(Luis y Carlos están en un café de una gran ciudad. Son amigos que se conocen desde hace años y gustan de no estar de acuerdo para poder discutir)

Luis: Sabes Carlos, mandaré mi hijo al King’s College, el mismo al que fui yo y al que fue mi padre. Así podrá ser una persona sabia y exitosa, como yo. ¿Y tú? ¿A qué escuela mandarás a tu hijo?
Carlos: A ninguna. Mi hijo no quiere ir a la escuela y yo respeto su decisión. No me parece una mala idea que mi hijo se eduque en su casa.
Luis: ¡Pero joder Carlos! ¿Acaso tú estás a favor del famoso homeschooling? ¡Qué horror!
Carlos: No le veo nada de malo, Luis. ¿Qué puede tener de malo ser educado en el hogar? ¿Acaso no fue en su hogar donde tu hijo aprendió a hablar? ¿Por qué no puede aprender también allí matemática e inglés?
Luis: ¡Porque eres muy ignorante, Carlos, por eso! ¿Cómo piensas enseñarle matemáticas cuando apenas sabes sumar?
Carlos: Puedo aprender matemáticas con mi hijo o podemos contratar un tutor. Los adultos también estamos en proceso de aprendizaje y sin embargo no vamos a ninguna escuela.
Luis: Pero la escolarización es mucho más que eso, Carlos. ¿Acaso  ignoras que la educación primaria y secundaria es obligatoria?
Carlos: Eso es una contradicto in adiecto. Nadie puede ser obligado a aprender, Carlos. ¿Acaso aprenderías matemáticas si yo te obligara a estar ocho horas en un lugar que no te gusta?
Luis: …
Carlos: A nosotros, personas adultas, nos parecería ridículo que nos obligaran a estar encerrados cierta cantidad de horas diarias en un trabajo, sin permiso para retirarse, sin percibir un sueldo y con un beneficio dudoso. Sin embargo, encerramos a nuestros hijos en esas instituciones carcelarias llamadas escuelas. ¿No te parece eso una contradicción? Somos máquinas y queremos que nuestros hijos también lo sean.
Luis: Pero los chicos deben estar en las escuelas, es su ámbito de socialización. ¡Joder Carlos, tener que explicarte esto!
Carlos: ¿Acaso el hogar no lo es? ¿Acaso el barrio no lo es? ¿Acaso las amistades no cumplen también esa función? El hombre es un animal social y es muy difícil para él estar en un ámbito que no lo sea. Nosotros acá, en este café, estamos socializando.
Luis: No Carlos, estamos tomando un café. Nosotros ya nos conocemos.
Carlos: Como sea.
Luis: ¿Y qué piensas hacer con la obligatoriedad? ¿Qué piensas decirle a la policía?
Carlos: Lo mismo que te digo a ti, Luis. No me parece ningún delito no mandar a mi hijo a la escuela y si alguien se opone que me explique porqué. Además, yo adhiero a las últimas corrientes pedagógicas. Para mí, un niño debe tener más libertades que la que le otorgaba la escuela tradicional. ¡Y qué mayor libertad que la de elegir si ir a la escuela o no!
Luis: ¿y si el día de mañana tu hijo se arrepiente de no haber ido a la escuela?
Carlos: ¡entonces puede ir! No hay edad límite para la escolarización.
Luis: ¡Pero Carlos! ¡Joder! ¿Cómo crees que funcionaria una sociedad donde todos tomaran la misma decisión que tú? ¡Sería un caos! ¡No encontraría una secretaria para mi escritorio que sepa leer y escribir!
Carlos: Funcionaria del mismo modo que funcionaba antes. ¿Acaso crees que el sistema escolar existió siempre? No. Surgió en el siglo XVIII, es demasiado reciente. ¿Y antes de eso? La sociedad funcionaba perfectamente. Con los mismos problemas y ventajas que la sociedad actual. Hoy en día hay muchas civilizaciones que no cuentan con sistemas de educación y no son mejores o peores que la nuestra.
Luis: ¿Pero acaso no crees que hay cosas que todos tenemos que saber para poder vivir en sociedad?
Carlos: No. Todos tenemos que saber conocimientos básicos para ser esclavos de una fábrica, para poder ser empleados de un comercio, para poder contar con un papel que te permita el ingreso a una universidad.   En una palabra: para cumplir con las exigencias del sistema. Nadie necesita pasar por la escolarización para juntarse a tomar un café, es decir, socializar.
Luis: ¡oh! Debo admitir que es muy cierto lo que dices, Carlos. ¡Ojalá me hubieran enseñado eso en el King’s College!
Carlos: ninguna escuela enseña a pensar, Luis. En la escuela se enseña a repetir lo que dice un profesor. La creatividad, el ingenio y el sentido común esperan afuera de la puerta. La cordura comienza cuando termina la escuela.
Luis: Creo que me estás convenciendo, Carlos. ¡Ojalá hubiera ido al mismo colegio que tú! … pero todavía tengo una duda.
Carlos: ¿Cuál?
Luis: ¿Cómo conseguirá tu hijo el titulo escolar que le permita trabajar o ir a la universidad?
Carlos: Puede rendir las materias para conseguir ese título o directamente para ingresar en la universidad.
Luis: ¿Pero crees que ese título tendrá el mismo valor que los otros?
Carlos: Depende dónde lo compre.
Luis: ¡Jajaja!
Carlos: Pero, hablando en serio, ¿qué valor tiene un título? El valor que la sociedad le otorga. Pero el valor de un papel poco tiene que ver con el conocimiento. Esas dos cosas van por caminos paralelos. ¿O acaso crees que las notas son un reflejo del saber?
Luis: ¡Oh, no Carlos! Yo tengo diez en la mayoría de materias. ¡Ojalá supiera tanto!
Carlos: Ves, el titulo sirve como trámite burocrático pero no certifica nada. Nosotros dos tuvimos buenas notas en biología pero si alguien viniera y nos pidiera que explicáramos qué es la fotosíntesis ¡En qué problema nos metería, Luis!
Luis: ¡oh, muy cierto, Carlos!
Carlos: El título de secundaria es un papel más como la partida de nacimiento o el acta de casamiento. Aunque más útil que el primero y menos peligroso que el segundo.
Luis: ¿Cómo es que eres tan inteligente, Carlos?
Carlos: Pienso cuando voy al baño o cuando no puedo dormir. Con eso basta.
Luis: Creo que comenzaré a hacer lo mismo.
Carlos: ….
Luis: Pero, una última cosa, ¿acaso no crees que la escuela estimula el pensamiento?
Carlos: No, nada de eso. Más bien lo destruye. Las fábricas crean obreros; las colchonerías, colchones; las aulas, alumnos. Cualquier indicio de pensamiento es destruido por la escuela. La intención es asimilar, copiar, reproducir y volver a copiar hasta que uno deje de ser uno y….
Luis: ¡Pero Carlos, yo no quisiera parecerme a ti! ¡Eres feo!
Carlos: … y que no piense por su cuenta. El camino más corto para no pensar es un libro: ya están todas las respuestas ahí. Es una suerte que cuando Newton vio caer esa famosa manzana no hubiera ningún profesor, ni ningún Aristóteles, ni ninguno de esos sabiondos.
Luis: Me has convencido Carlos, pero de todos modos mandaré mi hijo al King´s College. Es una cuestión de tradición familiar, ya sabes.

Escrito por Marcos Andrés Galli

Marcos Andrés Galli (1990) - Argentina Licenciado en Historia del Arte y escritor en los ratos libres. Me gusta el olor a tierra mojada.