La ópera es el arte perfecto. No es teatro musical, no es música para actuar: la ópera es la exaltación suprema de múltiples expresiones artísticas. Desde la contemplación, la ópera es arrebato y sublimación; desde la interpretación, la ópera exige difíciles desdoblamientos histriónicos, combinados con el  refinamiento de la técnica vocal. Arduo asunto.

Como tema artístico, la ópera da para mucho; es bondadosa. Ya sea en cuanto a las complejidades armónicas, los fetiches de los compositores, la popularidad de ciertos personajes arquetípicos o las filiaciones políticas tras bambalinas, la ópera requiere de nosotros, los operófilos, un poco de obsesión, una pizca de terquedad y ¿por qué no?, el escapismo innato con el que alimentamos a nuestro Epicuro.

Un tema que me obsesiona es el de los personajes femeninos ocultos por la aplastante figura de tres de las heroínas míticas más aclamadas de la ópera: Carmen, Turandot y Medea, mujeres que necesitan salir a flote de sus egos a través de un contraste. Estos volcanes femeninos no gozarían de tanta solidez sin sus opuestas; me refiero a Micaela, Liù y Glauce. ¡Vaya personajes!

Debido a una fascinación casi malsana por la ópera Carmen de George Bizet, daré el primer espacio a Micaela, la mujer que potencia la perfidia vampírica de la cigarrera.

Y es que escribir respecto al nacimiento de la Carmen de Bizet es fascinante pero, en este punto, innecesario. En todo caso, Alicia Mariño Espuelas, Humberto Barrera Orrego o George Steiner han agotado el análisis tanto de la pieza operática como de su base literaria homónima escrita por Prosper Merimée en 1847. Para un panorama sin imbricaciones, vale mencionar que fue el final de las guerras napoleónicas lo que facilitó el redescubrimiento de la España andaluza como panorama exótico, razón por la cual Merimée, enamorado de la ancestralidad española, viajó al inframundo tradicional gitano. Los retazos de historias populares protagonizadas por mujeres infieles, hechiceras malévolas y hombres heridos de muerte por amor a ellas, dieron a Merimée las piezas para armar a Carmen, la cigarrera gitana de belleza lasciva que somete a Don José, un soldado raso con quien se encapricha. Lo seduce, lo incita al crimen para desecharlo después. Éste la apuñala en un arrebato de desilusión y se entrega confeso. Aquí topa el argumento de Merimée.

Pero Bizet quiso más de Carmen. El libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac incluyó cambios mínimos que aportaron solidez y drama al argumento de Merimée. En él se incluyó al torero Escamillo y a Micaela, el yang, la mujer-madre, mujer-María, mujer-ángel. Con Micaela, Bizet rebajó la abofeteante misoginia de la Carmen literaria. El 3 de marzo de 1875 Carmen, la ópera cómica en cuatro actos, fue representada por primera vez en París, (se cuenta que esta revelación fracasó) donde el personaje de Micaela hizo su debut mundial, a tono del pudor del público parisino que durante todo el siglo XIX estuvo gozoso de las heroínas sufridas.

Micaela no llega hasta nosotros si no es a través de la legendaria Carmen de Bizet. Es más, con ella se abre la trama en la Sevilla estival, propicia para la tragedia. En el primer acto Don José, soldado de baja denominación, realiza su labor militar. Micaela, la pueblerina joven y enamorada, le busca para concederle un mensaje de su madre anciana. Antes de encontrarle, Micaela intercambia palabras con los colegas de Don José quienes intentan maravillarla con su galantería marcial. Micaela se resiste, declara un firme amor por José y se marcha digna. En este punto comienzan los abismos entre los mundos que representan Carmen y Micaela, cuyo único punto de encuentro es el  amor del oficial José Navarro.

Así, Carmen es los cuatro puntos cardinales. Cada acto ofrece a una Carmen distinta, igual de voraz, pero con ciertos chispazos de humanidad propios de un mundo soberbio pero conquistado por otro amor fugaz. En el primer acto, entra triunfal cantando la Habanera, aria donde /el amor es un espíritu libre/ que no conoce ley/ si tú no me amas, yo te amo: y si yo te amo ¡ten cuidado!/ En la otra esquina está Micaela diciéndole a José que le lleva /…un mensaje más valioso que el dinero y las canciones de amor/…un beso. / La devota Micaela entrega a José el mensaje de amor de su madre. Este gesto benevolente no es más que los tambores de guerra de lo que se avecina, es decir, la asexual Micaela representa todo lo moralmente complaciente de aquella Francia depositaria de las buenas costumbres. En el primer acto, Micaela y José intercambian promesas de amor; ella se marcha satisfecha de cumplir con la madre con José, una madre a la que mujeres como ella sustituye dichosamente. Micaela es la extensión de la madre y José es bendecido con la promesa de una vida apacible.

Ahora bien, la complejidad vocal de la soprano que da vida a la fiel y solemne Micaela no es poca. Micaela, ante todo, necesita de una soprano lírica cuyo registro estático que se ajuste sin artificios forzosos a una mujer enérgica capaz de lograr impresionantes altos y bajos cadentes dulces al oído, que por ocasiones, se fatiga por el grosor estruendoso del registro de mezzosoprano de Carmen.

Pese a que en 1963 George Steiner dijo en Lenguaje y silencio que sumar a Micaela fue un desacierto por su «descolorida y redimida» naturaleza que solo debilita el argumento de Carmen, no es posible alimentar el mito sin un personaje menor en los aspectos solícitos que tanto Merimée como de Bizet tenían claros, aunque, como ya se dijo, por disparejos motivos artísticos.

En el segundo acto, Carmen y José claudican: José al embrujo, Carmen al capricho. No hay Micaela salvadora en este acto. Carmen inicia a José en la vida vandálica; este, desesperado por retenerla, accede y se desliga de su misión militar. Esta prueba de amor llega demasiado tarde porque el torero Escamillo ya apareció para hacer de José un mártir de los celos asesino de Carmen quien, en este punto comienza ya a aburrirse del corruptible José. El amor de Carmen es rapaz; deja pudrir el despojo de cada hombre. Micaela, por el contrario, es estática, de un solo amor. Es la mujer orgullosa de sufrir por el honor y la familia mientras Carmen no es amoral porque en ella no hay una moralidad impuesta.

Una vez José se inserta en la vida gitana de hurto, estafa y jolgorio, Micaela reaparece con fuerza en el tercer acto. Llega a buscarle a las montañas donde él y la pandilla se esconden para practicar el contrabando. En este momento, Micaela no se desdobla: su misión protectora de la moral, la virtud y el amor piadoso logran que confronte a Carmen, a los gitanos e incluso al mismo José. Aboga por la madre moribunda, tienta el nervio débil de José y lo arranca de los brazos ahora desganados de Carmen; lo retorna al útero. Pero José se va con la promesa de volver por Carmen. Aquí muere Micaela en la Carmen de Bizet. Y bueno, el desenlace es conocido: Carmen muere en su ley a manos de José, alegando libertad y entregándose al destino de las cartas.

Lo fascinante, en todo caso, es reconocer en Micaela el detonante de la fuerza de Carmen a través de su propia fuerza. Esta mujer, Carmen y José son tres realidades que chocan y se complementan entre sí. Por un lado, Carmen es el cielo sensual, la heredera de Circe y Lilith, la magia diabólica, el producto de la vida nómade donde la inestabilidad no es un defecto, sino la mayor de las virtudes. José es el orden, la estable figura paterna como militar y hombre protegido por la madre; es también, el tentado que busca quemarse, es el esclavo de la pasión irresoluta: es la víctima. Y Micaela es el nudo entre ambos, es el retrato de una sociedad satisfecha de su estatismo pudoroso.

Sin Micaela no hay Carmen que valga la pena aplaudir o compadecer según sea el caso. Su trascendencia como un arquetipo crece gracias a Micaela, la pura. Carmen es la sístole, Micaela la diástole: juntas dan vida al corazón de un mito que ha alimentado la cultura occidental por décadas con la femme fatale que ha dejado maravillas en la literatura de todos los tiempos: en la Nana de Zola, en la Fantine de Los Miserables e innumerables títulos. Es más, el cine y la pintura adoptaron a Carmen como abanderada del placer y la seducción. Así lo muestra la litografía que en 1895 hizo Edvard Munch con el título Carmen (el callejón), mostrando a una mujer desnuda, protegida por dos filas de galantes caballeros ávidos de goce extramarital. Mientras haya arte, habrá Carmen, pero no sin todas las Micaelas que pululan en los rincones del mundo.

Hasta aquí Micaela, hasta aquí Carmen. En cola está Puccini, sus debilidades y fascinaciones orientalistas en la ópera magna Turandot.

Escrito por Rubí Véliz Catalán

Rubí Véliz Catalán (Ciudad de Guatemala, 1988) es literata por decisión y bibliotecaria por vocación. Es melómana, pintora de clóset, feminista del pensamiento de la diferencia y estudiante de por vida. Cursó una licenciatura en Lengua y Literatura en la universidad pública de su país. Estudió artes plásticas, idiomas y canto lírico. Ha sido invitada a presentar y comentar libros de escritores emergentes. Eventualmente es editora ad honorem en proyectos de investigación con enfoque de género del Instituto Universitario de la Mujer de la Universidad de San Carlos (IUMUSAC). Desde 2014 escribe en la columna «Desde la resistencia» de la revista cultural centroamericana (Casi) literal.