Los griegos, desde los albores de la civilización, dividían en dos los conceptos que realmente mueven el mundo. Toda experiencia y designio humano puede resumirse en dos palabras: Eros y Tánatos. Eros, en la cultura romana denominado “Cupido” e hijo de Venus, era el efebo enamorado que se encontraba al caer la noche con Psique.
Tánatos, sin embargo, era representado como un joven oscuro y tenebroso, hijo de Nix (la noche), y que portaba sendas alas en su espalda.

Del primero se conservan en lengua española retazos como “erotismo” y del segundo algo totalmente contrario como es la idea de “tanatorio”.
Sigmund Freud recurrió a estos dos conceptos en El malestar de la cultura para referirse a las pulsiones humanas. En la citada obra recoge la siguiente reflexión:

«La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es solo una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo»

El amor y la muerte se dan la mano en innumerables referencias literarias. Un básico de todo lector es Romeo y Julieta de Shakespeare, el dramaturgo que cantó a todos los hombres y todas las épocas y cuya producción literaria puede aplicarse a las inquietudes y pesares que sufre el moderno hombre del siglo XXI.

Pero, si regresamos a la cúspide de la era griega en donde las letras gozaban de una posición destacable en la sociedad, uno de los mitos más significativos en donde el curioso lector hallará esa comunión entre Amor y Muerte tiene lugar en la historia de Orfeo. Las desventuras que sufre el joven son desgarradoras y se llevó a la pantalla de la mano de Disney, en una versión adaptada para un público infantil y que ofrece cierto esbozo de aproximación al mundo griego, gracias a los personajes de Hércules y Megara.

Eurídice, esposa de Orfeo, es mordida por una serpiente y desciende a los infiernos. En el mundo mitológico no existía la posibilidad de un Paraíso aguardando a los seres humanos, sino que todo aquel cuyo hilo de vida fuera cortado por las parcas era destinado al mundo de Hades. El Olimpo únicamente pertenecía a los dioses. Aunque hoy cueste creer que se pudiera asumir tal pesimista fin, los hombres en Grecia arrastraban su paso por el mundo con la convicción de que, en la muerte, eternamente convivirían con demonios.

Apesadumbrado por la muerte de Eurídice, reclama a los dioses poder ir a rescatarla en los Infiernos. Por supuesto, cabe señalar que en la mitología griega los dioses se divertían bajando a la tierra y conversando con los hombres, tomando parte de sus trifulcas y gozando con las bellas jóvenes. Los dioses se conmueven y le permiten descender a la boca infernal, pero a cambio Orfeo no puede mirar atrás para contemplar a su amada esposa, sino que tienen que salir del terrible paraje sin establecer contacto visual alguno. A pesar de que reprime sus ansias, Orfeo se da vuelta para contemplar a su amor cuando esta todavía tiene un pie en el Hades. Por tanto, se evapora en el aire y se separan irremediablemente.

La historia, una de las más trágicas de la mitología griega, aúna Eros y Tánatos, como ya se ha mencionado. En literatura española existe una leyenda que, infortunadamente, no ha gozado de toda la fama que debería, dada su innovación, modernidad y debido al tema tan escabroso que trata. Partiendo del hecho de que España ha sido un país fervientemente católico en su historia. Es el caso de “la difunta pleiteada”.

Esta leyenda española fue transmitida por medio de romances y en el tema tratado se pueden atisbar rasgos de lo que sería, muy posteriormente, la literatura de Edgar Allan Poe. Rasgos de esta popular leyenda española se advierten en el Decamerón de Boccacio. María Goyri de Menéndez Pidal elaboró todo un trabajo de investigación en La difunta pleiteada. Estudio de literatura comparativa (1909). José Cadalso, prerromántico español, firma Noches lúgubres, un relato donde ya se anuncia el movimiento romántico a través de paisajes siniestros y monólogos donde el protagonista narra su desventura y brama a los cielos su falta de suerte.

La leyenda narra la historia de una joven, doña Ángela, que es obligada a casarse con alguien a quien no ama. Su verdadero amor, don Juan, se halla de viaje y no presencia la infame boda, cuando regresa le informan de la inesperada noticia. La dama, compungida, muere de tristeza durante la celebración de los esponsales y el pleito comienza entre el esposo legal y el enamorado, que pretenden recuperar el cadáver de la muchacha:

«Con la punta de la espada
levantó la losa arriba:
blanca y colorada estaba,
lo mismo que estaba en vida.
Ya la pusieron en pleito
por ver quién la ganaría:
la ha ganado Don Juan
por (elj amor que la tenía»

En el siguiente romance sitúan a la muerta sobre el regazo del amante y este le dirige unas palabras:

«La sacara del sepulcro,
la pusiera en sus rodillas;
cada cosa le decía
como si estuviera viva;
— Ven acá tú rosa blanca,
ven acá tú, rosa mía,
¿cómo te fuiste y dejaste
á quien tanto te quería.-‘ —
Echara la mano atrás
á un puñal que allí traía
para matarse con él
para hacerle compañía»

El galán y la enamorada son los dos pilares de toda trama exitosa española y, realmente, universal. Sin embargo esta leyenda no descansa únicamente en la relación de estos dos personajes, sino que ahonda en las raíces más perversas del amor y de la muerte, llevando a las páginas una arriesgada comunión donde se observan retazos de necrofilia.

Siendo la tradición católica la que imperaba en el país, es lógico que la intervención de la Virgen María en varios romances que beben de la misma fuente sea la que apacigüe toda referencia pecaminosa. La Virgen accede a resucitar a la niña muerta para que don Juan pueda disfrutar de ella.

El amor y la muerte no son conceptos que se den la mano sin una razón aparente. Si primero hemos partido de esta unión simbólica a través del mito de Orfeo y la leyenda española citada, se pueden aplicar estos conceptos a la fugacidad de las pasiones.

El irreparabile tempus fugit es un concepto que fue explotado en el periodo Barroco y que demuestra que nada permanece, pues todo está sujeto a la muerte. Esa es la desgracia que persigue a Orfeo, cuyo final es morir descuartizado y solo, y al don Juan que se conforma con el cadáver sin vida de Ángela.

La idea de la muerte ha encarnado una de las obsesiones clave en los poetas de todos los tiempos. Ejemplo de ello son los versos de Robert Frost, mucho más contemporáneo que los anteriores y que refleja esta terrible verdad en su Nothing gold can stay:

«Nature’s first green is gold,
Her hardest hue to hold.
Her early leaf’s a flower;
But only so an hour.
Then leaf subsides to leaf.
So Eden sank to grief,
So dawn goes down to day.
Nothing gold can stay»

El Amor y la Muerte, Eros y Tánatos, van unidos y caminan por el mismo sendero. Pues nada dorado puede permanecer.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Drugstore, Le miau noir, Culturamas y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"