El cuchillo maldito

Me tuvo en la mira desde que me lo regalaron. Nuestras miradas cruzaron en su llegada a la cocina cuando empecé a sacarle las etiquetas. La piel se me erizó. Al instante, lo acomodé en el cajón de los cubiertos que, asustados comenzaron a suplicar auxilio. Temían por sus vidas.

Las cucharitas se escondían tras los cucharones atemorizadas por la afilada punta del nuevo integrante. Tenedores y cuchillos formaron un sindicato e iniciaron una huelga exigiéndome que sacara a ese siniestro vecino de sus vidas. Cansada de las quejas de mis cubiertos tuve que enfrentarme a este perverso individuo. Me cargué de coraje y me dispuse valientemente a hacerle frente, lo cogí del mango y empecé a recriminarle los constantes ataques al resto de mis cubiertos. Carcajeó maquiavélicamente y amenazó con hacerme pedazos. Empezamos a forcejear, mi fuerza era mayor pero su punta me intimidaba cada vez más. En un abrir y cerrar de ojos, el cuchillo maldito lanzó su estocada contra el dedo índice de mi mano izquierda y empezó a desangrarse frente a los cubiertos que, despavoridos comenzaron a huir. Su héroe había sido herido y derrotado.

Me quedé sin cubiertos y con mi dedo hecho pedazos camino al hospital. Resolví abandonar mi cocina pues, ya no me pertenecía, este reino era ahora del cuchillo maldito.

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