Tengo una perenne fascinación con la cultura pop y por eso la estudio con una minuciosidad casi académica. Algún día, el dubstep, los memes y las novelas juveniles postapocalípticas podrían ser estudiadas como íconos de la cultura occidental. Me consume el morbo de vivir para verlo y sobreanalizarlo.

Sí, existen los clásicos en el arte con sus legiones de guardianes, pero también existen millones de personas que pueden recitar completos los versos de Música ligera y no necesariamente alguno de los Veinte poemas de amor o la canción desesperada. ¿Es realmente la sobreexposición lo que nos hace más afines a ciertas formas de arte y no a otras?

Para empezar, el pop no es un espacio tan simple como suelen pensar los académicos. Nada es más complicado que encantar y deleitar a la mayoría en la vorágine de lo cotidiano. El arte, en sus manifestaciones de literatura, cine, música y espectáculos, está empapado de clasismo y discursos normativos. Incluso en pleno siglo XXI, el acceso a óperas y novelas de Bolaño tiene un precio prohibitivo. Por eso no es sorpresa que el pop prospere, persevere y se mitifique particularmente en esta década de la consciencia social y el #woke.

El reciente éxito de Ready Player One, novela debut de Ernest Cline, epitomiza nuestra necesidad de preservar y proteger el legado de lo popular. La novela tiene una premisa curiosa y un acercamiento acaso menos pesimista a la relación persona-tecnología. ¿La trama? Un adolescente navega un paraíso de realidad virtual donde compite en una serie de acertijos para heredar la fama y fortuna de un magnate tecnológico. Cline tiene el entusiasmo de un novelista primerizo; se lee ansioso por introducir su gran idea y todos los conocimientos y verdades que de ella emanan.

Obviamente la novela no tiene un lenguaje ni construcción extraordinarios (más bien se acercan a lo mediocre), y su inevitable moraleja arrastra una serie de argumentos pobremente estructurados sobre la interacción humana a través de la red. Conceptos como el anonimato, el acceso a la propiedad intelectual y la libertad de expresión en el medio digital son lo suficientemente complejos para protagonizar una novela aparte. Yo misma opiné que Cline probablemente nunca ha terminado un videojuego en una consola posterior a 1996, ni hablado con una mujer queer. Sin embargo, el éxito de Ready Player One está en la manera en que recompensa a su lector por conocer la cultura popular de los años ochenta, específicamente videojuegos, series de televisión, películas y éxitos de la radio.

La nostalgia ochentera está teniendo un momento de sensación, con decenas de remakes, revivals y producciones televisivas que homenajean esos días de glam-rock, colores de neón y Guerra Fría. Se dice que todas las épocas tienen un ciclo de 30 años para recobrar relevancia en la consciencia popular, acaso porque tenemos la oportunidad de discernir el buen arte de la mediocridad. Sin embargo, este ciclo está actualmente marcado con una veta emocional y expresamente opuesto al elitismo intelectual y artístico. Dentro de la novela de Cline, los personajes que conocen y celebran esta legendaria época son recompensados, pues poseen valores que la sociedad a su alrededor ha perdido. Incluso manejan una actitud de superioridad por conocer piezas de cultura de aquella época, esencialmente elementos de culto sin reconocimiento de críticos y académicos.

Steven Spielberg dirigió la adaptación cinematográfica de Ready Player One que recién llegó a los cines. La misma desecha gran parte de la narrativa sosa por más escenas de acción y una simplificada trama de adolescentes contra el conglomerado corporativo. Spielberg fue la elección perfecta para dirigir, pues más allá de ese currículum empapado de nostalgia noventera y ochentera, él reconoce perfectamente la sensibilidad de su demográfica y la forma en que el pop representa una especie de credo. Como lo hace Cline con su demográfica xennial, Spielberg lo adapta a los millennials crecidos. La iconografía que la película emplea a través de incontables cameos (Jurassic Park, Lara Croft, TMNT, ¡Looney Tunes!) hace que el espectador comparta esa sensación de conocimiento absoluto sobre lo importante. Es decir, celebra el simple acto de pasear por la infancia.

El pop, al final del día, recompensa nuestras emociones. Nos crea un mito de nostalgias que preservamos sin necesidad de complejos análisis y disecciones. Volvemos a lo conocido y le damos ese brillo de arte subvalorado, como pareciera justificarlo la secuela de Blade Runner (a su vez basada en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? de Philip K. Dick) estrenada el año pasado. Sin embargo, esta es también la era de la distracción fácil. Quizá eso implica que los noventa están a la vuelta de la revalorización, como ya lo predicen los memes de los Simpson y la inminente resurrección de los clásicos de Disney. Quizá sea un buen momento para empezar a preocuparnos por cómo valoramos el mainstream en este instante, quizá hasta esa canción de Bad Bunny. Algún día, quién sabe, podríamos estar sintonizando su discurso del Nobel.

Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante