlo, en ese sentido, porque él creía un poco en eso.

¿Él quería transformarse en un mito o el entorno lo terminó llevando a ese lugar?

Tengo la sensación de que hubo dos entornos: uno es el del nazismo, que le hizo un homenaje en septiembre del año pasado, no difundido en los medios, en donde existió la intención de armar un libro de su obra más panfletaria. Desconozco si se hizo. Ese es un mundo. El otro es el de escritores, más jóvenes, hippies, de derecha, que le hicieron un homenaje en diciembre en Valparaíso. Armaron un libro de edición limitada, de cien ejemplares, hecho por un viejo pintor. Había tres textos, dos de Santiago Elordi, quien dirigió la revista Noreste y tenía como asesor espiritual a Nicanor Parra. Escribía un montón de gente allí. El otro texto es de [Cristian] Warnken, que tenía un programa de televisión (La belleza del pensar) donde entrevistó, entre otros, a [Roberto] Bolaño. Los dos coincidían en que hubo algo que le hizo mal a la literatura y la obra de Serrano, que fue su militancia. Algo muy contrario a lo que se creía en el otro homenaje de septiembre, cuyo núcleo era esa militancia. Esos dos polos hacen uno en Serrano.

Hay una asociación que puede hacerse entre Serrano y Martin Heidegger, no solo por ser dos figuras relacionadas al nacional socialismo y fustigadas por ello, sino por su crítica sin reparo al proceso de deshumanización que ellos ven que atraviesa el mundo. En el último tramo del libro, el poeta dice: “las máquinas son el demonio así como también lo son la técnica, el hierro, el plástico y la denominada imagen virtual, y están cambiando la vida de los seres humanos y controlando la realidad total del mundo”. ¿Ves esa semejanza?

Debo confesar algo: yo le hice una entrevista a Serrano. Lo que está en el libro fue tomado, al menos en gran parte, de esa nota que hice. El resto es invención. No recuerdo qué parte fue la que exactamente dijo él y qué parte es mía. En buena medida me fui metiendo en él y llegué a mi propio Serrano. Yo lo entiendo así, desde la ficción: un concepto de ficción donde confluye todo. Es en parte un homaneja a él. Con Ni por mar ni por tierra, Serrano fue uno de los primeros escritores chilenos en introducir el ensayo dentro de la novela. Por lo tanto, lo que intento hacer, más allá de la verdad o la mentira de los datos, es rescatar la figura de Serrano en tanto aporte literario, incluso en materia personal, para mí. Yo creo que ese que plasmo es Serrano, después, si fue así exactamente es dificil saberlo.

 

Foto Francisca García línea del tren
Ph: Francisca García

Cuando en la novela uno de los personajes, Mauricio, interpela a Serrano respecto a la influencia de la autobiografia de éste en su propia obra, Serrano comenta que “no hay separación entre la realidad y lo imaginario”. ¿Tomaste algo de esa máxima para construir la maquinaria conceptual de él en el texto?

Es que Serrano lo tenía claro. Él contestaba siempre desde el punto de vista literario y de ficción. A veces Serrano pensaba que algún periodista quería escuchar una barbaridad y él se la decía. En ese sentido, hizo muy dificil determinar quién era. Toda una estrategia extravagante, que iba para un lado y otro. Él trataba de remitirte a sus libros, y nadie entendió eso; que detrás de cada intervención pública que él daba, el mensaje era: leanme. Progresivamente empezó a subir la puesta, porque a él se le dejó de leer. Y Serrano se daba cuenta de ello. Tanto que al final terminó autoeditándose. Y en un principio era publicado acá en Argentina, en Colombia, en toda la lengua castellana, después empezaron a traducirlo, hasta que al final, luego de veinte años, terminó editándose él mismo. Eso coincide con el llamado de atención: “estoy acá, leanme”. Casi como una súplica.

Hay una pasaje muy interesante donde un lector de El Mercurio sale en defensa de Serrano luego de que un escritor declara que prefería que un pedófilo ganara el premio nacional antes que Serrano. ¿El lugar de Serrano en la literatura chilena sería distinto si no hubiera apoyado al nacional socialismo?

El libro puede ser tramposo. En un momento hubo un escritor, Rafael Gumucio, que tuvo una disputa con Serrano. Dijo que prefería que el premio nacional lo ganara un pedofilo antes que Serrano. Claro, en esa epoca él no era padre. Hace poco le volví a preguntar, en tono de broma, si seguía pensando lo mismo y se quedó callado. Yo pienso que terminé escribiendo sobre Serrano porque él es nuestro escritor maldito. Y de los escritores malditos uno no puede renegar. Un francés no puede renegar de [Louis-Ferdinand] Céline o de [Charles] Baudelaire. Los tiene que interpretar, que leer, que entender. Hay un poeta chileno, Bruno Vidal, que tiene un verso que dice: “un poeta maldito no es aquel que se corta las venas, un poeta maldito es aquel se baña con la sangre de los caidos”. Ese es el malditismo. Al mundo literario le cuesta entenderlo, y mayormente a la crítica. Ser maldito no es drogarse. Si vamos para atrás, Baudelaire era antisemita y misógino, se relacionaba únicamente con su madre y con algunas prostitutas. Así, la vida siempre te va a ser maldita. Es como una autocondena. Con Serrano, lo mismo. Es el tipo que abraza una militancia, que pide a gritos que lo lean, pero que transforma ese militancia en el principal obstáculo de ello. Hay algo central en todo esto: el miedo. Todo escritor maldito siente mucho miedo. Así como en Baudelaire fue a las mujeres, en Serrano fue a no ser leido.

El personaje de Serrano parece insistir en una suerte de punto de inflexión en su persona a raíz del asesinato del joven poeta Héctor Barreto, ¿cuán decisivo fue ese acontecimiento en su vida literaria?

Él intentó construir eso, pero me parece que es mentira. Sí hay un cambio en la figura de Serrano, que empieza a convertirse en el Serrano que conocemos después: el de la simpatía por el nacional socialismo; el que quería alistarse en la Argentina para el ejército nazi. Pero hay una pregunta que surge en general: ¿Se va a entender? Ese es mi miedo mayor al escribir sobre él, no tanto saber si está bien o mal. Es más, pensaba que no escribir sobre Serrano estaba mal. Cuando ocurre la muerte de Barreto, él tenía diecinueve o veinte años y tenía simpatías por el partido comunista aún. Luego, también, aparece la matanza de los sesenta nazis en el Palacio de la moneda. Esas cosas hay que mirarlas con lupa: el Partido Nacional Socialista Chileno era un partido institucional, democrático, es más, tuvo tres diputados. Creo que hay pocos lugares en el mundo donde aquello haya sucedido. Entonces, lo que Serrano estaba construyendo en ese momento era una alternativa de poder válido dentro de la sociedad chilena, no era tan extravagante. Sí lo fue en haber persistido con esa idea después de 1945. Pero no se si hubo un cambio en él, porque el Partido Comunista era tan institucional como el nacional socialista, la única diferencia era en los votos, pero después se encontraban en el Congreso. Por eso, creo que fue una construcción de Serrano, a posteriori, más cerca de los años ochenta, esta idea de que algo lo cambió sustancialmente.

¿Y la figura de Vicente Huidobro, su tío, fue decisiva en su formación?

Hay un libro que se llama La profecía política autocumplida de Vicente Huidobro de Enrique Zorilla. Éste último fue embajador de Chile en Alemania en los años sesenta, cuando Serrano lo estaba en la India. Para Zorilla fue muy importante Huidobro; para toda una generación él fue el poeta que los interpeló. Pero no solo a la “Generación del 38’”, sino a toda una clase. Huidobro fue muy importante, tanto que se presentó a candidato como presidente. Era un poeta con intereses políticos. Mucho más loco que Neruda y de otra clase social, pero también era de izquierda. Yo creo que hubo muchos gestos que esa generación interpretó mal, como fue su encarcelamiento por haber sido cómplice del levantamiento de los sesenta nazis finalmente asesinados. Ahora, hay algo que tanto Serrano como Zorilla hacen que es apropiarse de una figura. En el caso de Serrano es más entendible, porque Huidobro era su tio. Pero con Zorilla es muy raro lo que pasó, fue una apropiación muy fuerte. Serrano ésto lo hacía siempre, estaba acostumbrado, lo hizo también con Herman Hesse y [Carl Gustav] Jung. Decía que los conocía mucho más de lo que era, o no solo eso, que conocía lo que pensaban. Todo un delirio. Yo hago un libro de Serrano, pero no puedo decir qué pensaba él exactamente, la mayoría son interpetaciones que leo a partir de su obra, pero no puedo decir “la verdad”.

Si bien hay una referencia a Roberto Bolaño al final de la novela, vinculada al libro que escribe Mauricio, hay ciertas características de la obra, como la idea de una búsqueda constante de un autor misterioso a través del paso de los años, que hacen pensarte dentro de una herencia bolañesca. ¿Hay algo de ello en tu escritura?

No es la primera vez que me lo dicen. Y lo curioso es que soy un mal lector de Bolaño. No me gusta realmente. No voy a decir que Bolaño le hizo mal a los jovenes de la literatura chilena, seria una exageración, pero sí que les implantó una manera de pensar la narrativa. Y me parece que esa manera terminó siendo una única manera. Obviamente, que no es culpa de él, son los efectos que tuvo su literatura. En ese sentido, si bien Serrano tiene muchos elementos y podría pensarse como algo cercano a Bolaño, creo que lo excede también. Yo empiezo a escribir novelas en el 96′, cuando acá en sudamerica Bolaño no era el fenómeno que es hoy. Mis dificultades en ese entonces pasaban por armar una estructura que no tuviera los rasgos característicos y comunes de la novela: no me interesaba escribir algo de principio a fin; que tuviera un persona protagonista; un narrador en primera o tercera persona; que se refiriera a una sociedad o a un país; entre otras cosas. Andaba buscando otra cosa. Ahí comencé 140 leo´na mezclar varias cosas y escribí una novela que se llama Los Inocentes, que hoy me parece un espanto, pero que es una mezcla de novela policial y freak, de historias injertadas como muy a la fuerza. Ya tenía esa búsqueda. Después, me meto en la crónica, que es lineal y cronológica. Lo hago siete años en La Nación, todos los domingos. Al principio fue entretenido pero luego me empecé a aburrir. Ahi es que vuelvo a retomar esto otro. Y mis novelas funcionaron siempre así. Yo creo que es difícil sostener una idea de novela lineal. Si bien Bolaño pudo patentarlo, no significa que fuera el único que hacía eso ni que lo haya inventado.

 

 

A veces más que una novela sobre Miguel Serrano, el texto se muestra como el relato sobre grupo de escritores que quieren escribir sobre él.

Al principio era eso. Los personajes jovenes tenían un peso mayor. El problema es que a veces hay que equalizar. Yo traté de encontrar la forma de que Serrano apareciera antes y que no sea solo tras la búsqueda de los jovenes. Era eso, una búsqueda: escribían, hablaban de él. Pero cuando hice aparecer antes a Serrano, se los terminó comiendo, porque implicó que no solo tuviera que mover partes de atrás hacia adelante, me hizo escribir mucho más, y se empezó a reducir el espacio de esos personajes. Pero el interrogante del libro es cómo escribir de Serrano o de cualquier escritor maldito. Es una pregunta literaria, que la puede responder cualquier otro escritor de otro modo. Yo la respondo así. Lo otro que me interesaba mostrar era que escribir una novela no es una pregunta, es una pregunta retórica, siempre. Si uno tiene la creencia de que es un interrogante en esencia, no va a escribir nada. Uno la tiene que responder en algún momento.

¿Cómo fue el paso del Miguel Serrano escritor, histórico, al personaje que protagoniza tu novela?

Me topé con lecturas que no sabía que existían, por ejemplo la de una mexicana, Cristina Rivera Garza, que escribió una especie de biografía sobre Juan Rulfo que se llama Había mucha neblina o humo o no se. Ella vino al FILBA, y por motivos laborales la tuve que entrevistar; allí empecé a leer la novela, que era una búsqueda de Juan Rulfo. Ahora, era una búsqueda mucho mas ensayística, con coqueteos con la academia, y que tenía una gran diferencia con la de Serrano: Rulfo es una figura central de la literatura mexicana y Serrano no de la chilena. Lo que yo saqué de eso, es que ya se estaban haciendo ese tipo de aproximaciones para con un autor en otras partes.

En los agradecimientos hacés referencia a un viaje paradigmatico a Chile junto a Francisco Garamona que ofició como punta de lanza para la escritura del texto. ¿Qué fue exacatamente lo que ocurrió allí?

Con Garamona somos amigos, desde hace casi diez años. La primera vez que lo escuché fue en una exposición, en un Centro Cultural de España. Allí me pareció un chanta, jamás imaginé que terminaría siendo amigo de él. Desde ahí comenzamos a hablar, hasta que yo me vine en 2011, ya definitivamente. Solía ir a su librería a charlar con él. Y lo que no me daba cuenta era de las obsesiones que tenía al hablarle. Entonces, en un momento apareció Serrano. Cuando viajamos a Chile por la invitación de una editorial, él me dice en al aeropuerto: ¿por qué no escribís sobre Serrano? Garamona estaba armando la seccion de “no ficción”, que ya contaba con la biografía de Osvaldo Lamborghini que hizo Ricardo Strafacce. Yo entendí que él quería llenar ese espacio, y le di un “no” muy de plano. Pero después volvió a insitir ya estando en Chile. Igualmente, lo que me pasó fue que recuperé un libro, el de Rafael Videla, que me provocó mucha risa en su momento. Pienso que podría haber sido una gran novela, una novela “airana” de la puta madre. Lo que me di cuenta fue que Serrano tenía un problema con sus seguidores: la devoción. Es distinto que yo lo muestre endiosado que escribir con esa devoción respecto de él. César Aira dice que cuando uno es parte de una tradición está habilitado no para hablar bien de ciertos libros, porque eso lo pueden hacer todos, sino para hablar mal de ellos. Yo pensaba algo asi.

En el libro La serpiente del paraíso de Miguel Serrano, él describe dos mundos: uno es el real, donde transcurre la vida cotidiana; y el otro es el distinto, “de otro ser y de otros seres”, donde el tiempo se mide por imágenes, señales e “hitos demarcadores” que establecen las “distancias con la fatalidad”. ¿Es necesario entender cómo se movía Serrano entre estos dos mundos para tener una lectura más fructífera de su obra?

Por alguna razón él pensó así siempre. Cuando habla de la derrota militar de Hitler en 1945, agrega inmediatamente esto de la “lucha cósmica”, una lucha en el plano espiritual que aún está pendiente; luchas que se pueden perder en un plano pero que en otro están pendientes y pueden resolverse de otro modo. Creo que la palabra que nuclea ésto es el “mito”. Él tenía una obsesión con el mito. Tanto así que creo que él trabajó, tal vez inconscientemente, en ello. Pero el mito entendido como origen del relato, como productor de historia; que no son necesariamente de verdad o de mentira. El mito refiere a la realidad, pero no es la realidad. Cuando hablan de Serrano como leyenda creo que se equivocan, la leyenda es otra cosa, es una construcción posterior; el mito es primigenio. Y ese era su trabajo. En sus conversaciones le daba un sentido distinto del que podemos darle nosotros hoy en día. En Serrano hay una manera de concebir el mundo, la escritura y también la política. Por lo tanto, cuando él analiza, como intelectual que fue, da material casi para otro libro. Allí habría que pensar que hasta pudo haber sido un revolucionario, porque no discutía con los elementos de la lógica. No era un intelectual tradicional, no fue como Beatriz Sarlo o Noam Chomsky. Un día leí, durante la dictadura, un artículo de él en El Mercurio que decía: “El maldito judio Melnick”; que era el Ministro de Planificación. ¡El tipo puso eso contra un funcionario! Es difícil seguirlo en su forma de pensar, dual, y más difícil lo es en sus intervenciones públicas. En lo literario es mucho más sencillo, el que no lo ve es porque no quiere verlo. No leí toda la obra de Serrano pero lo que leí de ella y de las apreciaciones que tenían ciertos críticos me dio la pauta de que había un territorio a conquistar. No se había escrito nada. Esto no es un libro de crítica literaria, es de ficción, pero hay cierto coqueteo. El mensaje no es leer a un nazi. Hemos leído a [Ezra] Pound, a Céline, ¿Por qué los leemos? ¿Porque son europeos o norteamericanos? Cuando nos ponen a un latinoamericano pareciera que cambia eso.

 

Foto de portada: Francisca García

 

Escrito por Marvel Aguilera

(Buenos Aires, 1987) Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Egresado de TEA. Cursa la Licenciatura en Comunicación Audiovisual en la UNSAM. Colaboró en los portales culturales Revista Tiburón, Indie Hoy y Revista Kunst.