Crónica construida a tres voces, que se identifican de la siguiente manera:
1. “Partes del cuento entre comillas”: fragmentos de la narración ‘Gnomos, cacaos y otras borracheras’
2. Letra cursiva: entrevista a Michael Benítez Ortiz
3. Palabras de Arianna Ramírez, autora de esta crónica

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Huele a yerba, huele a empanadas y smog en estas calles que son como de película antigua (porque yo solo las había visto en las películas que nos ponían en clase de historia). El Transmilenio corre descontrolado con su rojo y sus chirridos, como un animal que, por el olor de la basura, se mete y recorre ciego la ciudad en busca de quién sabe qué. Ciego como los que van adentro, como yo, que casi nunca nos fijamos de verdad en lo que los altos edificios nos proponen; y recorremos casi a diario el mismo rumbo, que sabemos de memoria pero que en realidad no conocemos. Cuando nos deja por fin en la estación, un montón de gente sale a empujones mirando al piso. Fuera de la estación de la Jiménez, por las calles, se ven muchas familias y uno que otro habitante de calle que los saluda o les grita que ¿qué hacen en el centro? ¿Vinieron pa´ qué? Y como ellos, no me asusto. Es raro, se siente como un acuerdo: ellos gritan, nadie se asusta, es la rutina y la experiencia. Como el entretenimiento inofensivo que se contrata para el turista y que se olvida fácilmente. No me detengo en esto mucho tiempo porque igual, aquí hay de todo.

Llegamos en Transmi, hasta la Jiménez, compramos algunas baratijas. Abro el libro, ¿a dónde vamos? Ah sí, a la 19, a Las Nieves, al Parque de la Independencia y al Planetario.

“Bajando por la 19 con 19 horas” y la primera diferencia. Yo vivo la 19 de día, en la mañana dominguera llena del amarillo del sol que se ve en el cielo sin nubes, mientras él vive “en ese momento del día en el que los carros patinan en el asfalto encharcado de alcohol” sintiendo esa Bogotá central de la noche, la que si se alumbra es de un amarillo naranjoso que riega los postes de luz, y que ilumina donde “3 amigos se resisten a que termine la farra, y si de retardantes se trata, para retener el mareo y las erupciones de vómito con zanahorias jamás comidas, no hay nada mejor que hacer las paces con el perico” o el Old John, que se les nota en los ojos mientras yo la veo por entre un vaso con mango biche, limón y sal, y una que otra pola. Pero es así como nos encontramos, entre diferentes relatos, entre dos Bogotás que vivimos ambos, por una misma calle.

La 19

Bogotá es una ciudad gris, sucia y desordenada. Hay tantas cosas en el piso, todo el mundo vende de todo. Tantos colores y figuras regadas en el suelo sobre pedazos de tela de colores y que anuncia alguien gritando. Todo esto, más la indiferencia de sus habitantes, crea una suerte de sentimiento de extrañeza. La extraña pertenencia, como de volver al lugar donde siempre debí estar. La capital en la noche cambia, la ciudad está viva, como una puta que se pone bonita para irse a trabajar: Bogotá en la oscuridad es una ciudad de piernas abiertas. Es una ciudad de puertas abiertas, pero nosotros nos enfrascamos en cerrarlas. Me gusta porque tiene cierta sensación de peligro y en cada esquina se puede encontrar la vida misma, la realidad que no me contaron, en la que han intentado “cuidarme” de la muerte o el amor de la vida.

La compañía es importante, resignifica los espacios, los llena de sentido. En la noche van tres borrachos, y de día, ahora, también voy yo y alguien que invité caminar junto a mí. “Compran un trago en Las Nieves” y nosotros nos tomamos fotos al frente de la iglesia y “al lado del hotel donde Luis Ospina grabó Soplo de vida”. Se ve viejo pero no por eso es menos estético o representativo. Es cierto que tiene un aspecto de dejo, pero me gusta pensar más bien que tiene tantos años acumulados de historia que quizá se le desbordan.

Hay contrastes de colores, la iglesia por ejemplo se me hace muy colorida, no había visto esta parte del centro tan detalladamente y la imaginaba triste y gris. En realidad nunca había visto nada del centro detalladamente, pero ahora que lo hago, en vez de gris pienso en ella en tonos de beige. Yo creo, que cuando lo que te han enseñado de tu ciudad es solo miedo, eso es lo único que ves. Hoy, que el miedo no me nubla, veo mi ciudad perfectamente: encuentro que en la esquina más al norte alguien está dibujando a Jaime Garzón en una cartulina que probablemente colgará en un hueco a lado de donde tiene a Petro y a alguna actriz estadunidense que todos saben quien es menos yo. Alguien está almorzando sobre los pies de la estatua del sabio Francisco José de Caldas porque por ahí no hay mesas para comer y pienso que es mejor que sirva para eso ¿no? Se debe cansar de que solo la contemplen. ¡Denle uso!

Las Nieves 1

Yo crecí en el norte, con mi familia casi nunca vinimos al centro o a otras partes de la ciudad que no estuvieran entre la 170 y la 85. Y si vinimos, fue rápidamente, consiguiendo lo que necesitábamos para luego salir corriendo. He vivido sobre todo en las zonas periféricas, al sur, donde la población tiene muchas costumbres campesinas y los niños cuando juegan pueden elegir para divertirse entre un balón de microfútbol o un ‘carrazo’ de basuco. Hoy es cuando descubro esta ciudad, cuando veo las fachadas viejas con los anuncios nuevos de las tiendas. Cuando descubro por fin dónde es que queda el Centro Comercial de Bacatá, del que mi acompañante celebra que no rompe con el estilo de la ciudad. No como la Universidad de Los Andes, me comenta, que escandalosamente se distancia de esta esencia.

Pedimos indicaciones pero pronto nos olvidamos de seguir el rumbo que habíamos definido cuando vemos un pequeño mercado de pulgas y nos perdemos en lo que venden. Es difícil no detenerse y no perderse mirando algo, cualquier cosa. Libros a dos mil, camisetas que parecieron pintadas mientras el artista escuchaba eletrocumbia, aparatos viejos, antigüedades usadas con las huellas dactilares de personas que probablemente ya ni existen, títeres, plantas atrapamoscas, esencias en frascos diminutos, obleas y chontaduros al lado de puestos de hamburguesas de 3500 pesos. Cuando por fin nos logramos despertar de ese otromundo, seguimos por las calles del pasado, estrechas, por donde no se sabe si alcanzan a pasar los carros al tiempo que las personas y uno camina en un acto de fe, para llegar a donde lo están rompiendo todo para una cicloruta que ya espero con ansias.

Bogotá son mil ciudades en una. Reúne espacios tan diferentes que el centro para mí es como viajar a otro mundo pues yo, que toda la vida he vivido en Bogotá, no la he sabido aprovechar. Hay unos fragmentos de ella muy ocultos, a veces me siento un mensajero que devela esas partes —que no son solo marginalidad, violencia e ignorancia, sino que tienen una belleza y una magia que hay que atreverse a ver— a mis lectores. Recientemente he venido en su búsqueda, hoy vengo con hambre de esa Bogotá que no siento tan fría y gris, que se contrasta con los colores de sus habitantes, donde las familias aprovechan el descanso de la semana y las parejas salen a comprarse cosas entre los dos. Existen varias burbujas y la literatura es, muchas veces, una de ellas. Yo busco, una nueva narración de Bogotá para darle sentido a sus espacios en el relato de mi experiencia. Hoy encuentro que si Michael está develando sus espacios, yo los estoy leyendo y re-leyendo. Gracias a eso, hoy descubro esta parte de Bogotá en compañía de con quien comparto la pola, y de los tres borrachos.

Los grafitis, el olor a tinto de las tienditas y a palitos de queso más grandes que mi brazo, el olor a gente que compra, a gente que vende y el murmullo de los turistas confundidos hablando inglés, componen mi viaje que ahora se mueve hacia el Parque de la Independencia. Bogotá para mí aún es una ciudad desconocida, me gusta abordarla sin prejuicios. Para mí es requetedesconocida y la narro es desde la nostalgia que me producen estas calles que no he recorrido y estos lugares que no he visitado, pero que yo sé que mis padres, mis abuelos y mis tatarabuelos han vivido.

No puedo verla en blanco y negro y sé que todo juicio de valor es circunstancial. Mi hogar queda donde pueda tomarme tranquilamente un trago barato en la compañía de un pájaro copetón. Y mi hogar queda en cada esquina, donde también busco al mismo pájaro. Pues la cosa es esa, nosotros los jóvenes, deberíamos ver en Bogotá una casa, donde podemos todos encontrar-nos. Al unir nuestros relatos, concentrarlos así sea en el centro, los jóvenes del norte y del sur que hemos crecido en diferentes versiones de una misma Bogotá, mantengamos en mente que nos dirigimos al mismo futuro. Que, como dirían nuestros padres y abuelos: “está en nuestras manos”, y para mí está también en nuestras letras. Lo que depende de nosotros es cómo vamos a escribirlas.

¿Qué es la literatura para el relato de las ciudades? Solo sé que la narrativa, muchas veces, te da un testimonio más “veraz” del mundo que muchos otros discursos, sin tener —claro— esta pretensión. No es lo mismo leer un libro de historia, que recorrerla a pie. Y que tal vez la Historia y la Memoria son también relatos ficcionados de la realidad. Pero que igual, los jóvenes necesitamos para construirnos esa realidad misma. Cómo narramos a Bogotá, dice mucho sobre cómo la entendemos. Solo al re-conocer nuestros relatos podemos pensar en cómo mejorarlos, cambiarlos (resignificarlos) o mantenerlos.

“Y otra vez al Planetario, como lunas ebrias dando vueltas en el centro de la ciudad. Sacan una guitarra, de un estuche negro y remendado, donde soñaba con la noche”. En la esquina alguien canta y en la mitad de la cuadra venden radios que suenan con la música vieja que se pone en navidad. Quien me acompaña canta un poco, él, como el resto, no puede evitar moverse cuando escucha estas canciones. Tan instauradas las tenemos desde la infancia. “Uno, dos, tres cigarrillos: porque cualquier gota de alcohol es suficiente para sumergir el acelerador de las ganas de fumar y que falte todo menos el humo en los pulmones.” O las gotas de lluvia que ya comienzan a correr bajo las nubes negras que se le plantaron de frente al cielo.

Parque de la independencia.jpg

Con sombrilla en mano caminamos sintiendo el frío que nos recuerda que si bien viajamos, aún seguimos en esta ciudad. “Dios se une a ellos por largos hilos de alcohol que bajan del cielo: se ríen, gritan, se suben en las estatuas del Parque la Independencia, las orinan, se toman fotos degollando con un bisturí a nuestros fríos héroes” mientras nosotros nos sentamos al lado de una de sus estatuas, para hablarnos lento el uno al otro. Cuando el hambre nos gana, “cantan:

Dancemos ebrios
a la orilla de la muerte
donde se ahogan nuestros prejuicios
al lado de colillas
de cigarrillos.
Dancemos ebrios
—y libres—
sobre botellas vacías
en un mar del alcohol”

Y nos vamos caminando por la séptima al norte para buscar dónde almorzar. “Uno de los 3”, o de los cinco, “—cualquiera, escoja usted— saca de sus bolsillos una manotada de cacaos sabaneros: quieren sumergir sus neuronas en el yacusi inconsciente de la escopolamina.” Y yo abro un paquete de Manimoto que compramos por el camino y los bajamos con la cerveza que aún nos queda. “Aquí, en Bogotá, se consiguen en cualquier potrero, o a precio de morita en cualquier olla. Se comen de a 1, 2, 3, 4, 5, 3, 6, 9… un perro caliente les ladra desde el carrito, un avión les caga encima: qué buena suerte tienen. Las estrellas, con dientes cariosos, les dicen que todo está bien, sigue tu camino y no te detengas amigo…”. Nos despedimos del centro, almorzamos y luego bajamos al Transmilenio mientras cerramos el libro.

“Aquí, en este espacio, hay una pequeña laguna, báñese usted en ella.”

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Texto y fotos por:
Arianna Carolina Ramírez
arianna.rramirez@gmail.com
Basado en un diálogo con el relato Gnomos, cacaos y otras borracheras y su autor Michael Benítez Ortiz
30/04/2018

Escrito por Michael Benítez Ortiz

Michael Benítez Ortiz. Bogotá (Colombia). 1991. Ha publicado el libro 'Bogotrash' (Cuentos, Argentina, 2014) y las paquettes 'El nadaísmo me lo mama en reversa' (Ensayo, Colombia, 2017) y la trilogía 'Papeles para leer' (Poesía, 2015, 2016 y 2018). Ha ganado algunos premios literarios, entre ellos: primer premio, en la modalidad de narrativa, en el Concurso Literario Nacional e Internacional de Relato y Poesía “Palabras sin fronteras”. Argentina, 2013; primer premio, Concurso de Poesía Festival de las Artes, Bogotá. Colombia, 2011; Tercer premio, I Concurso Internacional de Poesía Grupo Literario Poeta Osvaldo Ulloa. Chile, 2012. Aparece en diversas antologías de poesía y narrativa en América Latina y España, algunas de ellas son: Poetas latinoamericanos. Argentina (2015); Sístole/diástole. México (2014); Anónimos 2.2. España (2014); Frontera. Chile (2015). Textos suyos aparecen en —entre otras— las revistas: Puesto de combate, Marabunta, La Caída y en los blogs literarios: Cráneo de Pangea, Digo Palabra y Poetas del siglo XXI. Poemas suyos han sido traducidos al italiano. Es cofundador y codirector de la editorial independiente Ediciones con Tinta Ebria.