Pudo entrar, después de siete intentos con la llave. Miró su reloj, las tres en punto. Se quitó los zapatos y se dispuso a subir las escaleras con toda instrucción: un pie después de otro, la mano aferrada a la barandilla para no repetir ningún paso, para no retroceder y deformar las huellas perfectas que habían dejado sus calcetines sudados (tal vez otro, menos instruido que él, querría seguir sus pasos). Toda su concentración estaba destinada a tan ardua tarea hasta que, proveniente de su habitación, escuchó un espantoso alarido. Llegó al último escalón, miró de reojo hacia ambos lados del pasillo y se limpió la cara. Con miedo apresuró el paso, mientras iba fajándose la camisa: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siente pasos exactos, se detuvo detrás de la puerta. El sonido era un infierno y se dispuso a entrar, no sin antes cerciorarse que podía soportar, pese a su estado, lo que hallaría allí dentro.

            El gemido parecía sofocarse de repente, como quien cubre con la mano el estruendo de un bramido. Decidió dar un vistazo, se arrodilló robóticamente, dejó sus zapatos a un lado y con una milimétrica habilidad iba girando el picaporte, sólo necesitaba un pequeño espacio donde cupieran sus ojos. Por suerte, el gemido chocaba por todas las esquinas del cuarto, una y otra vez, así lo que estuviera adentro no detectaría el rechinido de las bisagras. Se asomó tres o cuatro segundos, retrajo la cabeza. Su cara palideció, los ojos se le hundieron casi hasta poder mirarse a sí mismo. Se apoyó sobre sus rodillas para dejar libres sus manos y poder tallarse los ojos con todas sus fuerzas. Después, sus dedos pasearon con tosquedad por su cabellera desaliñada y comenzó a mecerse de arriba hacia abajo como implorando perdón.

            No era un sueño, el corazón pisaba fuerte dentro de su pecho, cerró la mandíbula con una fuerza titánica, como queriendo romperse los dientes. Intentó huir, pero esa curiosidad pendeja que tiene el ser humano lo obligó a enfrentar su mayor temor. Tomó uno de sus zapatos, el derecho para ser precisos, se levantó, abrió la puerta de un jalón y gritó una sarta de obscenidades, creyendo que así aminoraría lo que sucedía allá adentro. Pero no, no fue así.

            Tomó impulso para arrojar el objeto con el cual, pensaba, terminaría con todo. Quedó su mano a la altura del hombro, ya dispuesto a arrojar el zapato, cuando escuchó un grito agobiante que jamás creyó oír y menos pronunciado por aquella bestia: ¿¡Otra vez, Juan!?

 

 

 

Escrito por Yobany García Medina

Yobany García Medina (Estado de México, 1988). Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, FES-Acatlán (UNAM). Es miembro fundador del Seminario Permanente de Metaficción e Intertextualidad (FES-Acatlán) y ganador del 1er. certamen de minificción Fantástica lascivia, UNAM, DGACU, mayo 2013. Ha participado en diferentes congresos nacionales sobre estudios literarios. Además, ha publicado en diversas revistas y antologías, entre ellas: Revista La Otra Raíz, Penumbria, Palabrijes, Monolito, Revista Bistró, El Humo, Rojo Siena, Revista Dislexia, Revista Nano: minificción latinoamericana, Primera Página, Nocturnario, Revista Minificción, Revista a Buen Puerto, La Rabia del Axólotl, Moria y Destiempos. En esta última publicó el artículo: “Lo metaficcional en la minificción mexicana. Construcción y funcionamiento de la trama”, Revista de curiosidad cultural, Nº. 43 (febrero - marzo), 2015. Actualmente es profesor del Diplomado en Creación Literaria del Centro de Integración Humanística (CUIH).

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