Irrumpió en mi vida un tiempo extraño. Un tiempo que, dentro de mi cabeza, incluía agujeros negros y estrellas nacientes. Uno de esos momentos en los que los miedos y los deseos se hacen realidad a la vez, como si se tratase de un bonito sueño que se torna delirante y febril o viceversa.

En ese periodo de rarezas, empecé a trabajar en una biblioteca. Me gustaba pasar largas horas sentada, observando a la gente estudiar y leer en silencio. Desde el mostrador donde se prestaban los libros se escuchaba pasar el tren. Las vías estaban a muy pocos metros del edificio. A veces, el sonido del roce metálico que las ruedas hacían al deslizarse parecía una suave tormenta.

Me fascinan los viajes en tren. Los días anteriores a un viaje me gusta pensar en cosas como los huecos del equipaje vacíos, los reflejos de las caras cansadas en las ventanas, las diminutas gotitas de vaho atrapadas en medio de los cristales dobles, el olor de los sándwiches que se cuela desde la cafetería, las hojas de los periódicos temblando en los carritos que los azafatos hacen avanzar a trompicones por los pasillos o los espacios refrigerados entre vagón y vagón, en los que casi siempre huele a tabaco, o a tristeza, que es casi lo mismo.

Los trenes siempre me han parecido algo muy romántico. Pero no románticos como un beso bajo el muérdago en Navidad o como la muerte de Romeo y Julieta. Lo del tren es un romanticismo que va más allá del amor. Algo más trascendental que el amor en sí mismo.

Lo que creo que realmente me cala por dentro, es esa sensación extraña que dejan las estaciones, los andenes y las despedidas… a las que había estado irremediablemente ligada desde siempre. Los viajes en tren y todo lo que los rodea son algo así como la evocación de una distancia indefinida de mi alma con las de los demás seres humanos, una especie de vacío placentero que proporciona el reconocimiento de la soledad infinita que nos acompaña y nos define a todos.

(Imagen de cabecera: escena de la película “5 centímetros por segundo” de Makoto Shinkai)

Escrito por Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.