«Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón». El epígrafe de Quiroga que abre Bitácora de Gladys González. Un epígrafe es tal vez un mundo al interior del mundo que es el libro que se dirige al mundo. Al mundo de la lectura, al mundo del corazón. Romper un corazón para ver qué contiene; la imagen colinda con la escena de un relojero y también con la de un niño. El relojero es el experto, el niño quien juega. Entre la experticia y el juego es posible morir. El corazón de quién habrá de ser derrumbado. De otro: la crueldad. El propio: la angustia. Qué se busca cuando se rompe un corazón, o el propio corazón incluso, aun cuando aquello conduzca a la muerte. Cómo hacer un trueque entre el corazón y la muerte o qué muerte somos capaces de testimoniar. Sabiendo que la primera imposibilidad es ser testigo de la propia muerte, el poema, sin embargo, se aproxima a ella; se protege de ella y se acerca en una sola vez, como la mano ante el fuego. En el extremo de la muerte está la vida –tocándose apenas–, que es el pálpito del corazón, su repetición que no cesa mientras la vida acontece. Y no obstante: apagar el corazón cuando vivir es suficiente y demasiado. El corazón que también, me gusta pensar, aloja el ritmo de la memoria. Como apunta Derrida en «¿Qué es poesía?»: aprender de memoria en francés se dice «apprendre par coueur»; en inglés «to learn by heart»: aprender por el corazón. Memoria, entonces: corazón, pálpito vivo donde habita la experiencia, que es otro modo de decir viaje, otra manera nombrar el llamado a escribir.

«Bitácora», esa mera palabra que ahora titula, también es, como el epígrafe, una indicación. Un cuaderno, un registro, una manera de conservar la experiencia mediante la letra. Una bitácora, contemplar llevar una, signa también una exigencia: allí donde el olvido podría lastrar, resistir escribiendo. Entonces, qué acontece cuando se rompe un corazón. Cuando, como los niños que rompen sus juguetes para ver de qué están compuestos, alguien decide abrir un corazón. Si aprendemos de memoria mediante el corazón, si el dictado de la poesía lo dicta el corazón, desabrochar sus fibras podría ser hallar en él lo que atesora del recuerdo. Y en Gladys González, lo sabemos, esa memoria aloja lo singular de la experiencia, ese espacio en que la literatura es exposición, excritura. Una bitácora, en tanto exigencia, significa también dar cuenta de ese momento en que las cosas y el mundo nos tiran de la ropa cuando no escribimos para que escribamos. Ese momento en que el lenguaje se nos aproxima para que nos consagremos al lenguaje. Al poema.

Pensemos en dónde se sumerge esta bitácora o la exigencia del registro. Qué demanda esta escritura. Pareciera que al auscultar la vida con la letra también calamos en la muerte. Aquí, entonces, el paisaje que se nos extiende en la página: la urbe, habitaciones tristes, hoteles, bares, la calle. Y los personajes que rondan la desolación de aquellos paisajes rotos. El ojo en Gladys, quizá más que en cualquier otro de sus libros, toma la palabra. El ojo que atrapa la tristeza de un espacio que, aunque no siempre es cerrado, se cierra en su opacidad y asfixia. Ese ojo que parece estar a solas, un ojo solitario que convoca su soledad para escribir acerca de la soledad –la única / compañía cierta [escribe Gladys] / son los pequeños mosquitos / que nacen / del reino podrido / autosuficiente / y perfecto / del frutero»–. Personajes mustios, escenas oscuras, objetos que parecen de otro tiempo pues nadie los consuela. El mundo de las cosas, de los sujetos y de lo habitable yacen a la manera de animales embalsamados, fríos y endurecidos, como si aguardaran el momento en que el ojo aparece y le indica a la mano escribir. Desde este acercamiento a la oscuridad –la propia y la ajena–, la poesía de Gladys González se dispone a enumerar, a ratos al modo de una bitácora pura, como si el mundo se le viniera encima, el mundo en su total oscuridad, pero también el mundo en su potencialidad de ser olvidado, devastado por su propia insignificancia. Desde este hilo, se podría pensar que en Bitácora mora una especie de obsesión por el instante, por capturarlo y dejar testimonio de él, como si este ojo que padece mirando el mundo fuera una cámara instantánea: «[O]tro instante perdido / que envejece / junto a ti // recordar / en el segundo / las aventuras / los deseos  / y las personas / que mueren  / por su mano / una cuerda / un cuchillo / o la quemadura / del tiempo», escribe Gladys. Qué será el tiempo, se podría pensar, sino una acumulación de instantes que se suceden y que, en la medida en que van dejándose atrás, desfallecen. Otro instante perdido, escribe; el peso del pesado paso del tiempo se hace paso. O bien, la quemadura del tiempo. El tiempo que arde en su velocidad, el tiempo que extraña vez se nos presenta como presente y que este ojo, y que esta mano, intentan detener al aprisionarlo con las palabras. Al enumerarlo, al describirlo con la mayor transparencia posible.

Y, a pesar de su transparencia, de la nitidez que caracteriza a la poesía de Gladys González, sabemos que la mirada permanece en una posición; que para que el ojo mire es necesario un encuadre: «[D]etener la mirada / y ver / por la ventana / del bus / una brizna de hierba / creciendo / en una canaleta blanca / de plástico // fijar esa imagen / y sentirse dichoso», escribe Gladys en el poema titulado «Encuadre». Estos versos obran como entrada para comprender el ejercicio del cual pende este libro. Se trata de ser un observador, un testigo que afina el ojo y encuadra lo que del mundo quiebra al mundo como espacio –deseable o potencialmente– habitable. Ante esa potencialidad, el ojo, y la mano, dicen no. No es posible habitar el mundo allí donde sus imágenes nos tumban, nos talan; allí donde la experiencia del mundo ocurre como herida. Así, el registro –este registro– se consagra a la tarea de consignar –y encuadrar– lo que le hace sombra al mundo y que nos deja en la penumbra y sus ruinas. Y, sin embargo, fijar esa imagen y sentirse dichoso. Qué será lo que en esta fijación hace emerger la dicha. Se pensaría que la escritura. Pero a quién salva la escritura, al que escribe o a quien es escrito. Al ojo que registra o a quienes son registrados, es decir, expulsados parcialmente del anonimato de la penumbra y, al fin, nombrados. «[E]l estado / de la pérdida / de sentido / y la desprotección // el llanto imparable / la exquisita locura / la completa / falta de amor // este refugio / fue construido / pieza por pieza / para ser invadido / sin indulgencia / ni disimulo / por el relámpago // por la propia / lapidación // en este regazo / solo se vive / para escribir». Si los demás, todo otro que ronda en este libro, nos parecen insalvables o insalvados, a instantes el ojo que mira pareciera salvarse mediante la escritura. Resguardarse en ella, como el niño que abre el corazón para ver qué tiene adentro y que luego se aferra a su cuaderno –a su bitácora–, como el único bien que posee para dar cuenta de sus hallazgos. Que se aferra a la página, falto de todo amor, desprotegido y triste. Y que encuentra en la escritura un lugar en el cual depositarse.

No obstante, y quizá acá es cuando ocurre la desmesura, expuestos todo el libro al registro, a la enumeración de escenas e instantes, el final de Bitácora nos quita el piso de golpe: «[E]l tiempo detenido / la disciplina de olvidar // negar / dejar atrás // no invocar como estado / ni la vigilia / ni la abstinencia / jamás». Ya no hay dicha ni placer, tampoco memoria. Disciplinado el ojo, así, a olvidar, negar y dejar atrás, se clausura. Se acaba el registro, la bitácora, justo en el instante en que estalla un radical jamás. Una negativa ante la lucidez, ante la vigilia de la vista. Y tal vez como alguien con quien cruzamos una breve mirada en un aeropuerto de paso, o en un bar, o en un pasillo de un hotel oscuro, o en una calle mientras amanece, la mano que articulaba la escritura se nos pierde entre la gente y desaparece para no volver. Jamás.

 

Por Julieta Marchant

 

* Foto de Antonio Rioseco

Escrito por Julieta Marchant

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía, con mención en Estética y Teoría del Arte. Es codirectora del sello Cuadro de Tiza Ediciones (www.cuadrodetiza.cl) y codirige J&P Editoras, que ofrece servicios editoriales (www.jypeditoras.com). Ha publicado los libros de poesía «Urdimbre» (Ediciones Inubicalistas, 2009), «El nacimiento de la hebra» (Edicola Ediciones, 2015) y «Reclamar el derecho a decirlo todo» (Libros del Pez Espiral, 2017). Y las plaquettes «Té de jazmín» (Marea Baja Ediciones, 2010) y «Habla el oído» (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017).