Hace más de doce años en Máncora no fui a ningún carnaval, no tomé ningún pisco aquella vez: estaba en un aeropuerto perdido en el tiempo cuando se demoró mi vuelo de regreso a Buenos Aires y conocí a Márlon, un chico que trabajaba como maletero y que, durante esa espera, me contó parte de su historia de vida.

Apenas embarqué me puse a escribir, las palabras de Márlon chocaban con mi asombro y mi pena: todo lo que dijo me dolía. Él era un preadolescente abusado por el mismo sistema que a mí me había permitido conocer su país, sus costumbres, sus riquezas artísticas pero también, las pérdidas, las pobrezas.

La primera versión había llegado de un tirón, pero durante todos estos años estuve disconforme con aquel texto. Sentía que no le hacía justicia a la cruda verdad que necesitaba transmitir. Nunca más lo había vuelto a intervenir, talvez, pienso, por miedo a que dejara de estar presente ese efecto de “instantánea” que surge de las primeras impresiones. El hecho es que no quería cambiarlo por temor a perder lo que me había dejado Márlon, pero a la vez sabía que nunca lo podría compartir si no lo mejoraba.

Primera versión agosto 2004

Marlon de Perú

Sueltan amarras los anhelos

desde un borde de Perú

un chico sueña ser dentista en Miami

y casarse recién a los cuarenta

tener buena casa, mucama un solo hijo y una nana

volver a Máncora cada verano

y en una casa frente al mar

reunir madre y hermanos

para repatriar los regalos como abrazos

y bailar la salsa y comer chupín y rememorar

de lejos la pobreza.

Mi vuelo demorado le deja argumentar

hace nueve años que trabajo dice Marlon

y he conocido mucha gente

aquí en el aeropuerto

una Señora que veranea aquí siempre

quiere ayudarme

pagará mi carrera

por eso tengo que estudiar

no la puedo decepcionar

ella cree que tengo futuro

si siempre hago lo que me pida…

 

“Si hago lo que me pida”

retumbó el espanto durante todo el viaje.

Cuando llegué a Buenos Aires

seguí recordando el relato

de Marlon pero entre líneas:

yo no sé si mi horror fue más fuerte

que mi impotencia

yo no sé si la palabra está entre

el dolor y la magia

pero quise que Marlon me hubiese

inventado todo, quise que Marlon

hubiese sido un adolescente delirante,

quise que la Señora no vuelva

nunca más a Máncora

quise que en Máncora no haya verano

quise que Máncora sea mi casa y Marlon

mi hermano menor

y lloré por él y por mí. Yo no deseo. Yo soy una pieza.

Y me lleno de tatuajes la contemplación.

Estoy en el zumo del tráfico. No preciso saber más.

Soy una mala vida. Soy con vos una despedida masoquista.

Pero yo necesito desolación. Me hace real el dolor. Igual.

Fue a raíz de la consigna del trabajo práctico número 4 para la materia Taller de Poesía de la carrera Artes de la Escritura que curso en Universidad Nacional de las Artes en Buenos Aires (a partir de un diario de viaje, escribir un texto que contenga una sucesión narrativa para ser incluida dentro de un poema) que recobré este manuscrito. El desafío era grande: reescribir, después de tanto tiempo, un suceso que había marcado mi forma de comunicarme con el mundo. Aunque sólo contaba con una sentida anotación de viaje, creí que esta huella contenía en sí misma una potencialidad poética, porque lo viví así como justamente refleja Meschonnic “hay un poema cuando una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si recíprocamente una forma de lenguaje transforma una forma de vida”.

Lo primero que cambié de la versión original fue el escenario, ya no sería una base aérea donde Márlon contaría su historia, sino un carnaval. La intención era precisar un lugar que pudiese generar una multiplicidad de sentidos, algo del orden de la mímesis de lo popular y no un aeropuerto, ya que generalmente está asociado a un ámbito más elitista. Luego, intenté condensar, sintetizar la segunda parte donde el yo poético se pregunta por el abuso y las injusticias. También eliminé y modifiqué la aparición de palabras con rimas expuestas, para mantener esa musicalidad pero de una manera velada, interna. Hacia la reescritura de los últimos versos, seguía operando en mí el deseo de mostrar un yo poético sumamente afectado por la historia de Márlon.

Segunda versión octubre 2016

Márlon de Perú

Estábamos bailando hasta la playa el carnaval traía un pueblo decorado

que marchaba mostrando la pulsión del empeño montada en brillos

quise tomarme todo ese arte en las uvas del valle de Pisco

porque desde un borde de Perú un chico de trece sueña ser dentista en Miami

y casarse recién a los cuarenta tener buena casa mucama un solo hijo y una nana

volver a Máncora cada verano y en una casa frente al mar reunir madre y hermanos

para repatriar los regalos como abrazos y bailar la salsa y comer chupín y rememorar

de lejos la pobreza. Hace siete años que trabajo dice Márlon

una señora que veranea aquí siempre quiere ayudarme pagará mi carrera

por eso tengo que estudiar ella cree que tengo futuro si siempre hago lo que me pida…

Quise que en Máncora no existiera más el verano. No mentía el martirio de overol/ conmigo.

Dejé Máncora esa misma mañana. A la noche en Buenos Aires también me ahogaba:

no quiero saber más. Estoy en el zumo del tráfico como una luciérnaga en lo vasto

de ese abismo. Sola y con la espina de una luz propia. Soy una mala vida.

Yo no deseo. Yo soy una pieza. Me hace real el dolor. Igual.

Pero quiero anunciarme en tu corazón Márlon: quienes pueblan el color verde te saben

quienes en el barro lavan el diario desplazamiento te sostienen para siempre

lejos de los que dicen ser vivos o cautos. Yo te he jurado. Con la solemnidad de tu/ resistencia.

Al compartir esta versión con mis compañeras y profesora de práctico comprendí que era necesario replantearme la estructura del poema: había un excesivo foco puesto a quien regresaba del viaje y eso deslucía al protagonista y lo cruento de su relato. Entonces en este caso, desde una construcción ideológica el yo poético, debía darle paso a la propia figura de Márlon y no centrarme tanto en lo que produjo al yo conocer esa historia de vida (esto vendría solo, por decantación). Así fue que releyendo a Genovese, “un poema establece una relación de cercanía o de distancia con su objeto, proximidad o alejamiento que implica una posibilidad del yo” pude distinguir dónde direccionar la luz, qué visibilizar y qué velar/sugerir de ese vínculo.

Haría más énfasis en la reproducción de las palabras de Márlon (subrayadas en itálica), eliminaría el doble espacio entre la primera y la segunda estrofa, así como también las alusiones a los estados e intenciones del yo, para desplazarlo hasta un sentido de otredad ejecutado en el verso final. La forma que encontraría para componer un yo sin tanta presencia pero a su vez afectado, sería pasar todo el poema a tiempo presente, conjugación que da al suceso un efecto de continuo, de algo que no deja de pasar. Simultáneamente marcar a través de una acción narrativa un rastro temporal que denote un antes y un después de lo ocurrido en el carnaval/aeropuerto.

Además con respecto a la versificación (como respiración y puntuación en un texto), sentí que si bajaba los versos antes, la música sería más parecida a mi forma de leerlo en voz alta. “La función más específica, precisa y estimulante de la ruptura del verso, y la menos entendida, es su efecto en el melos de un poema” dirá Levertov.

Durante el proceso de reescritura ese miedo de perder al Márlon original se fue, porque a medida que avanzaba en las correcciones, el resultado era lo opuesto a mi temor: mientras el yo poético se mantenía sin dar tanto detalle de sus impresiones, más vivo y elocuente encontraba a Márlon.

Versión final noviembre 2016

Márlon de Perú

Estamos bailando hasta la playa

el carnaval trae un pueblo decorado

que marcha mostrando la pulsión

del empeño montada en brillos,

quiero yo también tomarme

ese arte en las uvas del valle de Pisco

porque desde un borde contra Perú

un chico de quince años

sueña con ser dentista en Maiami

y casarse recién a los cuarenta

tener buena casa mucama un solo hijo

y una nana. Volver a Máncora

cada verano y en una casa frente al mar reunir

madre y hermanos para repatriar

los regalos como abrazos y bailar la salsa

y comer chupín y rememorar de lejos

la pobreza. Hace siete años que trabajo

dice Márlon

una señora que veranea aquí cada enero

quiere ayudarme pagará mi carrera

por eso tengo que estudiar ella cree

que tengo futuro si hago siempre

lo que me pida…

Quiero un Máncora sin veranos: porque

no miente el martirio de overol conmigo.

Dejo la playa esta misma mañana.

Luego de una escala técnica en Tumbes,

a la noche Buenos Aires también me ahoga:

no podría volver a ignorar a nadie más.

Escrito por Yanina Giglio

Yanina Giglio nació en Buenos Aires, Argentina en 1984. Lectora serial que escribe, investiga, experimenta y vuelve a empezar. Incansable. Apasionada por el desarrollo de procesos creativos. Ha realizado estudios en Ciencias de la Comunicación Social en UBA. Es miembro fundador de Odelia editora. Coordina talleres de lectura y escritura creativas. Actualmente estudia Artes de la Escritura en UNA y el posgrado "Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación" en FLACSO. Publicó: Abrapalabra: licencia para hablar (Entrelíneas UBA, 2014); La Do Te (Editorial Alción, 2015); Recuperemos la imaginación para cambiar la historia -Antología- (Proyecto NUM-Editorial Mansalva, 2017); Liberoamericanas. 80 poetas contemporáneas -Antología- (Editorial Liberoamérica, 2018). Colabora como periodista cultural en www.cineyliteratura.cl y www.liberoamerica.com