– Si me pregunta yo ya no sé en qué confiar. – le dice la vieja peluquera a la vieja clienta.

Está desconcertada, la tijera en una mano, pero su cuerpo entero en pedazos en la otra, sabe que en cualquier momento puede cortar demasiado profundo, dejar una parte calva o hasta volarle una parte de cuero. Sin querer, claro.

– Dejemos así por hoy – dice la vieja peluquera.

¿Está cayendo ceniza? se cuestiona sorprendida. Al meter la mano en el bolsillo derecho extrae un puñado de tierra, tierra a secas, ojalá fuera polvo y entendería que el tiempo trae consigo mucho polvo para que después uno se dé cuenta de cómo pasa ese tiempo y corra la memoria, un mecanismo olvidado. Pero no es polvo, es tierra. Quizás se deshace el abrigo que lleva puesto, piensa y mete la otra mano para encontrar más, se sacude como un perro mojado y trata de sacar la mayor parte del residuo de su vestimenta. Eso fue hace un mes más o menos explica mientras cuenta las monedas, no le dio importancia, pero al día siguiente cuando al levantarse encontró lo mismo en su cama, como si hubieran desenterrado un muerto y lo hubieran echado a dormir a su lado, se preocupó. Se lo contó como curiosidad a la hija y ella pidió turno en el centro de salud público.

Ya eran días y semanas que veía a su madre más vieja, más arrugada, más caída, no de espíritu ni de carácter, que eso conservaba intactos, pero sí de cuerpo y rostro.

– El doctor nos recibió con apuro, como era de esperarse, me miró los ojos, la boca, cada arruga de la cara y mandó orden de varios exámenes, ya sabe, esos de rutina – contaba la vieja desde atrás mientras pedía cambio para la clienta.

A las dos semanas la llamaron y casi que no la hicieron esperar para que pasara a consulta. El doctor, un joven bajo de estatura, pero corpulento, se dio la vuelta para recibirla y la miró acongojado, esa era la mirada de televisión para las malas noticias pensó la vieja y se felicitó por su referencia tan acertada. Se sentó y vio atrás para comprobar el rastro que la perseguía ya constantemente, como pasos de bebé marcados con ceniza. Usted tiene metástasis concluyó el doctor después de tragar saliva, su rostro ya no mostraba el miedo de dar malas noticias, sino condescendencia. Esa mirada es la de lástima, la de “lo siento, pero estoy a sus servicios” volvió a pensar la vieja, aún no llegaba a procesar la información y casi sonrió, lo cual desconcertó al médico quien entre balbuceos pretendió explicarle la definición del término que había usado hace unos minutos.

– Y ahí estaba yo escuchando al doctor explicarme lo inexplicable, lo que todo el mundo sabe.

– ¿Pero y la tierra? – preguntaba la vieja clienta en su segunda cita de la semana.

– Y de la tierra no supieron darme motivo, tendría que buscarle uno yo misma. – dijo en tono de burla.

Esa noche mientras repasaba las palabras del médico y su cátedra sobre la enfermedad, pensaba que la tierra era como una especie de mediador, sí, entre el pasado y el presente, entre la expectativa y la verdad, entre el ambiente cotidiano y la tierra, a ras de suelo, entre la vida y la muerte.

– Qué pena – dice la dueña del gabinete y explica a la vieja clienta que hace una semana que la vieja peluquera no se acerca.

– Ya, pero eso parece material para una película. – le responde esta mientras se sopla las uñas.

– O un cuento. Irse volviendo tierra.

La clienta sale con ganas de ir a sentarse bajo un árbol de eucaliptos, para sentir la tierra bajo sus pies e imaginarse un cuento así en el que la gente enferma se vaya enterrando a si misma desde el cuerpo. La dueña cierra temprano y no quiere tocar su lugar de trabajo, ni siquiera por respeto, sino por pereza, pereza de limpiar ese enorme charco de tierra azulada que ha quedado atrapado entre un puesto y otro desde hace más o menos una semana.

 

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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