IV

Éste es el tercero del mes.

El Coronel camina en círculos. Está preocupado. Su uniforme militar tiene unas ligeras arrugas (algo raro en él), indicio de las horas que pesan sobre su espalda. Es de día, la oficina del teniente Sandoval luce distinta, fresca. Éste, en cuanto vio llegar al Coronel, se puso de pie para recibirle con el habitual saludo dispensado a un miembro de su rango. La mano derecha extendida a un costado de la frente.

El Coronel arroja el periódico sobre la mesa y espera a que Sandoval lo lea.

Atraco queda impune. Limosnero robado y herido.

Eleuterio Sandoval no entiende por qué el Coronel se agita tanto por un simple pordiosero. Esa clase de atracos son bastante comunes, más en una Ciudad en plena expansión. Son los costos del progreso. Pero antes de hacer cualquier comentario que encabronara aún más a su superior, prefirió seguir con la nota:

El día de ayer, en punto de las veinte menos quince, un grupo de delincuentes asaltó a un limosnero, quitándole todas sus pertenencia, entre ellas, el dinero recolectado de un arduo día de trabajo. El hombre aseguró haber visto al menos a tres hombres, uno de los cuales llevaba una herida que le cruzaba toda la mejilla izquierda.

¿Desde cuándo el Cortado atracaba a simples mendigos?

¿Lo ve? Este desgraciado está poniéndonos en ridículo hacía mucho que el Coronel no se veía tan agitado. ¿Y usted qué ha hecho para detenerlo? ¡Nada! ¿Y sabe por qué? Porque de lo contrario ya estaría encerrado, pudriéndose.

Lo siento jefe. Hace unos días puse tras su pista a dos de mis mejores hombres.

¿Y qué nuevas le tienen? preguntó con cierto sarcasmo.

Desde entonces no han regresado al cuartel. Ya envié a dos más para que los busquen.

Ja, ¡menudos héroes tenemos! Pero ya aparecerán; ahogados en alcohol o ahogados en su sangre, pero aparecerán.

Y antes de que se hiciera más larga la pausa, añadió:

No le queda mucho tiempo, Sandoval. Si quiere conservar su puesto traiga a esos hombres frente a la justicia cuanto antes.

Un portazo dio por concluida la efímera reunión.

Yo me puedo hacer cargo de él.

Una voz áspera se coló en la resonancia que dejara el portazo. Diógenes Espinosa sostenía un trapo mojado. Había estado ahí todo el tiempo, escuchando cada palabra vertida. El teniente se había olvidado por completo de su presencia, algo que de por sí no era difícil. Diógenes era una mácula borrosa. Siempre era el primero en llegar, como si el cuartel fuese su mismo hogar. Ni siquiera la tempranera señorita Contreras podía adivinar en qué momento aparecía frente a la entrada de las oficinas. Hubo algunos que dijeron haberlo visto dormir en el parque de enfrente. En cuanto se prendía el primer foco (recientemente introducido por Thomas Alva Edison), Diógenes se encontraba ya realizando alguna de sus múltiples tareas.

¿Qué dice usted, señor Espinosa?

Que yo puedo traérselo.

Sandoval estuvo a punto de soltar una carcajada. El buen sentido del humor de Diógenes lo avasallaba. Pero pronto se dio cuenta de que las palabras del mozo no estaban vertidas en tono de broma. El rostro petrificado, los ojos vacíos, la mirada fija. El teniente iba a asentir, como por un impulso, como obedeciendo una orden venida de un superior. Pero logró contenerse, recobrar la razón.

¿De qué está hablando? Usted no tiene entrenamiento alguno. Dos de mis mejores hombres están extraviados, quién sabe si sigan vivos. Sería absurdo suponer que usted pueda hacer algo; al contrario, la muerte sería su único destino.

El agua resbaló sobre la jerga. Diógenes escurrió el excedente y continuó su labor diaria. Sandoval no supo qué más decir. Esperaba una insistencia mordaz, una resistencia osada, pero no hubo nada de eso. Sólo el sonido de un piso rechinando.

Los días pasaron. Cuatro policías aparecieron muertos, con la cara cortada. Los periódicos culpaban a la Gendarmería, su ineficiencia ponía en riesgo la vida de la Capital. El Generalísimo hizo una llamada, eso era suficiente. Eleuterio Sandoval estaba en la mira, a punto del colapso, su trabajo pendía de un hilo, veinticuatro horas más, ése era su plazo, de lo contrario, podía irse despidiendo de su puesto, de su salario, de su vida. El sentido no era figurado. Podía acusársele de traición, de incumplimiento de un deber supremo, de tantas cosas. Su cabeza, ahora sí, en sentido literal, estaba en juego. El paredón era su única salida.

Las ojeras, los expedientes esparcidos, la mesa alborotada, y el sonido de una jerga atravesando el agua.

Yo me puedo hacer cargo de él.

Un déja vu, la ironía de un pasado inasequible, despedazado, una ilusión que se esfuma en medio del oleaje del sol. Las palabras que se acumulan y duelen, no dejan de repetirse, de punzar. Pero no es un sueño, Diógenes nuevamente está ahí, de pie, con un tiempo detenido, estancado en la añoranza. El teniente está muy cansado para pensar, mejor reír, burlarse y maldecir al dios.

Ande, vaya por él y tráigame su cabeza.

Y una respuesta monótona acompañada de un saludo militar:

A sus órdenes jefe.

Hay gran revuelo en la oficina. La cabeza duele, ¡cállense! El alcohol está a su lado, le dará serenidad frente al pelotón. Pero tiene que arreglarse un poco, no puede partir en esas fachas. ¿Qué va a decir su niña cuando lo vea llegar? Porque de eso está seguro, si alguien lo ha de salir a recibir, es ella. No quiere coros angelicales, ni santos con una llave, la quiere a ella. Por eso se levanta y se pone frente al espejo. Toca sus mejillas, sus párpados caídos. Se maldice un poco. Le hubiera gustado hacer tantas cosas. Encontrar a ese maldito que se la llevó. ¿Dónde estará? En medio del Infierno, quizá, comiendo osamentas de miel. Tal vez así sea mejor, morir en la ignominia, chamuscado por una ardiente herejía. Así lo verá frente a frente, como dos flores quebradas. La puerta suena. Ha llegado la hora, el plazo se cumplió. Eleuterio Sandoval ajusta su traje, se cubre con un poco de agua y…

Al abrir la puerta una algarabía se lanza sobre él. Besos y abrazos. El mundo se ha vuelto loco. Debe de ser el alcohol, el delirio del abismo, la cruda del sueño. Entorna sus ojos, trata de enfocar su atención. La bulla desaparece, escondida en vanas ilusiones. Por un momento regresa a la realidad, al paredón. Pero entonces lo ve. Es él. Un espectro fugaz. Sostiene la cabeza de su hija. Inmóvil. Se lanza enfurecido. Mas una voz y un saludo militar lo detienen:

A sus órdenes jefe.

Mil colores se deforman en manchas opacas. El mundo se transforma en un ocaso de locura.

Diógenes Espinosa sostiene una cabeza, la cicatriz no miente, es el Cortado. La sangre aún chorrea, en su mano, en el suelo. El olor es insoportable. El alcohol se ha perdido en él.

¡Saque eso de aquí!

A sus órdenes jefe.

El Coronel no puede dar crédito a lo que oye. No sabe si reír o maldecir.

¿Y pretende que me crea toda esa mierda?

Es la verdad sentencia un renovado teniente Sandoval.

¿Me está diciendo que un mocoso de pueblo, un indio maloliente, acabó con uno de los maleantes más temidos de los últimos años, a quienes ni nuestros mejores hombres pudieron detener?

Eso es lo que dije.

Sabe que no me gustan las bromas, ¿verdad, teniente?

Lo sé, y usted sabe que a mí no se me dan muy bien.

Parece increíble.

Lo es.

El Coronel medita, no tiene nada más que decir. Eleuterio sabe que ha llegado el momento de retirarse. Toma su sombrero y camina, sus piernas aún le tiemblan.

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales.