Dear father, do with me

as you wish,

for I am your child.

 

I

Los vecinos todavía hablan de eso entre murmullos nerviosos. Algunos lo dejan escapar en ciertas conversaciones de sobremesa y las palabras corretean alrededor de los oyentes como un roedor sobresaltado que al final se da a la fuga. La sra. Deschamps, por ejemplo, es de las que asegura que los gritos que profirió el inquilino del 8-B a veces le causan problemas para dormir. A lo que el sr. Deschamps suele soltar un asmático «jijiji» por encima de su plato, en un intento de aligerar las arruguitas que aparecen en el ceño de su esposa.

La carcajada, que sonaba como si saliera de un chirriador dañado, se mezclaba con el ruido que hacían los cubiertos al chocar con la cerámica y se quedaba flotando sobre los rizos dorados de Cordelia, la hija de los Deschamps, que por lo general tenía los pensamientos puestos en su propia versión de los hechos: solo ella, el inquilino del 8-B y Greta Stein, la conserje, habían visto las enormes peceras de cristal donde las ochenta crías de oruga y ninfas de polilla yacían sin vida.

—Dicen que pudo haber sido un ataque de pájaros, ¿sabes? por las desgarraduras en las alas —comentó la sra. Deschamps por enésima vez.

—Pero, querida, ¿cómo iban a entrar los pájaros en un cuarto cerrado y sin ventanas? —respondió automáticamente el sr. Deschamps.

Ambos se sostenían la mirada, esperando que el otro encontrara la clave del asunto. Hasta que el sr. Deschamps despachaba el tema con algún comentario sobre lo pésimo de las políticas públicas en el país y su mujer se disponía a recoger los restos de la cena.

*

A Cordelia le gustaba dibujar escuchando el Romance para piano y violín, de Dvorak, en el reproductor de sonido.

En esos momentos lucía muy seria —casi mayor— mientras grababa sobre la hoja las impresiones de su último sueño. Jamás ha levantado a sus padres a medianoche para pedirles cobijo luego de una pesadilla. A veces, la sra. Deschamps enciende la luz del pasillo y deja la puerta de su habitación entreabierta, por si acaso, pero la niña protesta y se encierra.

Si lo piensa bien, la “conversación” más larga que ha tenido con su hija fue después del incidente de las polillas:

—Mamá —le había dicho, jalándole la manga del pijama. —¿Qué será de él ahora?

Delante de ellas y el resto del edificio, el inquilino del 8-B lloraba a moco tendido sobre el hombro de la conserje.

—Estará bien  —contestó por instinto la sra. Deschamps. Aquella frase sacaba de apuros a todas las madres frente a cuestionamientos que no sabían desmenuzar ni para sí mismas ni para sus hijos.

—No, no es así —insistió Cordelia. Sus ojos contemplaban al hombre como si adivinaran algo que estaba fuera del entendimiento de los adultos. —Sin sus polillas, ¿cómo soñará ahora?

El sr. Deschamps procuraba calmar las tensiones de su esposa:

—Jijiji, tiene una percepción poco usual del mundo, ¿verdad? Es un espíritu suelto. No es cosa de nosotros atraparlo  —comentó cuando ella le refirió el episodio.

Pero la sra. Deschamps no estaba tranquila. Una noche, esquivando el descanso entre los ronquidos de su marido, llegó a la conclusión de que Cordelia necesitaba un compañero de juegos. Su hija era solvente en la escuela. Las maestras no tenían queja de ella. Sin embargo, habían señalado que la niña era introvertida y solitaria para su edad. ¿Quizás un compañero fijo podría ayudarla a ser más sociable con los demás? ¿Comunicarse mejor?

Fue entonces que se le ocurrió acudir a Catherina Prize.

Tuvo que hacer uso de toda su diplomacia y simpatía para explicarle a la mujer por qué quería que su hijo, apenas un año mayor que Cordelia, pasara las tardes en casa de los Deschamps. Cathy, que desfilaba por el espacio exhibiendo sus atributos de mamá joven y novelista en ciernes, recibió a la sra. Deschamps en medio de la humareda que despedía la boquilla de su cigarro junto con varias varitas de incienso regadas por la sala de su apartamento, el 5-A.

Después de aburrir a la vecina del 7-C con los detalles de su próximo bestseller —«Te lo juro, Evelyn, es lo mejor que he escrito nunca»— y ofrecer incontables margaritas que la sra. Deschamps rechazó de buena gana, Cathy accedió.

Esa era la razón de que Wilhelm Prize interrumpiera la rutina de dibujo de Cordelia aquella tarde de octubre. La niña volvió la vista solo cuando su madre puso en mute a Dvorak. Tenía los labios apretados, inequívoca señal de molestia.

Luego de hacer las presentaciones, la sra. Deschamps esperó un tiempo prudencial a que los niños se dieran la mano. Esto no pasó. Todo lo contrario. Permanecieron estáticos, escudriñándose como si fueran especies que no hubieran coincidido jamás y estuvieran decidiendo si el otro era una amenaza o no. «A lo mejor necesitan privacidad», pensó la sra. Deschamps y se excusó con la idea de hacer limonada.

No tuvo oportunidad de felicitarse por su acción. A solo unos pasos del balcón donde tenía lugar el encuentro de los niños, oyó a su hija decir en tono acusatorio:      

—Fuiste tú el que mató a las mariposas nocturnas.

Zero

La habitación de Wilhelm Prize es lo que cabría esperar para alguien de su edad: muñecos de colección en repisas, historietas dispersas por el suelo, una estantería con viejos DVD, videojuegos y figuras de papel y un par de pósters de The Sandman colgados en las paredes. Además de unos cuantos ejemplares de antologías en las que destacaba el nombre de Catherina Prize. Todos firmados por ella y arrojados sin pena ni gloria por su hijo en una gaveta de su escritorio al lado de la ventana.

Si había algo fuera de lugar, no estaba a la vista. Y es que nadie suele mirar el fondo de un armario ropero cuando está de visita en casa ajena. De hacerlo, el de Will seguramente los incomodaría: la superficie de madera estaba cubierta de líneas irregulares, de la clase que dejan las uñas cuando se encajan en algo con desesperación. El oculto y doloroso hábito del niño pasaba desapercibido para Cathy Prize, quien tenía a su hijo por un fanático del cortauñas.

La realidad era mucho más simple pero no por ello menos dura de digerir. Se trataba de lo que Will denominaba “los espasmos”. Los espasmos podían suceder a cualquier hora del día pero tenían especial repercusión en la noche. Empezaban justo en la boca del estómago, con un cosquilleo que recordaba al movimiento de una larva emergiendo de una masa descompuesta. Luego subían y se ensanchaban, convirtiéndose en una bilis emplumada que se atascaba en la faringe. Esa era la parte en la que Wilhelm se llevaba las manos a la boca y presionaba, presionaba con tanta fuerza que hasta encogía los dedos de los pies. Se había aflojado un par de dientes en el proceso, cuyo desenlace jamás variaba: el pequeño estornino negro, mojado en los fluidos del niño, emergía triunfal después de desgarrarle las encías con el pico y extendía sus alas hacia la salida del armario ropero. Los diminutos ojos, brillantes como las luces de neón, dejaban una estela fugaz en la oscuridad antes de desvanecerse en el aire.

Su primer y único vuelo respondía a una necesidad elemental: alimentarse.

III

Los días en que Cathy despertaba metida en el papel de la madre atenta eran los peores.

—Te traje otra historieta, Will. Y voy a prepararte buñuelos para el desayuno, ¿te parece? Hoy no tengo que ir a la editorial —usualmente, la falta de Catherina al trabajo solo significaba una cosa: estaba corta de inspiración —…podemos hacer lo que quieras y en el camino me cuentas uno de tus sueños ¿sí? hace mucho que no hablamos de ellos. ¿Has tenido pesadillas? No, no es que sea bueno que las tengas, mi vida, pero ya sabes que hay unas imágenes buenísimas en esa cabecita tuya —en ese punto tenía lista la libreta de notas y el bolígrafo —entonces, ¿algo que reportar? ¿alguna cosa que te haya asustado, mi cielo?

A veces quisiera que Cathy pudiera ver a través de él tan claramente como lo había hecho Cordelia Deschamps al primer intento.

IV

Los trazos empezaron a cobrar forma. Era el dibujo grotesco de un pájaro negro inclinado sobre un monigote. El pico del ave estaba abierto y de él brotaba un haz de luz dorada que se introducía en la oreja de la figura durmiente. Cordelia deslizaba el creyón con vehemencia, como si estuviera aplicando RCP a un ahogado. Wilhelm notó que un niño con la cara sucia observaba desde la ventana los golfeados que reposaban en la mesa del local, hasta que una mujer joven, su madre, quizá, le propinaba un empujón para obligarlo a caminar y unirse a la caravana de transeúntes que poblaba el bulevar del centro.

—A los malos sueños hay que quemarlos —comentó Cordelia.

Ella siempre era la primera en romper el silencio.

—Tienes más ojeras que la última vez —prosiguió, aunque no lo estaba viendo. Había terminado su obra y ahora procedía a doblar la hoja en pliegos.

Will sintió un ligero espasmo y, angustiado, engulló de golpe varios bocados de su golfeado.

—Escuché a mi mamá hablando con Greta, decían que Octavio —el vecino del 8-B— padece insomnio crónico y tendrá que recibir terapia. —dio un respingo— Es lo que pasa cuando somos descuidados con nuestros sueños. Toma —le extendió el rectángulo de papel.

Will lo recibió, confuso.

—Te veo más tarde en el depósito del edificio.

Aquel sería su quinto encuentro.

V

Cordelia encendió un fósforo y se lo entregó a Will. Él lo acercó al papel. Admiró cómo la hoja se retorcía y se iba encogiendo sobre sí misma, lamida por las llamas. También, bajo, furioso, profundo, percibió el silbido de estorninos en su interior. Y tuvo miedo.

—No están contentos.

—Suelta eso, te vas a ensuciar las manos —replicó ella, refiriéndose a la hoja quemada.

—Te ves muy tranquila.

—No me asustan tus pájaros. Los quemaré a todos si se me acercan.

—¿Y si se te acaban las hojas o los creyones? —aventuró él.

—Es poco probable. Mi papá es dueño de una papelería.

—¿Y si hay problemas con las distribuidoras?

—Puedo usar hojas secas o servilletas. Mira —interrumpió ella, meneando los rizos sobre los hombros y sacando de su bolso un CD de Pink Martini— He querido volver a escuchar este disco desde hace mucho pero no entiendo las estrofas de la canción que me interesa y eso me fastidia. Mi mamá dice que la tuya habla francés, ¿es verdad?

—Sí.

—¿Y tú hablas francés?

—Más o menos. Entiendo mejor el inglés.

—Inglés yo también sé y no me gusta. Todo es di-di-di di flowers, di pencils di boy, di girl. Prefiero el francés donde la gente pronuncia déjeuner y se siente una cosquillita en la lengua.

—Bueno.

—Si me ayudas a traducir la canción, te enseñaré mi portal de sueños. Puse uno nuevo allí esta tarde para el niño del café. En ese sueño su mamá no va a empujarlo antes de conseguir su dulce.

*

Will duerme en su cama —no ha tenido que recurrir al armario ropero—. Cathy Prize se revuelve cada tanto entre las sábanas, pero también duerme.

En el apartamento 7-C se escuchan ronquidos (el sr. Deschamps) y algunas respiraciones entrecortadas por la sinusitis (la sra. Deschamps).

Cordelia está en la sala, echada de medio lado en el sofá. Sintoniza un documental sobre “la danza de los estorninos” en la televisión. Cientos de ejemplares de esta especie llenaban los cielos de Inglaterra en época de apareamiento. Las capturas hechas por la cámara se asemejaban a uno de los cuadros puntillistas de Monet. Bonito de verdad. ¿Cómo podían esas aves causarle tanto daño a los sueños?

Pensó en Octavio. ¿De qué manera podría ayudarlo? Una mente tan frágil debía tratarse con cuidado. Pensó largo y tendido. Apagó la TV y enfiló hacia su cuarto. Una vez dentro, agarró la caja de creyones que estaba en la mesita de noche y sacó los colores claros, poniendo como principal el azul. El azul era para la protección.

Acto seguido, se dirigió hacia el mueble de madera tallada —similar a un sagrario— que se ubicaba en el extremo sur del dormitorio. Detrás de la puerta de doble hoja olía a laurel. En el fondo del mueble estaban pegadas varias ramitas de la especia junto con miles de dibujos. Todos constituían lo que Cordelia llamaba “el portal de sueños”, ahí se concentraban los buenos pensamientos de los niños del mundo. Había garabatos, borrones, estructuras básicas de palillos y demás, pintarrajeados en tonos pasteles. Necesitaba hacer un espacio para Octavio…

La voz a sus espaldas la sobresaltó:

—No puedo dormir.

Cordelia giró despacio. Se orientó por el sonido de aquella voz carrasposa y lastimera, que provenía de un ángulo en penumbras. Encendió la linterna que solía esconder bajo la almohada en caso de apagones —tan frecuentes en esa zona de la ciudad— y apuntó a la distancia. Era Octavio.

Estaba muy delgado, las piernas parecían dos cerillas cobijadas por la bata de hospital que llevaba puesta. En la calva y la barbilla, vellos incipientes formaban una mancha, y tenía bolsas bajo los párpados, tan pronunciadas y tristes como las de un gran danés.

—¿Cómo entró? —preguntó Cordelia, infundiendole a su tono el valor que le fallaba en las manos.

—No puedo dormir. No puedo ver a mis hijas, quiero verlas otra vez pero no logro dormir.

La niña hizo ademán de llamar a su madre pero el grito no se produjo. Lo intentó de nuevo, n-a-d-a, ningún sonido.

Octavio avanzó, lento, hacia ella. Se deslizaba como si le faltaran los pies. Como si flotara. Alzó los brazos en su dirección. Cordelia sintió pánico y fue aún más consciente de que su cuerpo había dejado de responderle: no pudo correr.

—Quiero volver a dormir —insistió él y su mandíbula se desencajó conforme se aproximaba.

Cada vez más y más y más.

Hacía tanto frío.

Entonces, cuando estaba a solo centímetros de ella, del interior de su boca brotó una bandada de polillas grises que lo envolvió hasta hacerlo desaparecer.

Cordelia despertó gritando en el sofá.   

VI

El vecino del 8-B no regresaría al edificio.

La sra. Deschamps conversaba el asunto con su marido en la cocina y si bien ambos se esforzaban por emitir sus opiniones por lo bajo, el eco llegaba al cuarto de Cordelia.

—Cierra la puerta —le pidió a Will.

Wilhelm acató la orden.

—A veces me gustaría que la señora Greta no fuera tan morbosa para compartir detalles… —refunfuñó.

Estaba sentada en el borde de su cama, de espaldas a él y con la vista fija en un mueble de forma romboide que estaba abierto de par en par.

—He estado decidiendo si culparte o no por esto —siguió ella.

—¿Culparme de qué? —contestó.

Por fin pudo ver lo que se guardaba en la estructura: un montón de hojas calcinadas. En el fondo, la madera se había chamuscado en algunas partes.

—Amaneció así, no tuve nada que ver en ello —sostuvo Cordelia ante su expresión interrogante. —Tantos sueños buenos… perdidos…

—Pero… ¿cómo es posible?

Ella apretó los labios. —Anoche tuve la primera pesadilla de mi vida. He caído en desgracia —dijo, formando unas comillas en el aire con los dedos respecto a la última frase.

—No lo entiendo —Will se sentó junto a ella.

—No importa. El punto es que ya no podré ayudarte con tus aves. Estamos solos con la oscuridad, Will. Nosotros y los otros niños.  

Escucharla pronunciar su nombre agitó a los estorninos, que retrocedieron hacia lo más hondo. Sus cantos sonaban demasiado lejanos como para provocar espasmos.

Permanecieron en silencio unos minutos, cada uno sumido en sus cavilaciones. La niña dejaba escapar suspiros de vez en cuando. Wilhelm no sabía qué palabras servirían en esa situación así que le mostró su apoyo de otro modo: rozó su mano con suavidad y luego rodeó el dorso con un apretón. Cordelia no lo rechazó.

—Si no hay luz, podemos llenar la oscuridad con música —dijo de pronto.

Había divisado el disco de Pink Martini en una repisa.

—Ya sabes cuál poner —respondió Cordelia, con un amago de sonrisa.

Encendieron el minicomponente que estaba en la habitación y Will introdujo el CD.

 

Ma chambre a la forme d’une cage

Le soleil passe son bras par la fenêtre

Les chasseurs à ma porte

Comme les p’tits soldats

Qui veulent me prendre

Je ne veux pas travailler

Je ne veux pas déjeuner

Je veux seulement l’oublier

Et puis je fume

Déjà j’ai connu le parfum de l’amour

Un million de roses n’embaumerait pas autant

Maintenant une seule fleur dans mes entourages

Me rend malade

Je ne veux pas travailler

Je ne veux pas déjeuner

Je veux seulement l’oublier

Et puis je fume


 

Este relato forma parte de la serie: Los cuentos del Nox.

Escrito por Natasha Rangel

(Caracas, Venezuela, 1994). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Correctora de Estilo en @cronicauno. Colaboradora en la revista «Liberoamérica». Ha publicado en los portales «Qué Leer», «Digo.palabra.txt» y «Revista Philos». Administra el blog personal «Coyote de ventanas». Un pensamiento retorcido de la infancia de Freud. Escribe porque es más barato que ir al terapeuta. No toma café.