Se cuenta que Borges no solía guardar ningún libro suyo ni de sus amigos en su biblioteca, que muy rara vez se colaba por ahí algún contemporáneo. Alfonso Reyes era uno de estos contemporáneos a quien el argentino leía con bastante atención. Reyes, por su lado, decía que Borges era: «uno de los escritores más originales y profundos de Hispanoamérica» y también decía que tenía una parienta anciana a quien visitaban los duendes y los espíritus, pero con tanta familiaridad que ya ella no les hacía caso cuando tumbaban las sillas o descolgaban los cuadros de las paredes (IX:307).

Quizás no sea tan difícil advertir lo que cautivaba tanto a Borges de Reyes; porque el pensamiento Alfonsino es una mansión hechizada con los pasillos poblados de duendes, espectros shakesperianos, ídolos aztecas y pequeñas esferas de luz que doblan el espacio tiempo y que para Reyes tomaron la forma de péyotl. Porque Reyes en sí mismo era un evento literario fuera de lo común, a la manera de los sabios como Apuleyo o San Agustín, como Tycho Brahe o Athanasius Kircher; como Sor Juana lectora de Kirchner o Francisco Xavier Clavijero lector de los códices mayas; como Walter Benjamin lector de la ciudad o como el argentino Jorge Luis Borges, lector de Alfonso Reyes.

Ante la magnitud de la producción de nuestro sabio regiomontano, es difícil no darse cuenta de que su obra está constelada; es decir, funciona polisémicamente a diferentes escalas genéricas, intertextuales, interdisciplinarias. Así por ejemplo, la imagen del peyote resplandece en el segundo párrafo de su ensayo sobre la piel en donde compara al órgano más extenso del cuerpo con el radio puesto que «metamorfosea una vibración en otra. La radio», dice, «recibe un choque de ondas que pertenecen a la familia de la luz oscura, y entrega una onda de sonido, obrando así a través del péyotl, la droga tarahumara, que convierte los sonidos en sensaciones luminosas» (IX:288).

En esta línea, seguimos de cerca la pista sobre su «Interpretación del péyotl» (1944) en la que comenta con respecto a los efectos de la cactácea Lophophora williamsii: «el tacto mismo, el cutáneo y el interior, es como la respuesta a un ventarrón eléctrico que nos atraviesa» (IX:358), y más adelante: «si bajo el influjo del péyotl, los sentidos humanos reciben las vibraciones acústicas con todos los honores que, en estado normal, sólo se conceden a las luminosas, será porque el aparato humano ha obrado como el «lentizador del cinematógrafo», en proporción inversa» (IX: 359).

Decir si Reyes, lector de Aldous Huxley, era un psiconauta, resulta complicado. En su ensayo sobre la mezcalina, comenta lo siguiente: «Por mi parte, yo no he sido indiferente al enigma de los desiertos mexicanos» (XXII:133). A través de sus ensayos podemos ver que Reyes mantenía una cierta relación con la planta: mientras era embajador en Brasil obsequió unos bulbos de peyote al Jardín Botánico de Riojaneiro. «Un día, para aumentar vuestro fondo de cactáceas, tuve el gusto de traeros, en nombre de la ciencia de mi país, algunas cimientes del misterioso péyotl o peyote, la planta mágica de los indios tarahumaras, cuyas aplicaciones múltiples y portentosas apenas comienzan a estudiarse, y que, produciendo un retardo biológico en el ritmo receptivo del hombre, hace que las ondas sonoras aparezcan —por relatividad —más aceleradas que de ordinario, hasta transformarse en ondas luminosas» (IX: 90). Además de los peyotes, Reyes obsequió al invernadero carioca una estatuilla de Xochipilli, el dios mexica de la primavera quien se presenta en trance extático luciendo en la piel tatuajes de la flor llamada sinicuichi, Heimia salcifolia, y el hongo Psilocybe aztecorum, ambas plantas de poder utilizadas en el México antiguo.

 

Las descripciones sobre los efectos del peyote son verosímiles, incluso, me atrevo a decir, precisos; en cambio, los efectos de la marihuana rayan en una sabrosa exageración. En «Breve Visita a los Infiernos» (1957) escribe: «Valle Inclán os habrá contado algo sobre los maravillosos efectos de la yerba; la visión que ella produce obedece a la voluntad, de suerte que el sujeto, en mitad de la calle, ordena y dice: «¡Que ande la Tierra Bajo mis Plantas!» Y la tierra se echa andar, con teoría y procesión de paisajes, como en los telones rodantes del Parsifal» (La X en la Frente: 140).

Reyes nos advierte que él jamás, diríamos ahora, «le había quemado las pezuñas al chamuco». Sin embargo, relata la historia de cuatro personajes quienes vivieron en una mansión derruida durante los años más álgidos de la Revolución, y puesto que la comida escaseaba en la capital Juan, José, Jesús y Francisco preferían matar el tiempo dándose las de reglamento. Reyes cuenta que de tanto alucinar, los marihuanos consiguieron materializar un duende travieso al que apodaron Nalgolapio y que se manifestaba no solo para ellos, sino también para sus contertulios a quienes les caían chorros de agua helada desde ninguna parte «y que obligaban al poeta López Velarde», dice, «a abrir el paraguas y a escapar de la nefanda compañía rezando el Padrenuestro […]» (La X en la Frente: 143).

Nos encontramos de nuevo con el duende, ese personaje siniestro y hogareño que según Borges procedía del mito druida de Orión en donde aparece como antropófago, y que según Reyes molestaba también a la tía anciana de Borges y cuya pista no seguiré más para no extraviarnos en la mansión hechizada. Lo importante  aquí es advertir que el acercamiento de Reyes a la marihuana es irónico, mientras que con el peyote, ya lo hemos visto, es más templado y directo. Resalta la poética de sacralidad que Reyes ha construido en torno al peyote. En su poema «Yerbas del tarahumara» (1927) nos dice:

Beben tesgüiño de maíz y peyote,

yerba de los portentos,

sinfonía lograda

que convierte los ruidos en colores;

y larga borrachera metafísica

los compensa de andar sobre la tierra,

que es, al fin y a la postre,

la dolencia común de las razas de los hombres.

Campeones de la Maratón del mundo,

nutridos en la carne ácida del venado,

llegarán los primeros con el triunfo

el día que saltemos la muralla

de los cinco sentidos.

La relación de Reyes con el péyotl, cíguri para los tarahumaras, es estrecha, al menos en lo que concierne a la imaginación. Como ya he dicho, es difícil saber si alguna vez cruzó las puertas de la percepción. Es empático con el uso ceremonial de los psicoactivos, pero burlón respecto a su uso recreativo. Lo cierto es que Reyes no muestra prejuicios frente a los trances extáticos; no solamente lo incorpora a su poética, sino que sugiere su investigación científica tal y como lo hizo en el discurso ofrecido para la entrega de la efigie de Xochipilli. Es decir, Reyes tomaba muy en serio al peyote como fuente de conocimiento; ya fuera psíquico, médico, estético o sagrado.

Escrito por Antonio Tamez

(Ciudad de México, 1984).Ha publicado los libros de cuento Bengala (Herring Publishers, 2010) y El templo de los animales disecados (Montea, 2017). Es Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Querétaro y estudió el Diplomado en Creación Literaria por la SOGEM. Actualmente cursa los estudios de la maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato.