Podría haber sido uno de sus ejercicios: “escribe un texto tras la muerte de alguien a quien hayas considerado un maestro. Sin tópicos”. La siguiente clase habría sido una sucesión de voces temblorosas intentando sostener necrológicas y elegías sobre la tarima. “Maestro de periodistas”… No vale. “Un escritor tan original que no obtuvo el reconocimiento que merecía”…. Mmm, no. “Un cronista que era lo contrario a las fake news, un entrevistador que era lo contrario al espectáculo”… Más cerca, pero falta algo.

De pronto, habría ocurrido. Alguna chica, algún chico, de apenas dieciocho años, recién llegado de su pueblo a estudiar Periodismo en la Complutense, daría, sin saber probablemente cómo, con esa inocencia humilde que tiene siempre el verdadero hallazgo poético, con una formulación precisa y diferente del agradecimiento, de la admiración o del vértigo. Se habría reído ampliamente –porque esa era su manera de expresar la aprobación más sincera– y ante un aula atónita habría dicho: ¿Veis? Esto sí. Creo que antes de que sonara el timbre habría recordado, de memoria, el comienzo del Aleph de Borges: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios”.

Recibí la noticia de la muerte de Pedro Sorela mientras hacía la maleta. No pude evitar pensar que el universo tiene extrañas formas de escribir el relato de nuestras vidas: él era sobre todo un viajero, todo el rato. En el avión, horas más tarde, viendo un sol muy naranja ponerse sobre el Atlántico, recordé aquel pasaje de Ya verás en el que la protagonista se sorprende, en un largo vuelo, de ver durante horas el mismo atardecer, en una batalla contra el tiempo que no había decidido, pero que el giro del planeta le regalaba gracias tan solo a su capacidad de verlo. No lo recordé porque se hubiera muerto: creo que desde que leí esa novela, lo recuerdo en todos los aviones. Antes, en la sala de embarque, muchos de los mensajes entre antiguos compañeros de facultad y otras amigas que conoceríamos después –en las cenas que organizaba con la generosidad de quienes comparten a su gente– decían, como el mío: “No podré estar en el tanatorio mañana, no estoy en Madrid”. La de quienes estábamos tristes esa tarde era una hermandad dispersa y sin banderas que también tiene mucho que ver con lo que nos enseñó.

Me pongo escribir este recuerdo preguntándome si tiene sentido sumar otro más a los que en estos días ya han dicho mucho de lo importante. Pienso que no debo de ser la única. Nos imagino a tantas personas sentadas como yo ahora en este café de otro continente, intentando como en aquel primero de carrera escribir algo que esté a la altura. Me parece hermoso: un mapa que se va cubriendo de textos y textos intentando ser lo mejor que puedan ser para contarle.

Una vez más, no lo recuerdo solo porque las circunstancias sean estas. Las cosas que aprendí a preguntarme con sus ejercicios me acompañan siempre, en la escritura. Estuvo aquel encargo, por ejemplo, que nos puso delante de un cuadro expresionista con la tarea de “escribir un texto con los elementos de su pintura”. Descifrar la petición era el primer paso de la historia. Pero de pronto la imagen te hablaba, entendías lo que estaba en el fondo del trazo, y podías empezar la batalla por traducirlo al lenguaje de las palabras. Otro día nos pidió ir a una clase de otra facultad, “en la que no entendiésemos nada de nada”: cuando mi primer trabajo como periodista fue en la sección de Tribunales, supe por fin por qué diablos aquello tenía sentido. Igual que solo sería años más tarde cuando entendí que quizá la entrevista imaginaria a una nube de humo nos hablaba de cómo solo las preguntas adecuadas pueden llevar a respuestas que valgan la pena.

Y lo de dibujar. Siempre nos pedía que mirásemos las cosas como si tuviésemos que ponernos a pintarlas. Aún lo hago a veces, cuando los ojos, cargados de aburrimiento o de prisa, necesitan, como solía decir, “que los afilemos”.

Su principal empeño era siempre que mirásemos más allá de lo evidente. “Si intentáis contar una boda y os fijáis en lo que es siempre igual, no será interesante”, decía, “pero siempre está pasando algo que es diferente. Olvidaos de lo previsible, la historia está en otro lugar”. Otro lunes, la tarea era una crónica taurina. Tras muchos intentos fallidos, una compañera presentó un buen trabajo. ¿Sabes de toros? “En absoluto” ¿Y entonces, cómo hiciste? “Le pedí ayuda a alguien que sí”. Risotada. Respuesta adecuada. Casi siempre, todo era tan sencillo como eso. Solo había que soltar lastres de orgullo, pedantería y miedo para que la escritura empezara a fluir.

No había términos medios en la apreciación de su método: admiradores y detractores. Muchos pensaban que su exigencia era excesiva, que el trago de exponer el propio trabajo a la crítica colectiva era una humillación. Con el tiempo he ido entendiendo hasta qué punto probablemente nadie antes nos había tomado tan en serio. Dedicar horas a mejorar los textos de un montón de gente muy joven y convencida de ser genial en la escritura a menudo debía de resultar exasperante. Hacerse cargo de esa responsabilidad de enseñanza, sabiendo que no siempre sería entendida, me parece cada vez más un tesoro de generosidad. Quizá la mayor de las enseñanzas que conservo es la de mirar los propios trabajos desde fuera y saber que los demás siempre podrán ayudarme a hacerlos mejores. Y la de disfrutar ese proceso.

Proceso en el que es mantra una frase de Saint-Exupéry que nos recordaba a menudo: “Un texto está perfecto no cuando no hay nada que añadir, sino cuando no hay nada que quitar”. Saint-Exupéry: otro regalo suyo. Descubrir Tierra de los hombres, como descubrimos a Flaubert, a García Márquez, o ese gran ejercicio de priodismo –decía– que es Los Miserables. O, años más tarde, invitadas a sus cursos de doctorado, esos everests de la lectura que fueron La montaña del alma de Gao Xingjian y La montaña mágica de Thomas Mann. Sus pistas para nuestras estanterías nos abrían mundos. Un año entero me pasé paseando a Proust en el metro y las cafeterías. No he llegado a recuperarme de la vergüenza que me supuso el trabajo terrible que hice sobre esa obra. Estaba enamorada y despistadísima, y en mi análisis se notaba. No me regañó demasiado. Supongo que también supo ver que algunas también necesitábamos aprender que, pese a toda la exigencia, poner la vida por delante nunca es tiempo perdido.

Estos últimos años, cuando charlábamos, solíamos discutir un poco. Mi militancia en un partido y mi entusiasmo feminista le llevaban, supongo, a escrutarme como para comprobar qué tal iba la cosa de libertad de pensamiento y de pie a tierra. Yo, por supuesto, me enfadaba y revolvía, que es lo que le corresponde hacer a una cuando le hacen defender sus convicciones sin complacencias. Activar el interruptor de la sospecha era lo que hacía en todas las conversaciones. “Prohibido sentarse en el mismo sitio de ayer: ¿qué clase de periodista vas a ser si siempre miras desde el mismo lugar”, decía en clase. “Viaja quien sabe irse”, dejó escrito en una de sus novelas.

La candente mañana de abril en que Pedro Sorela murió, una primavera deslumbrante llegaba por fin a Madrid tras largas semanas de lluvias, los periódicos seguían vomitando tópicos y banderas, y en la Complutense los alumnos se saltaban hasta las buenas clases para aprovechar como lagartijas la fe en las posibilidades que trae siempre la llegada del buen tiempo.

Que la tierra os sea amplia.
¿Podría haber sido esta una buena respuesta para un ejercicio que pidiera: “Escribidme un epitafio”?
Bueno, solo regular.
Lo seguiremos intentando, hasta que no sobre nada.

Escrito por Laura Casielles

Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es poeta y periodista. Autora de los libros de poemas "Soldado que huye" (Hesperya, 2008), "Los idiomas comunes" (Hiperión 2010; XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte), "Las señales que hacemos en los mapas" (Libros de la Herida, 2014) y "Breve historia de algunas cosas" (Ediciones del 4 de agosto, 2017). Realiza traducciones del francés. Es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en filosofía por la UNED; y máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es estudiante de doctorado e investiga sobre la literatura escrita en castellano en Marruecos y el Sáhara Occidental. En la actualidad reside en Madrid y se dedica a la comunicación política, como coordinadora del equipo de prensa del partido político Podemos.