Jennifer García Acevedo

(1995) Medellín, Colombia.

Estudiante de Filología y Artes Escenicas. Poemas y ensayos suyos han sido publicados en diversas revistas y periódicos de su país y del exterior. Ha participado como invitada en algunos festivales nacionales de cine y literatura. Actualmente colabora con la revista Liberoamérica y es tallerista y fundadora del Encuentro de poesía León de Greiff en Fredonia, Colombia.

 

 

EL JUEGO DE LA CREACIÓN

El agua, contenida dentro de la nube,

de vez en cuando toca la tierra

para que los hombres

puedan guardar la certeza del mar.

Del mismo modo ocurre con Dios,

cada cierto tiempo los hombres pintan paisajes

sobre un lienzo blanco.

Allí, como en el principio,

Alguien está sacando de entre la nada

todas las cosas.

 
PERPETUIDAD DE LA SED
Cuando nos encuentra la sed,

por un momento nos salva

la certeza de los ríos,

de la propia saliva

o de la lluvia que baja.

La memoria de la marea

que deja su huella

en la orilla,

la palabra “agua”

que nació con cada hombre…

En la extensión del mundo,

cada boca que se abre

simboliza la agonía.

Millones de años no han bastado

Para saciarlas del todo.

 

AJEDREZ

Hemos comenzado a jugar secretamente al ajedrez. No lo sabemos pero con cada puerta abierta, con cada renuncia, con cada movimiento del hueso sobre el tablero imaginario, es otra la partida que se inicia. Algo nos mira desde arriba, manipula los hilos del viento, nos recuerda que entre la desnudez del árbol surge la torre donde nos paramos tercos ante el jadeo de las hojas verdes. De nada nos sirvió nacer y morir tantas veces, de nada nos sirvió ganar y perder. El alba se encendió de igual manera ante la persecución de las manos, los pájaros sobre el agua mantuvieron el equilibrio justo, la lentitud de los barcos sobre el océano no interfirió en  la prisa de los años, los martillos golpetearon la carne lo mismo que la lluvia a las hojas metálicas. Jugamos indiferentes ante el movimiento del mundo, plantamos los trocillos de vidrio sobre los tobillos paralizados, aprendimos de memoria la estrategia, la meditamos, la dejamos al fondo tembloroso de nuestra incerteza. Pero cuando creímos haber ganado ¡Jaque mate! Se escuchó la voz desde el fondo. Cada quien caminó hacia el fin del día y por última vez con la nostalgia del paraíso.

 

RETRATO DEL PADRE QUE VIAJÓ A BAKÚ

Antes de que penetrara en los patios con su silenciosa sombra roja, después de su viaje a Bakú, el padre ya había conocido el Islam, caminado la ciudad vieja, el centro de la plaza de fuentes, la playa de las mil y una noches, escuchado a Rain Sultanov en las afueras de un museo, hablado largamente con un amigo acerca de Gari Kaspárov, de  Vladímir Akopián. Pues antes  que de cualquier cosa padre fue siempre un amante del ajedrez, de las piezas blancas más que de las negras. Ciertamente todo viaje es una preparación, por eso mis hermanos y yo no hemos demorado en el gesto de ese rostro cansado ni procurado las preguntas acerca de la ciudad europea. Simplemente miramos al hombre que descarga por su voluntad las gruesas palabras acerca del tiempo, la geografía y lo lejana que vio estar por un momento una estrella de la otra. También y sin que se lo preguntáramos, nos ha dicho que prefiere el Lavangi a los kebabs pues nunca le pareció bueno comer cordero. Este es nuestro padre, pese a que la lentitud en su paso nos resulta ahora penosa. Toda meditación, todo recuerdo hacen parte de la fórmula innecesaria, un intento forzoso por recuperar el objeto perdido en el paisaje extranjero. Padre es ahora una piedra inmóvil en el centro del día, algo que nos mira desde el fondo mudo y misterioso, un ser gigantesco que se defiende de las cosas pequeñas, una isla en medio de todas las islas.

 

FOSA COMÚN

Imaginemos en silencio la fosa común de un viajero. Sobre ella grabadas las palabras amables de amigos y hermanos. A nadie importaron sus paseos por la plaza de Tiananmán,  las visitas al museo británico, el recorrido por la antigua ciudad de Acrópolis, las fotografías junto a las cataratas del Niágara, la roca traída de Petra, su paso por los Campos Elíseos, la mujer vista en Taj Mahal, el árbol donde el cansancio tantas veces  encontró el sueño, los múltiples nombres que condujeron su camino. A nadie importó, y sin embargo, hombre como este jamás carecerá de puntos para señalar su ausencia.

 

PLAZA DE MERCADO

Se abre la puerta de la plaza de mercado y el deseo de las mujeres sobreviene. Unas esperan encontrar el río de leche dentro de las jarras marcadas con figuras orientales, otras atienden el balanceo de la pesa que en un lado carga semillas y en la otra, frutos de ébano. Así funciona. La cáscara sobre la palma de la mano, el sol verde encima de los manteles. La cosecha de cebada regándose en una esquina de la mesa.

No habitaremos para siempre esta tierra roja, las mujeres de la plaza de mercado lo saben, las moscas que se paran sobre el pan fresco, el papagayo pintado en un cuadro que venden los indígenas del norte. Todos lo sabemos. No permaneceremos sobre la tierra roja.

Por eso, náufragos en la isla de los objetos, buscamos encontrar al menos una cosa parecida a la permanencia, algo que confunda a la muerte con las bolsas de arroz que cuelgan de las estanterías.

 

Escrito por Jennifer García Acevedo

Poeta, Colombia.