El horno microondas no funciona bien. El botón de inicio, falla. Quise repararlo y lo único que conseguí fue descubrir que si mantenía el botón presionado con el dedo, el microondas funcionaba. Si lo soltaba, se apagaba. Empecé a usarlo para calentar cosas que no me llevaran mucho rato, porque me aburría estando ahí parado mirando por la ventana, apretando con mi dedo ese botón que no tenía un mecanismo sino que era un botón más bien digital, tipo táctil. Inspirado por el recuerdo súbito de una película de Jean-Claude Van Damme, inventé un dedo falso con una goma de borrar que, presionando el botón con una serie de objetos de lo más variados y ordenados de forma especial, simulaba la presión continua de un dedo humano. No funcionó. Había indicios de que el error estaba en la goma de borrar. Tenía que sustituirla por algo que fingiera de mejor manera un dedo humano porque yo no estaba dispuesto a arrancarme la piel de la yema del dedo para ponerla en la goma de borrar, como tan valientemente hizo el protagonista de la película.

Un pedazo de frankfurter me pareció ideal, lo instalé sin problemas y por esa vez todo funcionó a la perfección durante buenos y largos minutos, y pude descongelar un guiso que ya tenía la consistencia glaciar de un cometa. Me negué a usar un nuevo pedazo de frankfurter para cada calentada importante. Porque por un lado ahora podía calentar la comida sin estar ahí parado esperando, pero por el otro, iba a perder frankfurters a un ritmo inconveniente, y no podía obviar que ellos eran valiosa comida. Me di por vencido después de seguir sin éxito el consejo de mi tía, que me dijo que secando los botones del electrodoméstico con el aire caliente de un secador de pelo, el problema quedaba resuelto. Después me acostumbré a perder muchos minutos frente al microondas, que sumados, son ya varios días enteros de mi vida.

Hoy me levanté de muy mal humor, a media tarde, en la penumbra de una tormenta salida de una estación inentendible. Mantuve el hermetismo de la cocina, aunque el aire de la noche siguiera ahí, aunque el humo de mi cigarrillo, y me senté en un banco bajo a pilotear la resaca. Fue una muy mala idea salir anoche. Tengo que aprender a no salir tanto de mi casa. Mis incursiones sociales no hacen más que agravar este desastre. Ahora un odio pastoso por la vida y por mí mismo circulaba despacio por mi cuerpo luego de producirse en mi boca. Para evitar profundizar en este problema, retomé la lectura del libro que contaba la historia de Alejandro Magno y el periodo helenístico, y puse a calentar una taza grande de café en el micro. Apreté tres veces el botón de inicio y mi dedo se iba a quedar quieto por noventa segundos. La taza empezó a girar alumbrada y yo seguí leyendo. No sentí la importancia de quedar preso del microondas hasta que llegó el momento de dar vuelta la página. Me era imposible dar vuelta la página del libro con la misma mano con la que lo sostenía. El libro es grande, pesado, y se está rompiendo. Busqué con la vista un lugar para apoyarlo y poder pasar la página, pero estaba todo lleno de platos sucios, cosas de cocina y cosas que no tanto. Incluso el techo del horno microondas, que de estar libre es el lugar ideal y que otras tantas veces ha oficiado de helipuerto de libros durante las calentadas que me encontraban leyendo, estaba lleno de porquerías. Mi mano derecha estaba ocupada con el botón, completamente alienada en la presión y atenta al zumbido del horno y al giro de la taza. De alguna forma, mi mano ya aprendió que el café requiere por lo menos un minuto y medio para alcanzar una temperatura adecuada.

Traté de pasar la página con la nariz, de enganchar el filo de la hoja con la punta de mi nariz y poder seguir leyendo, pero no tenía la precisión desarrollada y solo lograba mover de a varias hojas, arriesgándome a perder la página por la que iba mi lectura. Por eso tuve la precaución de memorizar el número de la página. Me sentí desafiado y traté de ser creativo. Probé con la lengua. Primero lo intenté como si fuera un camaleón que apresaba un insecto, pero mi saliva no resultó ser tan pegajosa, ni mi lengua tan larga y la hoja caía nuevamente en su lugar. Después traté de pasarla con la punta de la lengua, pero solo lograba separar de a cinco o cuatro hojas. También me faltó destreza. No fue agradable desayunarme con el sabor ni la textura de aquellas hojas amarillentas y me sentí un poco ridículo. Traté de pellizcar una esquina de la página con mis labios, y nada. Todo esto sobre la expectante mirada de los hombres del impresionante ejército de Alejandro de Macedonia, que esperaban ansiosos a que yo resolviera el asunto para poder marchar al fin sobre Babilonia. Si no quería dañar las hojas de un libro tan viejo tenía que tener más cuidado. Pero presionado por la mirada de toda esta gente, me volví todavía más torpe. Sentí risitas burlonas por lo bajo entre los soldados y sentí algunos caballos resoplando por impaciencia o corcoveando por miedo a mi figura. Pero se me ocurrió que soplando desde un costado podía levantar de a varias hojas y cuando la que yo precisaba dar vuelta se separase del resto, ahí aumentaría la intensidad de mi soplido para dar vuelta la página y que la Historia pueda continuar.

Perdí varios segundos soplando con esfuerzo y aunque sentí que me hiperventilaba y se me nublaba la vista y me dolía la cabeza con cada latido del corazón, parecía que iba a lograr mi objetivo. En eso, la hoja, la que yo quería, se separó del resto. Soplé más fuerte y quedó casi en la mitad del arco que las hojas de un libro dibujan cuando son pasadas. Tomé aire para dar el último soplo, el que iba a poner las cosas a mi favor, y una vez que la página temblorosa pasara ese límite, aseguraría su posición con todo mi rostro si era necesario. Ya no me importaba más nada. Podía conseguirlo. Pero antes de lograr lo que se había vuelto tan importante para mí, el pitido del microondas anunció el final de su tarea y mi mano derecha, ya liberada del botón, con una naturalidad y presteza envidiable, pasó la página que oscilaba erguida bajo mi cara y después se alejó rápida a buscarme el café caliente. Alejandro el Magnífico conquistó Babilonia en pocas páginas y ya se disponía a continuar rumbo a Egipto, pero yo ya no pude seguir leyendo. Tuve que parar. Algo iba mal.

Quiero dejar constancia del respeto y la tolerancia que Alejandro el Grande mostró para conmigo durante toda la escena. Ni siquiera cuando mis soplidos agitaron su melena y empezaron a ladear su terreno, dijo comentario al respecto. Quizá su gesto confirme su grandeza. Por algo es una de las más reconocidas estrellas pop de la Historia. Quizá yo le caigo bien porque le parezco lo bastante helenizado. O quizá sabía que me precisaba para continuar, que nos precisábamos mutuamente. O quizá una vez conquistada Babilonia enseguida perdió toda relevancia nuestro percance. O yo nunca pude sentir su disgusto porque estaba muy concentrado en mis piruetas faciales. O quizá me teme; me teme porque sabe que puedo matarlo de un tinguiñazo y dejarlo escrachado con Bucéfalo y todo contra cualquier azulejo de mi cocina, convertido en una mancha más. Como le pasó la semana pasada a Julio Argentino Roca, y como le ha pasado a otros tantos personajes ecuestres que ahora ya no puedo diferenciar de las manchas que quedan en las paredes cuando mato a las moscas. O lo que es peor: sabe que puedo cerrar el libro con un golpe seco, con una sola mano, sumiendo a todo su imperio en el silencio, la quietud y la oscuridad total.

Pero yo sí estaba muy indignado conmigo. Fui un gran fracaso. Me recriminé por mi torpeza, por mi ineficacia y por un montón de cosas por el estilo que se me vienen agudizando. Traté de ser más racional, desentenderme de la lectura y los sentimientos de frustración. Ignoré el malestar de la resaca, respiré hondo y evalué la situación material, que ahora era igual pero con una taza de café en la mano derecha y todo el tiempo del mundo para resolver el mismo desafío. Entonces, con una presión y movimiento simple con un costado de mi nariz sobre el papel, pasé la página. Listo. Fue un error usar mi nariz como un gancho, aunque ese era el uso que su forma me sugería. Era fácil, solo tenía que pasar mi nariz como quien pasa el dedo. Como negando a medias con la cabeza contra el papel. Fue así como descubrí que mi nariz puede tener la misma, rigidez, adherencia y grasitud que un dedo, o que un pedazo de pancho, y fue así como aprendí a leer sin usar las manos.

Por su parte, Alejandro Magno murió en Babilonia el 10 o 13 de junio del año 323 a.C. Es posible que lo hayan envenenado.

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.