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Alguien debería decirle
que cada tic
que cada tac
es un bocado de la araña
que le creció dentro
cuando de niño le dieron
por desayuno puro miedo.
Un miedo crudo
mal cocido
de temerle a la ausencia
de su muela
por la incertidumbre económica
que implicaba perderla
si de repente dormido
tenía grandes sueños
y de la almohada
la tiraba.

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Me sorprende la vida de mis muertos
porque siguen instalándose
en nuevos cuerpos
para terminar con las ganas pendientes
de verterse en la vida líquida de otro.
Y les veo
con mudanzas eternas
para no morir
negándose a ser polvo
huyendo burlones al trapito de mi madre
que limpia la mesa.

Escrito por Elizabeth Gamiño

Estudiante de la Licenciatura en Cultura y Arte | Editorial Montea | Colima, México.