Antes de que se cumplan tres meses de embarazo, durante una ecografía de control, la  médica ecografista informa a la pareja que el embrión se ve demasiado pequeño para estar en la semana número doce de gestación. La mujer embarazada está acostada en la camilla, con el compañero de un lado y la médica y su instrumental del otro. La médica pregunta si ella se golpeó. La pareja responde que no. La médica dice que no hay latidos, que se interrumpió el crecimiento, y golpea suavemente el útero para que vean por la pantallita cómo un diminuto humanoide, que en realidad mide milímetros pero en la pantalla se ve grande, no responde al estímulo. Se produjo un aborto espontáneo. La mujer tiene poco más de treinta años, era su primer embarazo, era un embarazo deseado por ella y por su compañero y celebrado por amigos y parientes. Todo el mundo les dice que no se preocupen, que esas pérdidas prematuras son muy habituales, que sólo tienen que intentarlo de nuevo.

Eso hacen y un año después, la pérdida se repite. Una médica algo desequilibrada en una guardia llama a la mujer abortista recurrente como para darse autoridad; es que por algún mal procedimiento de algún médico o médica de la cadena de montaje que es una clínica, les informaron que no había más restos en el útero, cuando en realidad sí los había, y la pareja pregunta si se trata de un caso de mala praxis. Lógico: al oír ese término endemoniado, la médica trata de cerrar filas apretándose contra los suyos, y para eso la nombra así: abortista recurrente. Sobre todo cuando se le rechaza eso de Tranquilizate, estoy para ayudarte, que repite algo temblorosa mientras trata de hacer desaparecer la ecografía que tiene impreso el error de su colega, y la paciente le recuerda que el estudio le pertenece y que no puede llevárselo a ninguna parte. Finalmente, y a pesar de las intervenciones de médicos y farmacéuticos (que escamotean el misoprostol aún en este caso), el útero de la mujer de poco más de treinta años se normaliza solo. Así por lo menos se lo dice la última médica ecografista, con una sonrisa lastimosa: Ya estás normal.

Y normal quiere decir que el útero no tiene restos, que no tiene embrión ni feto, quiere decir que no habrá hijo. Normal quiere decir en posesión de ese vacío paradójicamente estéril que el útero preserva para desarrollar allí un organismo humano, siguiendo las instrucciones de un ADN único en el universo, producto de la combinación aleatoria de dos células que provienen de organismos distintos, a la vez producto de la combinación de los azares que llevaron a que esas dos células se combinen en las trompas de falopio de alguien, producto del andábamos sin buscarnos pero andábamos para encontrarnos que repetíamos emocionadas cuando éramos casi niñas, cuando ni se nos ocurría a nosotras, casiniñas de clase media, pensar en ecografías, embriones, fetos, bebés.

O creíamos que ni se nos ocurría. Quizás la idea del hijo nos corroía ya desde el principio, una idea moldeada en plástico o cosida en trapo con forma de muñeca: nos socorría en las decisiones que íbamos tomando y nos corroía también, porque si ser una mujer es ser una madre, entonces hay que esforzarse desde casi niña, qué digo: desde niña, para que ese destino llegue a poner su cereza en la torta. Esto no lo pensó la mujer de este libro hasta que no perdió sus dos embarazos. Creía que sí, que lo había pensado. Pero nada que ver. La cruda realidad es que las muñecas en la infancia pueden ser más poderosas que los libros en la juventud.

Decir que se alegró de la oportunidad de pensarlo sería equivocar las cosas. No se alegró para nada. Pero sí reconoció que era una chance de quizás sembrar alegrías futuras. Al mismo ritmo que a su alrededor las treinteañeras que también habían sido casiniñas de clase media florecían en hijos a una velocidad imprevista (contó veinte en dos años y medio), empezó a explorar el otro misterio, uno que no es ni el de la vida ni el de la muerte: el de desembarazarse.
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En El Pequeño Larousse Ilustrado (2005), DESEMBARAZO se define así: s. m. Desenvoltura, decisión. No sé si existirá otro caso lexical como éste, donde falla la previsión morfológica (el prefijo des- niega lo que viene a continuación) porque de EMBARAZO el diccionario dice lo siguiente: s. m. Estado de la mujer encinta, desde la fecundación hasta el parto. ¿Qué pasa si combinamos los dos significados, el del Larousse y el previsible? Emerge la posibilidad de que no estar embarazada sea una decisión. Una decisión posible, al menos. Entre otras, por supuesto, que por eso es una decisión. Pero hay algo más, porque la palabra tiene también un matiz de proceso, de algo que una se saca de encima. De hecho, para DESEMBARAZAR, el diccionario reserva otra sorpresa: v. tr. y prnl. Dejar a una persona o una cosa libre de obstáculos o impedimentos.

Está bien. Me gusta que desembarazarse no signifique lo mismo que abortar, porque una puede abortar y no desembarazarse. Es más, si una se atiene a la definición de embarazo del diccionario, una mujer que aborta sigue estando embarazada, ya que el Larousse dice claramente que embarazo es el estado que va desde la fecundación hasta el parto, y en la mayoría de los abortos, parto no hubo. A lo mejor podemos pensar que el aborto es una cuestión de los cuerpos, mientras que el desembarazo tiene un plus. Me gusta que lo definan como decisión: una palabra tremenda, un concepto atronador, psicológicamente vertebral, políticamente también. Y quizás más me gusta lo de desenvoltura. No sólo porque desenvolverse es desempeñarse con eficacia, no sólo porque también significa soltura, otra hermosa palabra (y también políticamente potente) para caracterizar a una mujer, sino también porque lo que se desenvuelve puede ser un regalo. Un regalo que una se hace a sí misma.

No se trata de consolarse por una pérdida. Ni siquiera se trata de consolarse por una falta. Porque la falta, queridos amigos, es constitutiva. No hay logro, premio, porotito, hijo doctor, hija a su vez madre, ni nada de nada que lo rellene. El útero vacío, paradójicamente fértil por ser estéril, paradójicamente estéril para ser fértil, es una buena metáfora del otro vacío, el que nos constituye. Nuestra íntima caja de Pandora. Un mensaje escrito en una lengua que nunca vamos a poder leer. Lo que desconocemos de nosotr*s mism*s, nuestro futuro, nuestro secreto, nuestra gracia. Lo inagotable, el abismo, la puertita que no podemos abrir, la que nos llevaría del otro lado del espejo, la que visitamos en los sueños cuando tenemos suerte. Donde pica y nunca llegamos a rascarnos. El regalo que se desenvuelve es, de nuevo paradójicamente, la potencia del propio vacío.

Una imagen me acompaña desde hace años: la de mi abuela que se murió azarosamente sola en el hospital. Cada vez me apena menos, porque voy comprendiendo que ella no estaba sola, o sí lo estaba, pero sola puede significar otra cosa: estaba consigo misma, con el montoncito de nada que cada una y cada uno lleva consigo. Tengo la sospecha de que, probablemente, tampoco alcance con parir para desembarazarse.
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Volviendo a la mujer del principio: este libro presenta una serie de textos que ella escribió a los pocos días de perder su segundo embarazo, en el proceso no traumático pero sí un poco arduo de terminar de abortar. Descubrió que la escritura podía acompañarla, podía ser el plano de inmanencia donde inscribir una experiencia que amenazaba con difuminarse y difuminarla, y se sirvió de ella. Descubrió también que para que la experiencia no se derrame y se pierda, hay que hacer un gesto que sólo se puede hacer por medio de una decisión. A ese gesto le llamó composición. Componer no es registrar. Componer es disponer de unos materiales y darles una forma, unos contornos, unos límites que siempre son arbitrarios. Escuchando Thirteen harmonies de John Cage, y también bromeando con su compañero sobre un concierto de Meredith Monk, descubrió que incluso el silencio es una composición. El silencio no es un punto cero sino algo que se ensambla y se arma, se produce, se compone. No es un punto de partida que viene dado, sino un punto de llegada que hay que fabricar, y que como cualquier punto de llegada es también un tránsito hacia otra cosa: un pasaje. De todas estas cosas se trata este libro.

 

En DESEMBARAZARSE. Composiciones sobre el vacío. Buenos Aires, 2017.

 

Foto: Las tacitas de Mari, de Patricia Díaz.

Escrito por Sol Fantin

Sol Fantin (Buenos Aires, 1982). Soy escritora y docente. Publiqué los libros Un meteorito puede acabar con el planeta esta misma noche (2011), Decime que soy linda (2012), Desembarazarse. Composiciones sobre el vacío (2017), ÁNIMAL PRINT. Geografía de la metrópolis (2017) y NORMALIDAD (2018). Participé en Slams de Poesía Oral en Buenos Aires, Madrid y Barcelona. También publiqué artículos sobre literatura en revistas y libros. Trabajé como profesora de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, trabajo como maestra de primer grado de la escuela primaria pública en Buenos Aires. También dicto talleres de lectura y escritura literarias para jóvenes y adultxs.