Anton Vroom vivía en Rotterdam aunque había crecido en La Haya, capital de la ley internacional, conjunto arbitrario de esquemas aplicados de manera imperfecta. Era un niño cuando allí habían juzgado a Slobodan Milošević por genocidio. Él era tan inocente que no entendía cómo alguien podría ser malo, o cómo el mal existía en absoluto, pero terminó de aceptar su existencia cuando asesinaron a su padre en la calle para robarle su anillo de matrimonio.
Con la mudanza a Rotterdam empezó a visitar el museo local. Allí miraba por largos ratos El vendedor ambulante de El Bosco, a su juicio la obra más digna de todo el museo. Había descubierto la pintura en un viejo libro de su tía y la imagen lo había sacudido como ninguna. Cuando supo que estaba en su ciudad fue a verla en vivo y en directo y se largó a llorar: ese hombre salía de una casa infame para dirigirse hacia quién sabe dónde con una única cosa entre sus manos –lo que fuera a vender poco importaba–, la mayor de todas: su decisión. Todo sin saber de la magnitud del universo, sin saber del resto del planeta ni de su forma, sin saber absolutamente nada.
La visita seguida de la contemplación y seguida del llanto se convirtió en rutina. Se secaba las lágrimas con las manos, pedía un café, salía del museo y tomaba el tranvía hasta su casa, donde lo esperaba su gata Eloise. La alzaba en brazos y a veces ella le rasguñaba la cara; la sangre brotaba desde arriba de alguna ceja y entonces las lágrimas caían de nuevo, esta vez sin emoción. Después se encerraba en su cuarto y se llenaba del color del terror. La rutina medieval, en aquel lenguaje cromático y delineado con tanta precisión, se había abierto paso en su interior y las líneas no anunciaban más que cansancio e incertidumbre.
Lo que más lo perseguía era la idea del hambre, que la heladera estuviera vacía. Escuchaba el agua fluír en el baño y deseaba que el líquido llenara toda la casa: entonces podría nadar libremente por las habitaciones, deslizarse por los corredores y las disputas con Greetje desaparecerían al igual que los sonidos tan delatados por el aire. Ni siquiera sería necesario hablar o respirar. Anton estaba enamorado del agua.
La casa estaba limpia cuando Dolores la mantenía de ese modo. Si no iba por varias temporadas la suciedad era notable, resaltando a su vez la miseria inmanente en todos los objetos. En la universidad, donde Anton estudiaba economía, le decían que todo era mercancía; sin embargo él veía lo contrario en los objetos, veía un valor negativo. La excepción eran las obras de arte y si bien no derivaba ningún placer de contemplarlas, solo una desesperación honda y vacía.
Sus largas noches de investigación por internet le revelaban datos de lo más insólitos. Leyó por ejemplo que La ronda de noche, esa obra capital de Rembrandt alojada en el Rijksmuseum y ahora custodiada por guardias, había sido vandalizada tres veces: el 13 de enero de 1911 un hombre había tajeado el lienzo, el 14 de septiembre de 1975 un maestro escolar había intentado hacer lo mismo con un cuchillo de manteca y el 6 de abril de 1990 un viejo le había echado ácido con una botella que llevaba escondida en la ropa. El ácido solo llegó a penetrar la capa de barniz y la obra pudo ser restaurada.
Anton se alejó del paisaje cibernético, se acercó a la ventana para respirar y creyó percibir una conexión inexplicable entre la luna y una lechuza que lo miraba con fijeza desde un sauce. Greetje, secundada por dos hombres, forzó la puerta para entrar. Los hombres lo agarraron de los brazos y él no se resistió.
Su miopía dejó de ser tal para convertir a su entorno en una hermosa pieza estética. El mundo se volvió trazo, el aspecto borroso –el aura de los objetos– sería ahora un modo de convertir a esos algos en potencias, en dibujos cristalinos y cristianos capaces de llevarlo, sin escalas, al cielo. No necesitó pensar más en arte ni envidiar a artista alguno, su vida misma sería una obra de arte desde ese momento y él el creador de su propio personaje: Anton Vroom, holandés errante. O mejor todavía: Anton Vroom, artista.
Entró sin ganas al neuropsiquiátrico. No había estrellas en el cielo y olía a fuego pero no a quemado: sintió entonces el deseo fugaz de abrirse al medio con un cuchillo, como un vándalo, para descubrir el firmamento en su interior.

Escrito por Tina Saturna

Tina Saturna (La Falda, Provincia de Córdoba, 1994) es escritora, artista y productora musical. Publicó el poemario Heterodoxia en 2014 (Cartonerita NiñaBonita, Zaragoza, y Poetry Will Be Made By All!, Zúrich). Su proyecto musical se llama Saturnalia.