Cuatro vidas, cuatro suicidios, cuatro escritores con un dilema entre manos: la existencia. ¿Las armas homicidas ? La fama y la gloria. Todo esto desde la noche blanca que les llegó a estos bellos seres. Bienvenidos al teatro.

 

 

“Morir, dormir, tal vez soñar.

¡Ay! Ahí está el problema,

pues lo que podemos soñar después de despojarnos

de esta envoltura carnal debe hacernos reflexionar”

Shakespeare

 

Se abre el telón.

Tres escritores, quizá cuatro, son los que me han impresionado no por su vida, sino por su muerte. Me refiero [en orden cronológico] a Stefan Zweig, Ernest Hemingway, Yukio Mishima y recientemente David Foster Wallace. Yo me pregunto -especialmente en las noches-, ¿cumplieron una función errónea las palabras en estos hombres?  ¿Sufrían  de un exceso de razón? ¿O la existencia para ellos fue una entera carga? Podría lanzar más preguntas pascalianas al fondo de la cuestión, pero, sinceramente, todo intento de explicar una experiencia final tan íntima sería vanidad.

 

El suicidio es la libertad cansada y quien intente comprender reflexivamente tal ingeniosidad quedaría sin remedio rezagado a ver crecer la hierba de las preguntas infinitas.

 

Sólo cabe aceptar que al pensamiento no le queda otra posibilidad de comprensión que el espanto y el horror ante lo incomprensible, ya que se desvela que las letras que deberían exhalar belleza, coexisten con el germen de destrucción.

Stefan Zweig, angustiado por deudas financieras y las victorias del eje, se quitó la vida junto a su esposa en Petrópolis, Brasil; Ernest Hemingway, la guerra, el declive de su hombría y el martirio de la remembranza lo llevaron a detonar la escopeta de doble cañón sobre el globo terráqueo de su cabeza; Yukio Mishima preparó su harakiri, inspirado en el trinomio belleza-erotismo-muerte y con la paciencia ritual dejó su final a la voluntad de su afilada katana; y a David Foster Wallace lo delata que en sus escritos se obsesione con la muerte de los matemáticos del siglo XIX, aunque sus depresiones suicidas ya provenían de su “perfeccionismo” absoluto y la dependencia de los fármacos.

 

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Erasmo de Rotterdam (1469-1536), a la izquierda, y Stefan Zweig.

 

Muertes complejamente bellas. Finales que no podemos aceptar, sin que ignoremos que nosotros también vivimos en búsqueda de la belleza, la felicidad o el infierno, donde se forjan las deformaciones que luego aparecen como alegrías o esperanzas. Aquellos escritores decidieron morir con la misma razón que los obligaba a vivir.  Porque la vida, extrañamente, se inventa razones para mantenerse en su existencia.

Por eso el que cometía suicidio en la edad media, se veía recompensado con su admisión en el colectivo de los que ríen o nada saben. Esta era la llamada risa de Satanás, como se proclamaba en ese periodo el acto de auto-aniquilamiento. La modernidad, simplemente le llamaría, “el problema filosófico más serio e importante de la filosofía occidental” [Camus].

 

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Albert Camus. Mikel Casal Ilustración. Diseño Gráfico.

Antes de pegarse un tiro -dijo bien H. Heine- uno debe entregarse a un cierto soliloquio, pues aquí es donde se determina la relación entre el pensamiento individual y el suicidio.

 

Allí es donde se gesta el acto dramático, preparado en silencio, igual que una gran obra. Reflexión que como canto de cisne o el acuciante debate de Hamlet de “ser o no ser”,  determina la situación final de un hombre.
Hemingway, por su parte, sacó de su armario su bata favorita, la que llamaba “Túnica del emperador” (quizá recordando las palabras de Cleopatra en Shakespeare, justo antes de que el áspid muerda su corazón: “Dame mi bata Ponedme mi corona; tengo anhelos inmortales en mí), y también su escopeta Richardson plateada de dos cañones calibre 12 y se disparó. No sin antes, la noche anterior, corear con su esposa Mary Welsh, el estribillo de esa bella canción italiana: “Tutti mi chiamano bionda, ma bionda io non soro: porto i capella neri…”

 

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Ernest Hemingway. Felipe Parucci Ilustración. Diseño Gráfico.

 

Así entonces fue que S. Zweig se tomó cinco o seis días para preparar su partida. Dejó todo el orden, como si algún  Jacob Marley personaje  de Charles Dickens, le hubiese sentenciado el final de su vida de antemano. El testamento fragmentario que dejó, reveló el estado desesperanzado de su ser: “salgo de la vida. Sería necesario esfuerzos vigorosos para reconstruir mi vida”. Su final, fue con decoro, como si siguiera el consejo del filólogo inglés George Borrow de permanecer con belleza así en la vida como en la muerte.

La espectacular salida de escena de Mishima por autoinmolación fue preludiada por los personajes de sus novelas desde hacía dos décadas. Además de su galanteo con el orgullo samuraí,  la ovación por el eros tanatos freudiano, y la adoración de la belleza propugnada por su maestro Kawabata. Mishima abandonó el escenario –como previó Heine– como un actor brillante con la máscara que años anteriores se había puesto y que ya era parte de su piel. Y días previos a su partida decía frases como “espere y verá lo que hago”“si verdaderamente mi lógica no se sostuviera en una experiencia original, si simplemente flotara en el aire, mi estética sería una gran mentira”; “Yo ahora siento que me hallo al borde del momento de mi vida en que todas las patas de la mesa han desaparecido”.

 

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Yukio Mishima, el último poema de Japón.

 

Y en el autor de la Broma infinita, Todo y más: una breve historia del infinito, D.F. Wallace, el drama recae en que dentro de su vasta obra no haya escrito una sola línea sobre su enfermedad mental.  Suspender el Nardil, su medicamento contra la depresión, a un año antes de su suicidio, pensando que esto ayudaría a mejorar su genio creativo,  fue lanzarse vertiginosamente en ese agujero vacío en el que se visualizaba cayendo sin posibilidad de tocar fondo. Wallace siempre pensó en el suicidio como la back-door que llevó a Truman a la realidad. La opción siempre presente para finalizar la comedia.

Su discurso This is Water dictado en la universidad de Kenyon College, fue, por decirlo de alguna manera, su único testamento. Una conferencia, mezcla determinismo, nihilismo y monotonía existencial, que ya evidenciaba una justificación para  una opción deseable respecto al problema miserable. Los conocedores de su vida y obra, sabían a qué hacía exactamente referencia con aquellas palabras. Sinceramente, para que Wallace tomara la decisión “metarracional” [porque no hay otra palabra afín] para aniquilarse, tuvo que franquear la frase que repetía y que era la filosofía del temor con la que sostenía su existencia: It´s not desiring the fall… it´s terror of the flames.

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Jonathan Erdman Ilustración. Diseño Gráfico.

 

Estos cuatro escritores salieron de escena en diferentes edades como estrellas brillantes de la literatura. Zweig y Mishima a los 45 (edad razonable para ambos, según sus apuntes personales), D.F Wallace a los 46 y Hemingway fue el que más prorrogó su vida, con 62 años.  Quiero proponer un aplauso para ellos. El panteón de los que ríen en algún lugar, y no busquemos ni en el cielo ni en los círculos del infierno de Dante los saludan con honor.  El conocimiento y el bel sprit literario nunca han sido ni será una curación para el problema del hombre en el mundo, sino una catarsis liberadora de esta nerviosidad llamada existencia. Es una verdad innegable que todos los hombres [y mujeres] literariamente profundos, ponen su dicha en asemejarse alguna vez a los pájaros y jugar sobre las cumbres del viento. Bellas vidas, bellas muertes.

Se cierra el telón.

Escrito por Diego Firmiano

Escritor, Periodista, Viajero.

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