La pintura del ahogado

Se lavó las manos en las aguas que del pincel salían con cada movimiento.  Su muñeca había dejado de ser suya desde que comenzó a pintar. La tarde pasó fuera y dentro del cuadro. La muerte estaba aún más pronta en ese lienzo, pero tenía que verla sin llorar. Él era su creador y lo mató como quiso antes de que fuera creado, así piensa dios cuando nos nace.

“Muere ahogado un pescador en el arroyo del Muerto”, diría el título de su pintura expuesta en el museo. La gente pensaría que sonaba aquello poco verosímil, nadie se ahoga en un arroyo. El agua de los arroyos no siempre era limpia, pero la de este cuadro sí, era de un azul de cuna que adormecía, y por eso se habría ahogado el pescador. Así se lo explicarían los espectadores. El hombre moriría con la misma luz de tarde que ahora se asomaba por las ventanas del salón. Moriría antes de llevar los peces a su casa, su esposa no comería por tantísima tristeza, ya con nadie se juntaría a tomar limonada los domingos. Ni siquiera su nombre aparecería en la noticia, apenas un aviso del color de su playera. Un simple pescador con playera roja. La vida no se detiene por nadie, el tiempo equivocado como siempre. Los peces seguirían siendo peces entre las algas y las botellas, ahí en ese arroyo donde no podría haberse ahogado nadie. El agua desaparecerá luego de su muerte para no ahogar a nadie más. El público del museo no conocería esta historia pero considerarían buen artista a su creador. Todos sabrán que el pintor es en realidad un hombre hambriento, un salvaje con una brocha, un pescador desesperado.

De manera extraña, el mismo azul del agua que pintaba subió por el pincel, llegó a su rostro también azul. Brotó y brotó el agua sin reparo de la pintura impidiéndole respirar y abrir los ojos. Nada veía el hombre. El cuadro se tiró al suelo y todo el arroyo llenó la habitación. Los peces y las algas y las botellas y el sol inundaron al hombre que yacía con un pincel en la mano.

El hombre dejó de escuchar y respirar. Lo último que vio fue el añil más profundo acercarse. Un pez alcanzó su oído y susurrró –muere, pintor.

Escrito por María Choza

Sinaloa, 1994. Poeta amante de la literatura infantil, la vainilla y el mar.