Desde la muerte, el pasero Solano Rojas monta guardia y espera. La historia de su vida es contada por los habitantes del paso Yasy-Mörötï al son del acordeón fantasmal del pasero cada vez que amenaza mal tiempo. Augusto Roa Bastos (Paraguay, 1917) escribió en 1953 un cuento llamado El trueno entre las hojas. En este, la narración hace memoria del origen de las cicatrices en el rostro de Solano. Así, vivimos en carne propia la explotación de la gente de un Ingenio, primero representada en Simon Bonaví, comerciante judío-español, cuyo cuerpo mismo encarna la ambición al dinero: “en los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía algo de apaciblemente siniestro como en su sonrisa” (7). Después, el cuerpo explotador pasa a ser el de Harry Way, fabricante yanqui, perpetuador del régimen opresivo de Bonaví, quien se representa siempre en comparación con lo animal salvaje, aludiendo a él como el “buey rojo” y temiendo su “sanguinaria animalidad”.

Entre los cerros vigilantes de tayta Ak’chi se juntan los riachuelos de Ak’ola, donde un grupo de escoleros, cuerpos de la infancia, se reúnen todas las mañanas a beber la leche de una vaca, la mejor del pueblo, a quien ven como una madre de verdad. La vaca se llama La Gringa, y su cuerpo y su leche encarnan el sustento de los niños, y la propiedad de un capital productivo que se resiste a pertenecer al patrón del pueblo, don Ciprián, pues pertenece a la madre de Teófanes, un escolero. José María Arguedas (Perú, 1911) escribió en 1934 un cuento titulado Los escoleros. En él, la narración de un niño sobre la vida de los indios en Ak’ola nos permite conocer la opresión de un patrón, poseedor de la tierra, y la explotación de los indios, que se nos muestra desde algunos quiebres en la vida cotidiana de este niño huérfano, que desde la lengua se resiste a seguir siendo esclavizado, y también a la pérdida de La Gringa en manos del patrón.

Dos relatos que nos hablan de la opresión, la injusticia. Dos relatos que viven en tensión con los mecanismos de poder que se inscriben en el cuerpo de los sujetos del margen, pero que son, desde allí mismo, subvertidos, resistidos: Solano, el revolucionario, y Juancho, el escolero. En cada uno de los dos relatos, estos personajes actúan como termómetros del sufrimiento de los cuerpos de la gente de su pueblo. Las opresiones e injusticias que se inscriben en estos cuerpos son resistidas a través de Solano y de Juancho, pues en ambos relatos, ellos representan un sujeto colectivo sufriente, que nos permite escuchar una multiplicidad de voces.

En su texto Teoría crítica, teoría cultural, Graciela Montaldo hace una lectura de Deleuze y Guattari en la que resalta el concepto de Árbol como una cultura fija y sedentaria, que se establece a partir de sus raíces y de esa manera crea jerarquías; el de Raicilla como una cultura con raíces menos estables pero que existen; y el Rizoma como la cultura de la ruptura, que no se asienta ni se enraíza sino que se desplaza, siempre en movimiento (Montaldo, 96). Podemos, a partir de estos conceptos, entender el Rizoma como la ruptura de modelos hegemónicos, que sirve al análisis que puede hacerse de los dos relatos: desde el Rizoma se puede ver cómo Juancho y Solano desarticulan mecanismos de poder a partir de lo que Montaldo caracteriza como un devenir: “[son] procesos por los cuales nos constituimos momentáneamente en algo o en alguien, pero esa identidad no es sino una negociación con lo otro” (97. Énfasis mío). Viéndolo desde aquí, debemos desentrañar la manera en que Roa Bastos y Arguedas crean subjetividades, identidades en negociación con otras, con el poder.

Solano Rojas se nos muestra desde el inicio como una subjetividad incómoda. Es un sujeto al margen, ambiguo. Siempre se le representa en relación con las sombras, la transparencia, lo fantasmal, sustantivos que en la narración no son contrarios a la fuerza y el vigor del revolucionario: “Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de la ceguera” (3). El cuerpo herido y con cicatrices de Solano, con “ojos ciegos que parecían ver”, y el cuerpo de las ruinas, son uno mismo: tiene tan solo cuarenta años, pero se siente como un viejo. El cuerpo sufriente, como las ruinas, no se rigen por el tiempo del reloj, sino por el del recuerdo y el sufrimiento. Pero el de Solano no es solo un cuerpo en ruinas, es sobre todo el cuerpo de la resistencia del Ingenio. Como ya dije, Solano es el cuerpo colectivo de los trabajadores explotados, y así, el trabajo se inscribe en el cuerpo de la mano de obra, en donde el cuerpo de Solano resalta. En El trueno entre las hojas, el Rizoma o devenir de ese sujeto colectivo está en la enfermedad y la sangre. En la toma de poder del régimen de Harry Way vemos un sujeto colectivo que subvierte el orden del cuerpo apto del trabajador: lo hace a través de la enfermedad de un hombre que se vuelve la de todos:

Se oyó un grito sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido Loreto Almirón, un pobre carrero enfermo de epilepsia […]  La masa de hombres oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de Loreto Almirón, ahora inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos ellos (18).

A partir de este episodio, se desata en Solano, mayor exponente de ese cuerpo colectivo, una reacción al ataque, espasmos en su cuerpo, el cuerpo de los trabajadores:

El pecoso espiaba por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía bien. José del Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el instinto le decía al capanga que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre de los esclavos ya estaba humeando en todas las venas bajo la piel oscura y martirizada. Sombras de sollozos reprimidos estaban arañando el cielo seco y ardiente de las bocas (18).

Como vemos, la protección a Solano se hace con los cuerpos, y la sangre es la sangre de todos. Pero también es así como vemos en un cuerpo enfermo, en ruinas, con las memorias hechas trizas, un pueblo de gente que encuentra en el nuevo cuerpo de Solano, el fantasmal, de sombras y de transparencia, la esperanza y la resistencia del pasero que “monta guardia y espera”.

Juancho, por su parte, es el cuerpo colectivo de los escoleros, es el cuerpo del niño que se resiste a ser colonizado. Lo hace a través de la lengua, pues usa la lengua menor como un espacio político en la que se inscribe el cuerpo del oprimido. Esta lengua menor es el Rizoma, es la cultura que no se enraíza sino que se transforma, pues es la representación del indígena desde el cuestionamiento de la lengua dominante.  El acto político en el que Juancho construye la identidad del pueblo indígena en negociación con el cuerpo del poder, encarnado en don Ciprián, es a partir de lo animal. El amor maternal de La Gringa cuestiona la institución de la familia e implica la construcción de formas de sentir lo familiar que no son las dominantes, sobre todo porque Juancho es la representación de la orfandad del indígena, del desamparo y el abandono, lo que se subvierte mediante el amor a la vaca:

Algún día en Ak’ola se morirá el principal y los comuneros vivirán tranquilos, arando sus chacras, cantando y bailando en las cosechas, sin llorar nunca por culpa de los mayordomos, de los capataces. Querrán libremente a sus animales, con todo el corazón, como yo y Teofacha queremos a su Gringa  […] Yo también me quedaré con los “endios”, porque mi cariño es para ellos; seré buen mak’ta ak’ola. ¡Ja caraya! (95).

En ambos relatos, los autores crean nuevas estructuras del sentir desde las cuales podemos subvertir los órdenes que nos impone la cultura Árbol, estática y jerarquizada. Y como escribió Arguedas en No soy un aculturado: “Los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte”.

 

Escrito por Gabriela Gacharná

Bogotá, Colombia, 1995. Estudiante de Literatura. «Un pez en el aire, un pájaro en el agua».