(Unos apuntes sobre el silencio y más de una conclusión apresurada)

El silencio es mi consorte, mi idilio y mi palacio plegable.

Algunos días, la verdad.

El silencio es la omisión que precisaba escuchar.

Entre nota y nota o golpe y golpe, la argamasa de la música.

O el silencio convertido en la respuesta más sincera.

Vuelvo al silencio como un borracho al catre.

El silencio refugio de los idiotas, de los cagones, de los culpables.

El silencio matrimonial que crea y cría hijos.

Y vuelvo al silencio para ver morir a los héroes.

O vuelvo al silencio reculando.

A veces tardo días en volver; despierto y soy destructor sin orgullo y sin vergüenza. Muevo todo lo que pueda sonar o solo me dedico a oír la electricidad corriendo por el cablerío de la casa. Porque puedo ser hombre convencido de la jarana, comparsa unipersonal, campana metálica de la puerta de la farmacia, motor de ocho cilindros en V, parlante retumbando los estómagos de unos bailarines bien estimulados.

Y vuelvo al silencio:

El silencio de camposanto.

El silencio incómodo que muestra por dónde no andar, dónde no pisar en la charla.

O ese que calma, como un graznido voraz proferido contra la suciedad de la noche.

El silencio común de agua quieta. El amotinado al centro de la piedra.

Vuelvo en silencio al silencio, como ya respetando.

El silencio enrojecido de la sangre de mis hermanas trabajando, dando a probar perfumes y sangrando por todas las cerámicas y los cristales del shopping un domingo primero de mayo bien soleado.

El respeto.

El silencio de expectante sala llena, desbordándose líquido.

O el de los que leen para adentro.

El silencio atrapado en aquel coche vacío estacionado en el páramo.

O el de sesenta mil doscientos diecinueve insomnes de ciudad, masticando el silencio con los dedos en sus pantallas.

El silencio de una mente: patria linda de la paz.

Un principio de placer, o la simple piedad. Quién sabe.

Ahí va el silencio enlazando a los astros entre sí.

El mismo que vuela en las alas blancas de la lechuza.

El silencio del perro que ladra fuerte, encadenado a kilómetros.

O lo que emana de un ratoncito al morir de viejo.

Otras veces, sí, un espejo perverso de la soledad.

El silencio que como un milagro, incendia de silencio el hierro negro de la parada de Mercedes y Yí.

El silencio que ha logrado mi alfombra en el último mes y el vecino de abajo no reconoce ni agradece.

Lo que eriza a los impíos en las naves de la catedral.

El silencio; terreno baldío donde las luciérnagas.

El silencio tan compinche de la muerte como de la creación inusitada.

No va a salvarnos nada. Mucho menos el silencio. Pero hay lugares que nunca es malo frecuentarlos.

 

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.

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