“La ciudad amanece; arriba tiene cielo, siempre tiene cielo”
Los aeropuertos, Jairo Buitrago

Me pregunto si el título El viaje y lo doméstico (Práxis, Ciudad de México, 2017) del poeta Ángel Vargas podría ser un oxímoron, una paradoja que tiene que ver con el espacio, con lo estático y el desplazamiento. Pienso que iría mejor hablar de antítesis, aunque prefiero pensar en la correspondencia semántica que arroja pensar en viaje justo al lado de algo fijo tan inamovible como lo doméstico. Recuerdo aquel título de una novela de Elena Garro: Los recuerdos del porvenir ¿Será acaso por esa relación intrínseca que hay entre el espacio y el tiempo? El espacio incierto representado a través del movimiento. Hay quienes prefieren viajar siempre. Dormir en una ciudad y despertar en otra. Son seres que no han nacido para crear hábitos. Luego viene el extremo: quienes no salen, quienes se atrincheran en la seguridad de sus muros, quienes se quedan y se mueven poco: los que prefieren comer, dormir, llorar en casa.

El libro que ahora comento se sabe transitorio y al mismo tiempo sus poemas se han asentado, incluso porque se afianzan a sitios concretos, y aún situados son del viaje, son travesías dispuestas por el poeta. Me convence mucho más usar la palabra oxímoron para definirlo.

El primer poema de El viaje y lo doméstico es una oda a los desorientados, aunque las coordenadas sean las de un hospital porteño:

“Cómo ubico en un mapa
el día en que nací,
el hospital en que mi madre dijo
esto es el mundo.
Cómo hallo en el tiempo
una imagen que no existe más
en la memoria,
si la memoria no puede medirse en latitudes.”

Ahora deshilvano mis impresiones y creo que escribir esto funciona un poco como esos cuadernos de viaje en donde uno registra lo que le va pareciendo digno de apuntarse. Leer El viaje y lo doméstico ha sido una grata invitación a recorrer mis pasos a través de los pasos de otro. La poesía germina hermandades también. Va aquí el resultado de mi lectura.

1. Adelante caminantes, viajeros, curiosos

Cada poema contenido en este libro lleva por título las coordenadas de sitios que, como es de suponer, han sido significantes para el autor. El libro entonces funciona como manual, efectivamente, para llevarnos a recorrer algunos puntos del mundo a través de Google Maps.
Los poemas son también anclas que nos hacen permanentes, que nos sujetan a los sitios. Somos seres domésticos quienes escribimos una y otra vez esperando que la escritura afiance nuestra existencia. Recuerdo a Georges Perec ahora, en Especies de espacios apuntó: “El espacio parece estar más domesticado o ser más inofensivo que el tiempo: en todos los sitios encontramos gente que lleva reloj, pero es muy raro encontrar gente que lleve brújula.”

2. Tiempo suave, espacio lento

Como dije antes; no se puede desligar el tiempo del espacio. El tiempo que permea El viaje y lo doméstico es la añoranza, esa suspensión gradual en donde se puede habitar, más todavía; estar a gusto, estar a merced de los recuerdos sin temer.
A decir de mí, preciso viajar, para regresar siempre. No tener un sitio a dónde volver desata mis tensiones. A veces, la casa no es el espacio sino la gente que la habita, como dicta este poema:

“A veces uno viaja para encontrar la casa
o persigue a la madre,
al padre,
a la hermana que supo crecer sola.”

3. Los muros nos han domesticado
Se necesita una casa, se precisa ese espacio. En palabras de Elizabeth Thomas: “Las mujeres todavía no tienen casa”, las casas siempre son lugares para los otros, son espacios que las mujeres deben cuidar, ordenar, decorar, limpiar, siempre para los otros, no son suyas. Lo reitero y lo suscribo acaso porque los terruños son pilares de mis grandes obsesiones. Las mujeres casi nunca logramos tener cuartos ni casas propias, pero un poema de Ángel me consuela:

“Si me ganara un premio millonario
le regalaría
una casa a mi madre
donde quepa ella sola con su poca estatura
y sus cuarenta años de trabajo.
Tendría como ella quiere,
una cocina amplia
y una tina spa de hidromasaje.
No limpiaría los platos
ni tiraría basura de otra gente.”

4. La palabra hogar viene de hoguera
En el centro de las casas se colocaba una chimenea para dar calor a sus habitantes. Pero también hay calor entre los que conviven en una casa y el fuego siempre se apaga. Quedan los hábitos, los objetos o la ropa de esos otros. Las casas son almacenes para atesorar registros de la memoria. Me queda dejar la puerta abierta para que entren a este libro, recorran sus pasillos o emprendan el viaje.

“Ya no le tengo miedo a la memoria,
puedo salir de noche a sus pasillos,
escoger uno o dos recuerdos dolorosos.
y llevarlos conmigo hasta la casa.”

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.