Se tiene la idea de que cuando la literatura está demasiado pegada a la vida es menos literatura. Se piensa que a nadie le interesa una historia pequeña, alojada en la vida o en la memoria del escritor, a no ser que este sea ya canónico y, por lo tanto, el interés parta más bien del fetichismo o de la mitomanía.

Antes de leer este último libro de Miguel Ángel Hernández, este El dolor de los demás (Anagrama, 2018) pensé dos cosas: primero me acordé de Sontag y de su conmovedor ensayo Ante el dolor de los demás. Sabiendo además que el autor de esta autonovela es historiador del arte, creí ver enseguida la conexión. En segundo lugar, cuando descubrí de qué iba, me acordé también de otro libro, en este caso el inclasificable Amarillo, de Félix Romeo, donde narra su relación con la muerte y la memoria de uno de sus mejores amigos.

En todo lugar hay una historia y con el tiempo, de manera colectiva, quienes nos dedicamos a la literatura hemos aprendido que las historias no son mejores por más alejadas, sino por más honestas.

De entrada, el pacto autobiográfico está totalmente claro. No solo por la correspondencia nominal y biográfica, sino por el propio paratexto. En este caso, Anagrama -que tiene una larga trayectoria en publicar creaciones autobiográficas en la colección Narrativas hispánicas- por fin deja claro en la contraportada que no es ficción lo que aquí se cuenta.

También las imágenes forman parte de ese pacto. Incluso se pueden rastrear si se tienen a mano los referentes (como muestra la imagen abajo).

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El dolor de los demás cumple todos los requisitos para ser considerada antificción, un término acuñado por el teórico Manuel Alberca que contrapone estas creaciones a las (entre comillas) más prestigiosas autoficciones. No obstante, yo iría más allá. El objeto de mi investigación estos últimos años es la autonovela familiar y es curioso cómo este libro, siendo en realidad sobre amigos de Hernández, es decir, sobre los demás,  y no estrictamente sobre su familia, se ajusta perfectamente a esta categoría.

Para empezar, es un libro sobre las propias dudas que asaltan a cualquier autor o autora al enfrentarse a una historia que aunque les atraviesa, no es del todo suya. Ahí tenemos como ejemplos de metaliteratura a Lolita Bosch, a Ackerley, a Giralt Torrente, a Kureishi, a Philip Roth. Y también, claro, como apunta Hernández en el libro, a De Vigan y a Carrère. Todos los autores citados han publicado eso que he denominado autonovela familiar: una indagación sobre el pasado de alguien de su familia, un “ajuste de cuentas” con la memoria y la búsqueda de una “verdad”, aunque sea inestable, que pueda significarse en la identidad de la persona que escribe.

Es curioso cómo en algunos de esos ejemplos, en los capítulos metaliterarios, los autores reniegan justamente de ese concepto de verdad, porque resulta de todo punto contradictorio que en un planteamiento creativo que es totalmente posmoderno la verdad como metarrelato se siga sosteniendo de alguna manera.

No es el caso de Hernández, que nos plantea una historia impecable (a veces con un sentimentalismo de cierre de capítulo que resulta un tanto exagerado, eso sí) que recorre el pasado de un lugar hermético, silencioso, arraigado en el catolicismo y en sus tentáculos morales y que lo trae a un presente donde la reflexión y la propia construcción subjetiva del autor se ponen el juego. Precisamente por eso me resulta sorprendente lo que Hernández ha conseguido: hacer una autonovela familiar con la historia de su amigo Nicolás y de la hermana de este, Rosi, mientras su propia familia es o bien espectadora o bien personaje secundario de la trama.

Y que no le dé reparo saber que la literatura no es ajena a la vida y que esta tiene consecuencias directas sobre los demás (incluso, como comprobamos, en el mismo proceso de escritura), en el cuerpo (también en el propio, porque sale de sí para buscar) y en la plasticidad de la literatura que, buscando “una verdad constatable”, acaba encontrando una escritura, una pregunta, “algo de vida”.

Con este libro, Hernández consigue decirse y decirnos lo que le falta por contar, pero también ha sido capaz de poner palabras, de provocar, con su propio oficio, una ruptura del silencio de un pueblo traumatizado por el crimen que ocurrió hace 20 años. El silencio, que todo lo enquista, es lo que quizás rompe la literatura autobiográfica. Lo que está haciendo Hernández es elaborar el trauma: darle palabras a lo innombrable. Porque el motor de estas autonovelas no es tanto contar, registrar, narrar, buscar… como comprender.

Escrito por Sara R. Gallardo

Periodista, escritora e investigadora. He publicado dos poemarios en España. También he sido docente en la Universidad Carlos III de Madrid los últimos cuatro años.