Caminaban en la noche oscura y lluviosa sin saber a dónde iban, pero eso no importaba. Tampoco parecía importar que ignoraran el propósito de dicha expedición nocturna, la cual parecía extenderse y doblegarse de maneras inesperadas en un tiempo indefinido . Todas aquellas preguntas serían inútiles, porque lo mismo daba dirigirse al almacén de la esquina donde vendían esas facturas tan ricas que al extremo más inhóspito del globo: lo único que de verdad importaba era mantener la moción constante de un pie detrás del otro, un pie detrás del otro, un pie detrás del otro.

Hacía tanto que venían así, derechito y sin parar, que la mera sugerencia de una realidad en donde no caminaran constante e indeterminadamente les aparecía casi un sinsentido. Ya no recordaban un tiempo en que hubiera sido de otra manera, y, si bien en ocasiones tenían vagos recuerdos de una época en donde dormían en camas separadas y desayunaban tomando café con leche, estas eran tan esporádicas y las memorias tan diluidas que adquirían un tinte onírico, y así se convencían de que no, de que eso no puede ser, de que «querida, tuve ese sueño raro otra vez» («¿de nuevo? No te enredés más en esas cosas, ya te lo dije mil veces»), y sigue lloviendo y un pie detrás de otro, un pie detrás de otro, un pie detrás de otro.

En realidad, tampoco estaba tan mal: había algo de comodidad camuflada en ese automatismo de carácter casi dogmático que dominaba sus vidas. Era, de hecho, un sistema bastante efectivo en donde un accionar se fusionaba con el siguiente de una forma muy natural y fluida. Hasta habían logrado sincronizar un recorrido que les permitía mantener un ritmo de movimiento constante y así poder cumplir con los quehaceres cotidianos sin estos se vieran alterados por su condición de peatones eternos (un pie detrás de otro, un pie detrás de otro, un pi…«che querido, yo también sueño lo mismo todas las noches»).

Y así, en realidad, no había posibilidad de queja. No porque faltaran motivos, ni mucho menos, sino porque la mecanización era tal que tampoco eran capaces de identificar ningún tipo de problema. Porque no había problema, ¿no es cierto, querido? Me gusta que las gotas resbalen por mi campera. Pero los sueños. Pero no. Basta, no hay posibilidad de queja, dije. ¿Estás seguro? Porque ayer me acordé de las siestas que dormía al sol con mi perro cuando era chica, ¿y si pasó en serio? ¿Vos decís? Para mí también, che. Pero no digas pavadas, cómo vamos a parar, eso no se puede. No, nunca lo intenté pero sé que es así. Porque sí, porque lo sé. Sí, es así. Estoy seguro, y dejemos de discutir que no puedo escuchar la lluvia.  Un pie detrás de otro, un pie detrás de otro, un pie detrás de otro.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.