Ricardo Elías (Santiago, 1983) es autor de Cielo fosco (Librosdementira, 2014), compendio de relatos que contó con el apoyo de la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro en Chile. El año 2017 su novela A la cárcel (Alto Pogo, 2017) resultó ganadora del V Concurso Internacional de Novela Contacto Latino en Columbus, Ohio, EE.UU.

Continuamos conversando con Ricardo en un pequeño bar al aire libre, una suerte de azotea sobre la librería Qué Leo La Reina. Es principios de otoño y por la tarde la brisa se torna algo fría. Me contraigo un poco buscando que el calor corporal no se me escape. Ricardo lo nota, pero él, a diferencia mía, ha llegado a la entrevista con un polerón en la mano. Sabe que estoy muriendo de frío, pero no atina a nada más que mirar el delgado mantel que cubre la mesa, como ofreciéndolo. En cambio, es el mesero quien se acerca con ternura y me pregunta si acaso tengo frío. Me trae una manta, me vuelvo abuela por unas horas y continuamos con la entrevista.

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Ricardo, tienes dos libros publicados: Cielo fosco (2014), cuentos, y A la cárcel (2017), novela. ¿Qué diferencias observas, en términos de evolución escritural, entre uno y otro libro?

Primero quiero aclarar que uno de los intereses al publicar este segundo libro fue el no querer ser menos que mi entrevistador. Al escribir el primer libro sentí esa necesidad de publicar, cierta ansiedad, cierto apuro. Los textos de Cielo fosco fueron escritos en un rango de cuatro años, cuando aún estaba en la universidad. Los escribía, los corregía, los mejoraba, pero siempre pensando en hacer un libro de cuentos. De repente estaba inmerso en un trabajo universitario o en una clase, se me venía una idea y empezaba a escribir. Todo eso se fue acumulando con los años hasta que armé algo publicable. Cielo fosco fue un proceso mucho más largo. Entonces cuando se dio la posibilidad real de publicar, apareció esa necesidad de soltar los cuentos un poco, de dejarlos. Pero, a diferencia de otros escritores, me involucré mucho en el proceso de trabajo con la editorial, frase por frase lo fuimos revisando juntos.

Para la presentación escogí a Álvaro Bisama, un poco pensando en el padrinazgo que un escritor conocido puede ofrecer. Pero la verdad es que no pasó nada. Con Bisama tenemos muy buena relación eso sí, pero después uno se da cuenta de que todas esas cosas extraliterarias no sirven para nada. La única persona que me apoyó generosamente, y esto es muy importante, fue Pía Barros. A ella la conocí en un conversatorio mío en Coquimbo al que no fue nadie, apenas cuatro personas, tres de ellos familiares míos que eran palos blancos. Pero había una persona que aplaudía, que se moría de la risa con lo que yo decía. El único libro que vendí ese día lo compró ella. Entonces me invitó a que la fuera a visitar en Santiago, me dio su dirección, y allá me entregó un montón de datos sobre reseñistas, números, correos, otros escritores, lugares de difusión, todo pensando en la promoción de un libro que ya estaba publicado. Ese gesto a mí me marcó profundamente, hasta el día de hoy estoy agradecido de su generosidad. Entonces cada vez que yo me encuentro con un escritor más joven, o que está empezando, trato de entregarle mi experiencia. Eso lo hice, por ejemplo, con la Cony Anabalón (Caja de resonancia, 2016). Luego, le dije que lo mismo que yo estaba haciendo con ella, Pía Barros lo había hecho conmigo y que ella tenía que hacer esto mismo con otros escritores. Esa escuela es la valiosa, el resto no sirve de nada. Entonces con A la cárcel fue todo muy distinto. Con el primer libro yo buscaba cierto lenguaje, en el segundo ya tenía consolidada una voz. Tenía ya cierta madurez en el estilo. La libertad que me dio A la cárcel fue el escribir sobre lo que yo quería, no siguiendo tendencias o modas actuales.

¿Qué formato te acomoda más: cuento o novela?

Novela. Porque te da la libertad de contar una historia con muchas posibilidades. El cuento es una estructura acotada, casi matemática. Como un cortometraje, con reglas muy estrictas. Disfruto más escribiendo novela, transformo, replanteo, hago y deshago.

A la cárcel fue publicado por una editorial argentina (Alto Pogo); el primero, en cambio, por una chilena (Librosdementira). ¿A qué se debe ese paso transandino y cómo visualizas ambos panoramas editoriales?

A mí de repente me parece que en Chile se está editando solo un tipo de narrativa. No hay mucha innovación, no hay atrevimiento. En Argentina hay espacio para todo. Cuando fui a Buenos Aires conocí el panorama editorial independiente y me pareció extremadamente serio. Acá en Chile se edita lo que se va a vender, lo que pega, lo que está de moda. No están leyendo realmente. Les llegan cerros de manuscritos a los editores, ven nombres conocidos o ven temáticas similares, leen las primeras páginas. En Argentina me parece que son mejores lectores. Es inaceptable que aquí existan editores que no se hayan leído ni El Quijote. Quise explorar, buscar espacios donde se leyeran mis textos, porque yo no escribo de lo que se escribe acá. Mandé el manuscrito de A la cárcel a ciertas editoriales chilenas y no me pescaron. Sin embargo, fue mejor porque después la novela se ganó un premio en Estados Unidos, fui invitado a unas ferias de libros allá y conocí gente muy bacán. Gracias a eso ahora A la cárcel está disponible en distintas librerías de Latinoamérica y también en Amazon.

En el libro hay un cruce entre la vida interna carcelaria y un sorpresivo descubrimiento de un esqueleto de dinosaurio que termina, finalmente, por revolucionar la cotidianeidad de los presos. ¿Cómo nace la idea de la novela? O, más específicamente, ¿qué fue primero, la cárcel o el dinosaurio?

Yo leí un libro llamado Antecesor (Librosdementira, 2014) de Rodrigo Torres. En uno de los cuentos se habla sobre un fósil de dinosaurio y al terminarlo yo me reí mucho. En ese tiempo estaba haciendo una novela sobre los temas de la cárcel, sobre la delincuencia, pequeñas anécdotas. Al ir leyendo del libro de Rodrigo se me ocurrió en el acto mezclar ambas ideas. Eso fue en el 2015 y yo al autor ni siquiera lo conocía. Le propuse juntarnos para contarle qué me había parecido su libro y fue entonces cuando le dije que iba a usar su fósil de dinosaurio para una de mis historias. Por esa y otras razones lo escogí a él para que presentara la novela en Santiago. Un poco para romper con eso de los presentadores famosillos.

En tu novela desarrollas el tema del absurdo, que históricamente ha expuesto las contradicciones de nuestra sociedad y ridiculiza ciertos estamentos que tienen que ver con lo hegemónico, con lo oficial y con el poder. En A la cárcel hay muchas referencias, ciertos personajes. ¿Qué necesidad tenemos hoy de apelar a esa ridiculización para reírnos de los que están arriba?

Por un lado, nos libera esa desacralización. Aterrizamos ciertos temas que asumimos muy inalcanzables. De ese modo, podemos hablarles de tú a tú, mirarlos a los ojos y decirles: esto me pasa a mí, esto es lo que creo, etc. A veces el quejarse simplemente no logra ningún cambio, el protestar en las calles, por ejemplo, rara vez lleva a algún resultado. Es como la gente que postea fotos de niños chicos mutilados por la guerra en Facebook, ¿qué resultado se obtiene con eso? Un bloqueo, un like, pero no te concientiza para nada. El protestar es simplemente un juego de supremacías, de quién grita más fuerte. Creo que hay maneras más efectivas que otras y que uno debe tomar consciencia del absurdo del problema. Plantear o decir una estupidez que te haga pensar y desde ahí proponer un cambio. Que la gente decida no hacer algo por evitar el ridículo, no porque le pongan una pistola en la cabeza. Es una manera distinta de abordar el problema, mucho más pacífica.

¿Pero, Ricardo, eso funciona realmente? Es cosa de recordar el primer gobierno de Sebastián Piñera. Había un concepto llamado “Piñericosas” que recogía las estupideces y payasadas que cada semana decía el presidente, y hoy, extrañamente, vuelve a ser elegido por mayoría.

Creo que las “Piñericosas” cumplen su función más allá de que si vuelve a ser elegido o no. Hay que darse cuenta de que somos un país ordenado y dialogante, que no está sumido en grandes crisis. Las “Piñericosas” logran que seamos un país civilizado. Es decir, nos cagamos de la risa con Piñera y aunque no estemos de acuerdo con él, de todas formas, genera cierta civilidad. Es aceptar que no es necesaria la violencia para generar cambios. En Estados Unidos se mata niños en los colegios, por ejemplo, y acá la noticia es que se detuvo a un carterista robando en el Metro. ¿Se nota la diferencia? Acá no hay carteles de narcotráfico como sí los hay en países vecinos.

En el libro hay una particular reflexión sobre la delincuencia que dice: “Yo debí haber sido paleontólogo en vez de delincuente. Aunque una cosa no necesariamente quitaba la otra. Podría haber sido paleontólogo y delincuente a la vez. Ser delincuente no se elige, se es delincuente porque las circunstancias así lo determinan. Pocos niños hay en el mundo que responden quiero ejercer la delincuencia cuando les preguntan qué les gustaría ser de mayores. A los siete años de edad Lalo respondía político, o sea: delincuente” (90-1). ¿Cuál fue tu interés en trabajar la delincuencia desde otro punto de vista? Porque en la novela no existe la estigmatización, no está esa rabia contenida contra el mundo, etc.

Me he fijado que actualmente, sobre todo con el tema de las redes sociales, se ha polarizado, de una manera artificiosa, el tema de las ideas. Sobre todo, aquellas que son más bien castrantes. Tú puedes pensar que el aborto es algo malo, pero no lo puedes mencionar en las redes. Hay cierta tendencia a imponer el pensamiento y a castigar a aquellos que piensan diferente. Cuando alguien escribe, por ejemplo, que tal persona agredió a otra, toda la gente, y de forma virtual, vuelca su odio contra ese sujeto. Obviamente el hecho es una acción negativa, completamente repudiable. Pero a la gente tampoco se la puede linchar en la calle, hay que hacer una investigación y ten claro que esa labor no la vas a hacer tú. Deja que los responsables de hacerlo la lleven a cabo. Existe cierta sed de venganza un tanto cobarde, porque ni siquiera de eso es capaz el sujeto que escribe detrás de una pantalla. Por eso yo no me dedico a juzgar. Me he dado cuenta de que la gente que más juicios hace, resulta ser peor que el enjuiciado. A final de cuentas la sociedad es un montón de razones distintas conviviendo. Tenemos que dialogar, no podemos castrar. Hay cierta irracionalidad, no hemos aprendido nada. Por eso cuando hablo de la delincuencia en A la cárcel no lo hago con el afán de juzgar. Porque no tengo por qué hacerlo yo, no me corresponde. Son personajes que dialogan. Un violador o un asesino al final igual es un ser humano. No es el Guasón, no es el mal absoluto. No hay “los buenos y los malos”. No tengo ninguna duda de que el Mamo Contreras llegaba a su casa, saludaba a su señora de beso, acariciaba a su nieto, se expresaba con cierta ternura en su familia, etc. La gente debe imaginar que Contreras llegaba a su casa enojado a maltratar a sus hijos o su mujer y no es así. Hay una humanidad disociada, ahí está lo complejo y lo interesante. Mariana Callejas, por ponerte un ejemplo, pese a todo lo que se pueda decir, no era un ogro metido en un castillo. En sus últimos años era una anciana como cualquiera que me invitaba a tomar el té, a comer cuchuflí y hablar de libros. Como una abuelita.

La cárcel de tu novela es una cárcel que podría ser todas las cárceles. En tu escritura materializas ese imaginario en donde hay un patio central, algunos pasillos y las celdas de los reclusos una al lado de la otra. ¿Cómo fue abordar un tema que no forma parte de tu vida más inmediata? ¿Qué proceso creativo e investigativo te planteaste, sobre todo en una época en donde los escritores ficcionalizan a partir de sus propias vidas?

No tendríamos un Conde de Montecristo si Alejandro Dumas se hubiese dedicado a contar el cómo tomaba el café por la mañana o cómo se iba de la casa a su trabajo. No tendríamos ningún buen libro, ni Crimen y castigo ni El Quijote, nada. Porque la literatura lo que hace es soñar mundos, imaginar, inventar. Yo no creo en la biografía inmediata. Prefiero la creación, el buscar ideas, pensar una buena historia. En lo cotidiano hay cierto vacío, un punto de vista por sí solo no tiene ninguna validez. Hay ciertos elementos que uno toma de la vida diaria, pero en mi novela la mayor parte viene de la imaginación colectiva. La idea cárcel está en la cabeza de todas las personas. Igual no sé si me gustaría que un preso leyera la novela, se podría molestar o no entender realmente lo que quise plantear.

¿Qué es lo que viene después de la publicación de A la cárcel?

Lo que viene es la Feria del Libro de Bogotá, luego en mayo la de Buenos Aires, en donde se presentará por primera vez. Me gustaría ver que pasa en otros idiomas, sería interesante que gente de otras latitudes y de otras estructuras mentales pudiese leerla. También tengo una novela lista en mi casa, una novela negra. Estoy escribiendo otra de autoficción, un poco por experimentar con lo que no me gusta leer, escribir desde la incomodidad. Y, finalmente, también tengo pensado trabajar con la ciencia ficción en Chile. En todos esos proyectos estoy actualmente.

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Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.