Editorial Conejos es un espacio literario integrado por escritores argentinos que busca ampliar el panorama narrativo contemporáneo. Hace unos cuantos años atrás la proliferación de sellos independientes tanto en Chile como en Argentina ofrecía a las nuevas voces un lugar más accesible para comenzar a publicar. Si bien esta multiplicidad de sellos se fue haciendo de los espacios en eventos y ferias, el gran problema radicaba en que –a falta de una industria más consolidada, principalmente en el ámbito económico– su limitada circulación y difusión se circunscribía mayoritariamente a los territorios nacionales. Sin embargo, hace ya un par de años, y producto del contacto y el encuentro personal en distintas ferias latinoamericanas en las que coincidían, se fueron forjando alianzas que, poco a poco, han ido permitiendo el intercambio y la difusión internacional de las nuevas voces de la literatura independiente.
Uno de los últimos escritores en traspasar los límites de la cordillera es el chileno Eduardo Plaza (La Serena, 1982) quien en 2016 debutó con el libro de cuentos Hienas bajo el sello editorial Librosdementira. Hoy los lectores trasandinos pueden acceder a los relatos de Plaza gracias a la gestión del sello chileno y su par Editorial Conejos, siendo incluido en el catálogo editorial 2018 de esta última.
Otro de los títulos destacados de Conejos es Juego de chicos (2011) del escritor Facundo Soto (Buenos Aires, 1972) que, con más publicaciones a su haber, se ha convertido en un referente de la literatura queer argentina actual.
Si bien las temáticas de ambos libros difieren en su contenido, sí se puede apreciar rasgos escriturales compartidos. Lo anterior podría corresponder con cierta sintonía que refleja un poco la urgencia de la sociedad latinoamericana contemporánea o la tendencia hacia algunos parámetros estéticos predominantes al momento de contar una historia.
Plaza, al igual que Soto, construye narraciones más bien breves que dejan en el lector cierta sensación de relato inacabado. Aparece una necesidad por seguir profundizando en las historias, en los personajes, de insistir un poco en los conflictos dramáticos que muchas veces quedan apenas esbozados. Sin embargo, calificar lo anterior como falencia es caer en una simplificación de lo que se entiende finalmente por literatura, porque al escribir se opta por una poética particular entre varias. Es simplemente una decisión literaria, no es buena ni mala, simplemente es. Y puede o no gustar, puede o no coincidir con las preferencias narrativas de cada quien, pero lo que sí nos indica esta suerte de elipsis deliberada, es esa tendencia actual a dejar de lado los grandes relatos literarios muy presentes en el siglo anterior y que hoy en día parecieran haber quedado relegados simplemente al canon literario universal.
Plaza opta por privilegiar las sensaciones antes que el desarrollo dramático en sus relatos. En “Teresa”, primer texto del libro, se describe un atardecer que marca el preludio de un acto cruel de unos chicos con un gato: “Un tono anaranjado comenzó a avanzar sobre los techos del pueblo con la misma velocidad con que sube la marea. Algo se durmió y murió a la vez. Una suspensión. La gente empezó a ordenar sus cosas y a marcharse” (16-7). Algo similar ocurre con el relato “Federici cree ser emperador” que pareciera ser un anecdotario sin historia concreta o “Carolina Fellay”, relato construido a partir de un coro de voces en la sala espera de una clínica que abre el espacio a las subjetividades que aporta cada personaje con sus diálogos efímeros, pero que sin embargo no ofrece un mayor desarrollo dramático al optar por una narración que se inclina mucho más a la sutiliza literaria que a la profundización de la historia.
Todos los relatos de Plaza descansan bajo una sombra de resignación, desamparo y soledad acompañada. Hay una letanía general, una nostalgia por un pasado imposible de recuperar, no es viable acceder a esos espacios añorados sino a través de las imágenes que ofrece la memoria.
Por su parte, Facundo Soto escribe un texto cuya arquitectura se corresponde con la alineación de un equipo de fútbol. En cada capítulo el narrador le dedica palabras tanto a titulares como a suplentes para cerrar, finalmente, con un texto centrado en Director Técnico de la colectividad queer. Sin embargo, el nombrar a los personajes por el número que utilizan en la espalda (“1”, “2 Suplente”, “3”, etc.) resulta un tanto forzado e incluso a veces entorpece la fluidez de la lectura, lo que hace pensar que se concibió más bien como un recurso efectista.
Soto abre el volumen con un texto dedicado a quien ocupa el puesto del arquero: “Repasemos: Una travesti que se pone el nombre del color que identifica a los varones [Turquesa], intenta jugar al fútbol en un equipo gay. Se presenta diciendo que es mujer, pero tiene genitales masculinos y dice que se va a operar para hacerse transexual; y lesbiana” (8). La liga de fútbol es solo para hombres gay, dicen algunos, y su presencia en el equipo genera conflicto. Aparece entonces en el grupo aquello que todos dicen rechazar: la discriminación. Más allá de las discusiones de los personajes y el intento por acordar quién sí y quién no puede pertenecer al equipo, lo que Facundo Soto propone es una tesis que no muchas personas parecieran asumir hoy en día: que la diversidad sexual va mucho más allá de las categorizaciones posibles.
Soto se vale del particular escenario del equipo de fútbol queer (por más que digan que es gay, hay integrantes que escapan a esa lógica) para narrar los conflictos cotidianos a los que se enfrentan día a día los personajes: envidias, desencuentros, desamor, soledad, conflictos de poder, homocuriosidad, la salida del closet, etc. El número “3”, por ejemplo, es un hombre de 33 años cuya madre descubre sus preferencias sexuales cuando encuentra el carnet del fútbol gay tirado en la habitación. A partir de ese hecho surge una reflexión interesante del narrador: “(…) entender que había adoptado un juego de roles: el de ser “macho” frente a sus padres y una “mujer” en la calle o en los entrenamientos” (33). El problema radica, y he aquí el símil con Eduardo Plaza, que no existe una mayor profundización que pueda notarse en los personajes que apenas se quedan en la enunciación, no se aprecia una reflexión o una evolución de los comportamientos o las actitudes frente a la vida.
La mayoría de los jugadores no están asumidos o se encuentran en pleno proceso de aceptación. Uno de ellos comenta: “¿Qué importa lo que haces en la cama? Eso no cambia nada… Estamos acá para jugar y divertirnos, ¿no?” (100). O el DT, suerte de padre conciliador de los jugadores, que sentencia: “Acá no me importa si son gays, putos, traga sables o qué se yo… Lo que nos une es el fútbol, los huevos” (65). Y quizá lo anterior pudiera ser más relevante si, de una u otra manera, afectara la cotidianeidad de los personajes, si acaso generara una progresión dramática centrada en los conflictos que surgen a partir de las mismas.

Los relatos de Soto, al igual que los de Plaza, tienden más a la anécdota que a la profundización narrativa, sin embargo, me atrevo a afirmar que responden más bien a una tendencia de la literatura misma por privilegiar lo estético, lo sensible y aquello que permite remecer otros lugares del intelecto. Tal vez el mayor defecto de ambos textos tenga que ver con su trabajo editorial. Hay ciertos descuidos, falta de prolijidad que se nota en demasía. Un “ví” con tilde; un “El loco se nueve” por “mueve”; o el cambio de fuente tipográfica en un capítulo completo que no responde a ningún requerimiento de la narración, sino que aparece como un grosero descuido editorial.
Pese a lo anterior, que en realidad es subsanable, la labor de las editoriales independientes como Conejos resulta fundamental en la diversificación y difusión de los autores latinoamericanos. Gracias a ellos y a otras editoriales que están en la misma línea, se puede seguir afirmando que las fronteras no son más que un trazo dibujado sobre el papel y la inminente expansión de la plaga de Conejos así comienza a demostrarlo.

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.