Era un viernes a la noche como cualquier otro, de esos en donde leer poesía a las tres de la madrugada con la única compañía de los grillos solitarios y el silencio palpable de la noche dormida constituye la forma perfecta para dar cierre al desorden caótico de la rutina. Si bien en otras ocasiones disfrutaba de la ocasional salida a los antros de procedencia dudosa y concurridos por personajes peculiares que solía visitar con mis amigos, aquella semana había sido particularmente turbulenta, por lo que la perspectiva de mi pequeña cita con ese conglomerado de papel y tinta que me esperaba en la mesita de luz se me hacía particularmente tentadora.

Así que ahí estaba, la taza en una mano, un lápiz en la otra, lista para desaparecerme entre palabras que se sentían mías sin siquiera serlo cuando, de repente y sin aviso, un grito susurrado vino a romper la quietud de la noche. Era un sonido muy sutil, tanto que apenas podía percibirse, pero a la vez lo suficientemente claro como para ser ignorado: eran palabras que flotaban en el aire, demandando atención indiscriminada pero sin un significado apreciable.  ¿Quién (o qué) podría ser? Recordaba haber cerrado la puerta de entrada pero quizá alguien había logrado inmiscuirse por el patio trasero. Pf, pero qué estaba diciendo, seguramente era la televisión demasiado fuerte de algún vecino cuya velada era todavía más taciturna que la mía, pensé con una falsa convicción que no engañaba a nadie, y decidí ignorarlo.

Una vez más me dispuse a comenzar la lectura solo para verme interrumpida de la misma manera en el instante en que abrí las páginas de mi libro. Esta vez, las palabras dejaron de ser ininteligibles para transformarse en un demarcado grito de «¡Eh! ¡Vos, la de lentecitos!» que, contra todo pronóstico, parecía provenir directamente de la copia de Fervor en Buenos Aires que descansaba en mi falda. La reacción esperable hubiera sido una de sorpresa, desconcierto, o hasta de terror y cuestionamiento de mi cordura pero, en aquellas circunstancias tan particulares, nada me pareció más natural que mantener una conversación con aquel objeto (presuntamente) inanimado. Quiero decir, estaba acostumbrada a entrar de manera indirecta en los pensamientos de todos aquellos sujetos que nunca había conocido (y jamás podría hacerlo), ¿qué tan sorprendente era en realidad que esa relación monodireccional se rompiera y, para variar, pudiera hacer yo el proceso inverso?

No pretendo inmiscuirme en una descripción detallada de todo lo que hablamos aquella noche, primero porque no creo que sea necesario para el propósito de este escrito; y segundo porque aquel momento de magia encapsulada constituye hasta el día de hoy la preferida de mis historias reales-pero-no y, honestamente, quiero que siga siendo solo mía. Ese es el motivo por el que aquellas conversaciones solo encuentran cobijo en la memoria (la nuestra, la compartida), pero eso no tampoco significa que deba callar todo al respecto.

Muchos temas cubrimos en aquella charla que pareció extenderse en una interinidad fuera del tiempo, pero el más importante fue el de las almas encapsuladas dentro del papel. Si lo que Fervorcito en Córdoba (así lo había bautizado en mi mente) me había comentado era cierto (y creo que así era), dejamos algo de nosotros cada vez que posamos los ojos en aquellas páginas nutridas de ideas ajenas. «Tiene sentido, ¿no te parece? Si cada vez que alguien lee una copia del Quijote se lleva un pedacito de la historia, esta quedaría vacía en cuestión de segundos. Solo es justo que el lector deje algo a cambio. Lo que él quiera (la verdad, no somos exigentes): el recuerdo de la primera vez que olió una flor, las ideas de una clase de la universidad, el ladrido del perro del vecino que lo despertó de la siesta…». Es así como, con el correr del tiempo, cada historia se construye a sí misma en las mentes de todos aquellos que pasaron a visitarla. «No te parece tan monodireccional ahora, ¿eh?», me comentó con una sonrisa pretenciosa.

Fervorcito se fue con la llegada del día, sin más explicación que un: «Yo vine a visitarte porque me gustó tu tatuaje de planetas, pero no creo que pueda volver más. Si se llegan a enterar de que me escapé, me sacan tres recuerdos. Como consuelo, aunque sea me llevo el color de la pared de tu pieza.» A pesar de mis súplicas desesperadas para que se quede («dale, porfas, solo veinte minutos más»), cumplió con su palabra y nunca más nos volvimos a ver. Aún así, hay veces en las que por el rabillo del ojo me parece percibir un brillo especial de mi copia en la estantería y yo le sonrío con complicidad, todavía esperando el día en que decida regresar para que pueda contarle más sobre los planetas de mi tatuaje.

 

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.