Entrevista a Mario Flores* (Salta, Argentina, 1990)

 

 

  • Teniendo en cuenta tu propia experiencia con la poesía, ¿es el discurso del poema realmente un discurso involuntario?

 

No estoy seguro de que nuestra escritura esté compuesta de fenómenos involuntarios. Sería otorgarle demasiado crédito a la causalidad. Considero – según mi propia experiencia, hasta ahora – que el poema es una construcción constante: estamos redactando, corrigiendo y tramando nuevas formas de acuerdo a nuestra propia neurosis todo el tiempo. El discurso que trae el poema vendría a ser como una relectura de lo que somos, de lo que estamos fraguando. A veces resulta y a veces no. El poema también puede ser una medida de esa búsqueda: su contenido, su arco dramático, su forma o su falta de forma son, de alguna manera, voluntarios siempre. A veces es tentador pensar que nosotros no estamos haciendo poesía sino que la poesía nos hace. Pero eso siempre me pareció un slogan para disfrazar la jactancia: el poema se mueve por voluntad, con propósito. Y en su misma conciencia entrama una pulsión misteriosa, pero son aguas del mismo río.

 

  • La poesía – como género, como experiencia fáctica y como voz posible – ha resurgido notablemente en los últimos años. Aún advirtiendo esto, ¿Qué te parece que le sobra o que le falta a la poesía actual, pensándola en comparación con el lugar que ha ocupado en los primeros años del siglo XX?

 

Quizás la poesía no es lo que ha resurgido sino el marco que la sostiene. El soporte en que se encuentra posicionada. Antes había pocos recursos, pocas plataformas, pocos lugares dónde hallar un poco de material diferente. Pero poetas había. Tal vez, pienso, lo que surgió y se potenció fue la industria que acoge a la poesía. Una industria diferente, que para algunos ahora parece estar un poquito superpoblada (o que de a poco va mutando a la industria del libro mainstream que todos conocemos y que, supuestamente, estamos combatiendo). No estoy seguro de qué es lo que sobra: por ahí dicen que hay demasiados poetas, o demasiados sellos independientes, o demasiados ciclos de lectura… Yo creo que lo que sobra son los sellos prepagos, que engañan a los autores, les cobran sumas que luego no pueden pagar y terminamos con un montón de libros pagados, descartables, que no son editados, solamente publicados. Sobran los sellos comerciales que publicitan “oportunidades” y al final sólo son imprentas. Lo que falta (y que ayudaría a evitar lo anterior) es una red mucho más basta entre los núcleos literarios más importantes del país (Buenos Aires, Rosario, Córdoba) con las provincias llamadas del interior. Pero no hablo de una red de poetas (papel que cumplía la Red Federal de Poesía, ahora inactiva con la gestión macrista) sino de una red de eventos, a través de la cual no sólo se facilite información de a quién pagar para ser publicado (donde radican las estafas en nombre de la literatura) sino también cómo evitar esos engaños, dónde ir, dónde acceder a información sobre derechos de autor, dónde conseguir libros de editoriales emergentes, etc. Hay mucha poesía, mucha producción, muchas publicidades de Facebook, pero muy poco alcance federal.

 

  • ¿De qué trata el Proyecto Resonancia y cuál es el alcance que creés que tiene la poesía “escuchada” en nuestros días?

 

Cuando vivís en un pueblito pequeño, como mi ciudad (Tartagal) empezás a valorar mucho las pequeñas facilidades que te permite una app. Algo tan simple como enviar un audio de Whatsapp con un poema leído (propio o ajeno) puede ser una simpática muestra entre amigos, conocidos, contactos. Pero también puede adquirir dimensiones más formales. Resonancia es un proyecto de registros poéticos en la era digital: poetas de todo el país me enviaron audios grabados por ellos mismos, con sus celulares, leyendo poemas propios o de autores que les gustaban. La idea no era realizar una muestra poético-musical donde los poemas fueran impostados por locutores profesionales en un estudio de grabación: buscaba que se escuchara la poesía leída en la más pura cotidianeidad. Móvil sonoro, erratas, audios distorsionados. También muchos lectores que no son autores enviaron sus audios. La idea es que la poesía se transmita por canales no convencionales: el soporte digital, la libre descarga, y al mismo tiempo ‘consumirlo’ en una muestra formal, considero que se trata de una instalación poética que puede ayudar a mutar el modo en que manipulamos la poesía: ya no es solamente dar vuelta la página y luego dejar el libro en la biblioteca o la mesita de luz para que junte polvo. Ahora convivir con la poesía es mucho más fácil, y eso se me antoja como un alcance vivencial más espontáneo y pragmático en la vida real.

 

  • El próximo Festival de Poesía de Buenos Aires te espera… Contanos un poco sobre esta futura experiencia.

 

Planeo realizar una bitácora diaria de mi futura experiencia en el FIP (como suelo hacerlo en cada festival al que tengo la suerte de asistir). En este caso la sorpresa es haber sido seleccionado: se trataba de una convocatoria. Eso implica un jurado, gente que te lee, te analiza (gente experimentada que, la más de las veces, está en un lugar de autoridad para con tu poesía). Le añade una gran emoción: es una dicha ser seleccionado para compartir lo que uno hace en uno de los Festivales de Poesía más importantes del continente (decirlo suena increíble). También está el tema de la edad: ser un poeta menor de cierta cantidad de años es algo que últimamente se ha cuestionado mucho: ¿qué es un poeta joven y qué no lo es? Un poeta joven es una criatura extraña. En este caso me tocará participar a la par de otros poetas muy talentosos: Ezequiel Nacusse, con quien había compartido la Residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven, y María Eugenia Simionato, a quien conocí a través de las redes. Creo que todos podemos dilucidar fácilmente el provecho en esta clase de experiencias: gran festival, gran público, ser más conocido, ser más leído, viajar y disfrutar de las cosas que a uno le gustan, etc. Pero considero también importante lo que hay detrás: qué tomarás para traer de vuelta a tu ciudad, qué se implementará y qué no en tus propias páginas, qué preguntas harás, qué respuestas darás.

 

  • ¿Creés en la poesía (en la escritura en sí misma) como medio de insurrección?

 

Cualquier persona adulta que se sienta a hacer una actividad semejante como escribir, algo le falla (parafraseando a Lamberti). Eso que nos falla, que nos vuelve un poco más distorsionados, es nuestra forma de insurrección. La poesía es un acto político, es un compromiso, y también es un ejercicio de la resistencia. No podemos vernos a nosotros mismos como artefactos burgueses degustando “la buena poesía”, sumidos en la niebla del alto Olimpo y olvidar que la poesía (la poesía de verdad) se construye a golpazos, corrigiendo a carne y hueso. Y más ahora, cuando estamos en medio de tiempos aciagos, es bueno recordar que debemos escribir contra el silenciamiento y la invisibilidad. Eso es de por sí una hermosa rebeldía.

 

  • ¿Qué libro de poesía nadie debería dejar de leer y por qué?

 

Recomiendo enfáticamente Salto del ciervo, una selección de poemas de Sharon Olds traducidos por Patricio Foglia y Natalia Leiderman.

 

 

*Mario Flores (Tartagal, Provincia de Salta, Argentina, 1990). Escritor y editor independiente. Dirigió el proyecto editorial para la difusión de poesía contemporánea y alternativa Cuaderno de Elefantes, desde 2014 a 2017. En noviembre de 2016 representó a la provincia de Salta en la 8º edición del Festival de Poesía Joven, organizado por APOA (Asociación de Poetas Argentinos). En 2017 fue seleccionado en la categoría Literatura de la Residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires. Forma parte del actual 13º Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires. De su autoría: Escala de Richter para la melancolía (2014), Nosotros niños mutantes (2015), Manual de origami (Cuaderno de elefantes, 2015), Introspectiva (Cuaderno de elefantes, 2015), Poesía para pasajeros urbanos con auriculares (Cuaderno de elefantes, 2016), Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017) y Un silencioso modo de arder (Peces de ciudad, 2017).

 

Escrito por Vanesa Almada Noguerón

Vanesa Almada Noguerón nace en la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), en 1980. Tiene estudios en Letras y en Gestión Cultural. Actualmente, reside en Mar del Plata e integra el staff artístico del ciclo “Arte sin Aduanas”. Su labor literaria ha recibido diversos reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional, entre los cuales se cuentan el Premio Poesía de las Américas (2008) y el Latin American Intercultural Alliance (2013). Parte de su trabajo se encuentra disponible en las revistas de creación literaria Desnuca2, La Avispa, SEA Digital (Arg.), Pangea (Ciudad de Salamanca), Ergo (Universitat de València) y El Humo (Querétaro, México), así como también en diversas antologías poéticas de Europa y Latinoamérica: Colectivo Literario Ó (Puerto Rico; Erizo Editorial, 2012), Poetas y Narradores Contemporáneos (Buenos Aires; De los Cuatro Vientos, 2013), FIPA (Mar del Plata; Editorial Martín, 2014), La Juntada-Festival de Poesía Joven Argentina (Buenos Aires; Ediciones La Guillotina, 2015-2016) y Ahora que calienta el corazón (Madrid; Verbum, 2017). Recientemente formó parte del FIPMAD (Festival Internacional de Poesía de Madrid, 2017). De su autoría: Entre los ruidos© (Baldíos en la Lengua, 2015), Quemar el fuego© (Autogestivo, 2017).