Conocí a Carmen de pequeña. Estudiamos juntas hasta que nos graduamos, ambas con dieciséis años. Para ese entonces ella seguía diciendo la misma estupidez que decía cuando apenas comenzábamos a hablar. «Cuando grande quiero ser africana». Era igual todos los años. Ningún profesor pudo hacerle entender que uno no escoge su raza así como así. Que era latina y que antes debería dar gracias por ser bien blanca y mona.

Nunca fuimos amigas, por eso no volví a saber de ella. Hasta anoche. La encontré subida en la tarima de un bar. Agarraba el micrófono con las dos manos y sudaba a chorros. Estaba ahí, los ojos cerrados mientras cantaba. Con su pellejo trasparente y el pelo de fique. Tenía una voz ancha y violenta, una voz que se colaba por los poros de quienes la escuchábamos. Una voz negra, africana.

Escrito por Stephany Méndez Perico

Bogotá, 1990. Diletante. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia y candidata a Magíster en Escrituras Creativas.