Hay una distancia irreductible entre sujeto y sujeto: un abismo insalvable, discontinuidad, una soledad extrema. Sólo él muere, sólo él vive, sólo él es él. Así lo afirmaba el filósofo Georges Bataille, en su tratado El erotismo, donde queda claro que el erotismo es antes que todo un ejercicio, o un intento de comunicación entre los cuerpos.

Un puente que puede mediar la distancia entre los sujetos es la poesía. Por medio de ella el poeta encuentra un nuevo instrumento de liberación. La poesía se transforma en la instancia que posibilita la estructuración de un lenguaje que es sustentado de manera especial por los cuerpos.

Todo erotismo esta cimentado por el cuerpo.

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Cuerpo y erotismo en El muchacho que vivía en unos bóxers blancos

Tocar, oler e introducir son las acciones primordiales en los 18 poemas, divididos en tres secciones y un poema de largo aliento a manera de prólogo, que el poeta A. E. Quintero (Culiacán, Sinaloa, 1969), trae en una nueva entrega poética titulada El muchacho que vivía en unos bóxers blancos.

El libro está editado en la colección Serie Ex Libris del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), bajo el mando del también poeta Jesús Ramón Ibarra.

Es a través del despliegue del discurso poético que podemos experimentar el erotismo sagrado del que hablaba Bataille. En poemas como Qué eróticos amanecieron los árboles, Escondidos de la luz I y II, Por años,  o Ya vez, hasta lo erótico lo entristezco, Quintero nos muestra una voz poética enmarcada en esa saudade voraz y compleja que anida en la sexualidad entre dos seres.

Por medio de poemas narrativos, y a veces líricos, el cuerpo busca la libertad utilizando una voz poética que evade cualquier tipo de censura. En ella se cobra conciencia de una soberanía erótica, la cual estaba presa, oculta, es por eso que las palabras de Bataille cobran sentido en este libro: “donde hay un cuerpo que no habla, se oculta un corazón que no siente”.

En el libro El muchacho que vivía en unos bóxers blancos, el cuerpo es un completo objeto de deseo, que va en la búsqueda de su propio objeto de deseo. Ya sea el repartidor de la farmacia, el amor de los siete años, o el chico a los diecinueve, el objeto amado y deseado se convierte en remedio para apaciguar la memoria y su nostalgia.

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La poesía es un puente pero también lo es una verga, como menciona la voz poética en el primer poema de libro, el cual prepara al lector para la vorágine de sensaciones e imágenes que van a continuar:

El muchacho no deja de pensar en lamer, oler

meter un dedo, echarle saliva. Y oler hasta que se haga noche.

No deja de sentir que es puente

su verga

bajo el pantalón incendiado de noches largamente imaginadas.

El cuerpo, la añoranza del mismo, son la médula de la poética inserta en este libro. Y es también en él en donde el cuerpo deja de pertenecer; es decir, no forma parte de un ser sino que es objeto de la memoria, el extravío de la nostalgia, la disección vívida que el poeta hace de otros cuerpos, como del suyo:

Mi pene dejó de ser pene

a los 7 años

y fue verga desde entonces,

y desde entonces

ha soñado manos de otros,

saliva caliente

de otros hombres.

Pero, ¿qué sucede cuando el objeto erótico se anula, la saudade colapsa y el poema se evapora al no contar con el otro, objeto del deseo? ¿Qué sucede cuando el erotismo no es respondido y el deseo es un agujero negro que aniquila todo?

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Es aquí donde nace la mística, una experiencia que se da a partir del ‘sacrificio religioso’. Esta experiencia revela la ausencia del objeto, pues prescinde de los medios que no dependen de su voluntad. El otro es elevado a la categoría de un Dios, algo sublime y lejano.

 

Sin embargo, el poeta crea una simbiosis por medio de la evocación del otro, su cuerpo y la erotización del mismo:

Y mi manera de salvarme

siempre

fue mirar al mundo desde mi jaula,

cerrar los ojos

y soñar que otro hombre

de poderes color durazno

-grandes poderes-

era el dueño de la mano que era mi mano.

Los poemas nos revelan la esencia de un ser discontinuo. A través de esa fragmentación se nos revela la disolución del placer, y la muerte, y también nos revela el lado más sórdido de la condición humana; esa parte irracional, que el hombre intenta ocultar a
toda costa, para no horrorizarse de sí mismo.

La prohibición de tocarse a los siete años, en los poemas Escondidos de la luz, se trasgrede en una norma sistematizada al crecer. La voz poética nos revela una tensión entre contrarios: prohibición/transgresión, trabajo/deseo, razón/exceso, hombre/animal.

El hombre económico y racional, que hoy conocemos, se constituye a través del juego paradójico que inaugura una ley que, al mismo tiempo, somete y libera al hombre: la ley crea al hombre, que se separa de la animalidad a través de las prohibiciones, pero el terror que le inspira infringir la norma, lo convierte en esclavo de la prohibición.

El consumismo aprovecha este miedo para dominar al hombre que, sin poder transgredir los límites, se somete a las normas sociales. La vuelta a la animalidad es el único modo que tiene de recuperar, de nuevo, su soberanía perdida; la violencia ilimitada, propia del mundo animal, le permite liberarse de la tiranía del mundo de las cosas.

Ahora los callejones del laberinto, en los que Teseo se pierde, son el camino hacia la interioridad de sí mismo. Teseo ya no desea matar al Minotauro, Teseo es el Minotauro. Y en la oscuridad del laberinto busca ansiosamente su animalidad.

En la evolución de los poemas, y la tensión de la voz poética, ya no existe el objeto del deseo más que en la memoria. Todo deseo ha sido reprimido pero el deseo, la animalidad del orgasmo, tiene que ser liberado y para ello existe una única vía: la masturbación.

Así, el lenguaje comienza a reprimirse. Ya no hay otro en quien depositar las caricias, las manos, el cuerpo. Al nombrar las partes sexuales, el lenguaje se torna más complaciente para las buenas conciencias. Ya no hay vergas, hay penes.

La palabra verga, como la palabra puta o bruja, sólo se articula en el lenguaje de la noche:

(…) el miembro se ha vuelto

una manera de ocupar las tardes,

de vivir las noches

y de esperanzarse.

Y hay que aprender a ocultar la verga

cuando se para,

engañar al mundo.

Y masturbarse

para no volverse loco.

El pene

siempre será verga por la noche.

 

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El muchacho que vivía en unos bóxers blancos,

50 páginas.

Colección de poesía, Serie Ex Libris

Instituto Sinaloense de Cultura

Primera edición, septiembre de 2017

 

 

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del V Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.