Me desconcierta y me abruma tener que escudriñar nuevamente hasta la última habitación. Estoy más que segura de que no, ya te lo dije muchas veces, una y otra vez al caer la madrugada en que mirábamos los techos a través de las risas que estampábamos en nuestras copas de vino, te lo dije, no está por ningún lado. Por supuesto que no quiero profanar tu confianza, que no quiero tomarte por loca ni mucho menos, así que acá me ves, levantando sábanas y haciendo volar cubiertos, sillas, ver entre cada cabello del cepillo de dientes, abrir la tapa del inodoro, elevar las alfombras y asaltar, inclusive, el techo. Anoche, tomando entre mis manos la escoba abandonada del patio, le quité a las esquinas todas las telas de araña, hubieras visto cómo movían las patitas desde adentro de sus agujeros, indignadas por esta búsqueda absurda que lleva prolongándose semanas y semanas. ¿Realmente es tan importante encontrarlo? Ay, no, no haría juicios de valor que pudieran hacerte pasar un momento incómodo; no es mi deber entrometerme en los asuntos que te preocupan. Ya me aseguraste que lo dejaste acá, que tiene que haber sido acá porque en otro lado no estuviste y que a tu casa ya la registraste de arriba a abajo, con lujo de inventarios y colaboración policial, quizás también llamaste a los bomberos, o te alcanzó esa linterna gigantesca que compraste para poder alcanzar hasta las narices mocosas de tus hijos para comprobar con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblorosas que en tu casa no está y que lo perdiste para siempre en la inmensidad incesante del universo a no ser que esté acá, en mi casa, que es a donde viniste a pasar las vacaciones.

No sé para qué lo trajiste, después de todo. ¿Viste que era para problemas? Yo confié hasta en la descripción de los detalles más prescindibles, tan conmovedoramente los describías, feliz, ardorosa, por lo menos esa sensación tan hermosa que me dejaste nunca se va a perder. Con tanto amor me lo detallaste que hubiera creído que era falso de no ser por nuestros años de amistad. ¡Te digo que la alegría se te escapaba por los cuatro costados! Primero fue la cámara de fotos, que yo lo agarré cuidadosamente, dale dale, vas a ver que el contacto es casi lo mejor que tiene, quedate quieta que quiero que no te olvides más de este momento, y yo posaba sonriente -más por complacerte que otra cosa- agarrando cuidadosamente tu tesoro para que vos siguieras sonriendo más y más, aunque me hubiera bastado con tus descripciones telefónicas. Y ahora está perdido y vos decís que en mi casa y aunque yo crea que no, vas a tener esa certeza, y al final del camino una desconfianza rencorosa que poco a poco va a enturbiar el contacto sincero de nuestras miradas, las llamadas diarias, la preocupación: lo pude percibir desde el primer momento. No me mires así ni trates de relajarme, sé que es cierto.

El primer indicio fue cuando me llamaste con esa voz quebradiza de hojita otoñal, tan aparentemente calmada en su oscilación por el aire, preguntando cómo andaba y contándome tu vida en el tiempo que no hablamos hasta que -toda la conversación, ahora lo sé, apuntaba hacia esa cúspide- bruscamente la hoja se partió en la tarde gris y me preguntaste si no lo habrías dejado acá, en mi casa. Yo no le di tanta importancia en el momento, pero ahora sé que en realidad me lo estabas reclamando, con sutil recelo. Te dije que no lo había visto pero que ya iba a invertir lo que me sobrara de aquel día o quizás el siguiente para echar una mirada entre mi ambiente ya conocido. Y así fue mi primera búsqueda, calmada, con música de fondo, entre bailes, mecida en la convicción de que si había algo que rompiera con la monotonía de mi departamento, él me encontraría a mí antes que yo a él. Y di por concluida la búsqueda lamentando la pérdida del objeto deseado. Pero aquella tarde, cuando llegaste tan sombría a mi casa, sentí pena por vos y pensé podría buscarlo de nuevo. Y así lo he hecho, he revuelto hasta el último rincón, me sometí tan lentamente a tu voluntad que ya no me extraña que vivas conmigo hace tres días, que me estés observando día y noche tras tu halo ingrávido de lágrimas, riendo de locura en tu costado que dialoga con las arañas, puede que ellas lo tengan entre sus patitas, mientras tanto, sacame ya esa mirada, volvete a tu casa, dejame de joder, que seguro se te cayó en el camino, que no puedo dejar de simular, que acá nunca llegó nada, habrá sido una confusión tonta, que nunca busqué nada.

 

Escrito por Paula Márquez

Paula Márquez (Córdoba, 1992) cursa estudios en Letras Modernas en la UNC. Publicó relatos breves en La Gárgola Azul y es actualmente editora en Liberoamérica.