Es realmente la medicina más valiosa que se conoce;
pero la mayoría de las personas es reacia
a realizar sacrificios personales
Ambroce Bierce

 

La idea del negocio me vino en el salón de baile, mientras una tal Marie meneaba el culo trepada en una pasarela, aferrada al tubo de baile cromado que terminaba en un espejo circular en el techo. Fue justo antes del fin de los tiempos. Mientras Marie arrimaba a mi rostro sus senos, sonaba esa canción de los Pixies, esa del final del Club de la Pelea. Pensé que esa era una gran canción para el fin del mundo, pero no como la peli mientras los rascacielos caen, sino atrapado entre dos pedazos de silicona que Marie agitaba para mí, y la voz de Kim Deal, al fondo de la canción y del salón, canturreando un fraseo alargado que me hacía feliz.

Sí señor. Ese fue uno de mis momentos más felices antes del fin del mundo y de los tiempos. Entonces me vino la idea del negocio, como una visita, sintiendo en mi rostro la piel salada que cubría el plástico del pecho de la tal Marie, que cubría la miseria de mis días, de un trabajo que odiaba y una familia ausente, de la que no sabía hace años. La canción de los Pixies en aquel sitio y en ese momento fueron el detonante, lo que me sacó de una vez de mis penas. Al diablo. El mundo estaba por terminar, si no lo había hecho ya. A veces me pregunto cuándo realmente terminó todo. Ese momento de vaciamiento que a cada uno le llegó de forma diferente. Esta nueva forma tan extraña de agenciarse los días que hoy tenemos. El velo de incertidumbre que cubre estos días. La canción se grabó sobre la imagen de los pechos de Marie, y mi decisión de iniciar el negocio, dejar de lado mi vida vulgar, mandar al demonio a todo, abandonarme.

El negocio no tardó en arrancar. Es sorprendente la atracción que tiene la gente hacia lo ilegal. Si bien, en estricta regla, el negocio no es ilegal, las circunstancias que intermedian en el negocio lo son. Por eso no he podido crecer y expandirme como otros. Como los de las industrias de las armas, o del tabaco o del alcohol. Ellos fueron unos visionarios. Imagínelo. Vieron casi un siglo antes que todo estaba por terminar, y ubicaron las cosas a su favor. Mi negocio, por el contrario, se vio envuelto por la opinión pública de modo negativo. Sin embargo, no puedo quejarme de que me vaya mal. Mi negocio se promociona de boca en boca; de un cliente satisfecho que comenta al oído de un amigo sobre las bondades de mis productos, y así, al cabo de unos pocos años, me ha permitido hacinar una fortuna holgada. No me quejo. Solo reitero la inteligencia de las primeras gestas del fin.

El asunto, para los que llegamos luego al mercado, consiste en sorprender con la oferta. Las personas están dispuestas a creer en cualquier cosa. Es la necesidad de darle continuidad a la vida, fragmentada entre días y noches insolentes, desalmados. Todos vendemos, de uno u otro modo, un remedio a la realidad, una pócima para aliviar los dolores conquistados por la humanidad a través de los siglos. Yo he conocido, por asuntos del negocio, a la peor escoria, los ángeles más terribles encarnados en cuerpos humanos, seres dispuestos a entregar a sus padres si es conveniente. Por ejemplo, en una ocasión, di con una extraña asociación de hombres que seguían un culto delirante. Me contaban, una noche en que la nieve caía sin gloria por las calles rendidas, sobre un niño que tenían encerrado. Me hablaban de torturas y ayunos, de cadenas y pinzas oxidadas que no podían dañarlo. Escuchar la historia de aquel niño, su rostro que podía imaginar, su mirada imaginada que me estremecía caminando bajo la nieve de la ciudad. ¿Qué clase de dios ha imaginado un mundo así?

Tiranos, violentos mercaderes, bucaneros de la oscuridad. A veces me pienso rodeado de estos monstruos, compartiendo el pan y el miedo, aunque diste mi negocio de las crueldades de otros con los que me comparan. Además, mis pomadas sí funcionan. Son científica y empíricamente demostrables, que los ungüentos que hago a base de fetos humanos son el afrodisiaco más potente que conoce el hombre. Mis clientes, si bien son pocos, son selectos y están dispuestos a pagar lo que yo les pida, con tal de obtener un pomo de mis cremas ambarinas que devuelven el vigor hasta a los más ancianos o enfermos. Mujeres desesperadas al punto del paroxismo, que suplican porque atienda a sus amados. Pervertidos y débiles de cromosomas. Ejecutivos y personas públicas que llegan a mi negocio cubiertos con capuchas negras, mirando a todo lado antes de golpear la puerta.

Yo recibo a todos los que llegan. Pero no a todos atiendo. Para eso tengo esta vieja pistola que cuida de mis negocios como un perro fiel, cuando llega cualquier sucio malhechor, o cualquier adolescente cachondo con el rostro sebáceo, sin los medios para adquirir mi poción. No me quejo. El negocio, a pesar de que cuido de no hacerlo público, va creciendo e inclusive he recibido a inversores, interesados en participar de mis secretos y mis ganancias. Pero no quiero complicar las cosas. Toda buena idea, si no se la poda de forma adecuada, termina criando un árbol monstruoso de malas consecuencias. Ya ahora, con la creciente demanda de mis productos, resulta difícil conseguir la suficiente materia prima. Hago tratos con todos los médicos y practicantes de abortos en la ciudad. El problema es conseguir el feto gelatinoso en su punto, cuando la contextura es la apropiada, como un cartílago apenas crujiente a la hora de molerlo. Si se pasa el tiempo, el ungüento saca un tinte cenizo, nada agradable al tacto. Me ha costado tanto esfuerzo poner las cosas en orden con mis proveedores. Claro, con lo que les pago tengo el derecho de exigir la mejor materia. Pero creo que esto los obliga a darse modos menos correctos a mis proveedores. Es la lógica del mercado. ¿Qué se puede hacer?

Hubo un escándalo, hace algunos meses. Tal vez lo escuchó en las noticias. Una de las clínicas con las que trataba fue denunciada por prácticas negligentes. La verdad es terrible: los médicos vieron en mis tratos una posibilidad más rentable y rápida que la gestación de las criaturas por las que llegaban sus clientes. Los doctores se dedicaron a engañar a madres y padres que llegaban anhelantes de prolongar sus genes. No hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar el fin de aquello. Los números estadísticos los delataron. El estrépito me llevó a cerrar varios meses el negocio y ocultarme hasta que las aguas se calmen. En las noticias, se podía ver las madres y los familiares de las criaturas que acabaron en mis frascos, con lágrimas trágicas desencajadas en sus rostros maculados. De esa manera se hizo público el mito de mi existencia. Hasta me pusieron un alias: la Araña. Se decía que controlaba una red de abortistas en toda la ciudad, aunque ignoraban los propósitos finales de mis crueles tejidos.

Ahora muy reciente, he vuelto al medio. No ha sido fácil. Me han cerrado muchas puertas que antes me abrían con reverencia. Pero yo sé que hay gente que me quiere, que espera mi retorno. Como usted. Por eso he venido a verlo, porque sé que usted ha esperado por mí y sé que como usted, hay muchos, millones, que darían lo que fuera por una buena erección. Por eso le cuento la historia de Marie y sus melones de plástico. Por eso soy confidente con usted, porque sé que no me juzgará, y que tiene los recursos para poner nuevamente en marcha este ne-go-cio de gran en-verga-dura.

Escrito por Daniel Félix

Daniel Félix (Quito, 1984). Escritor y editor. Ha publicado el libro de relatos Historias de Peyoteburgo (2004), y la novela breve Lili en la niebla (2014). Forma parte de la antología Despertar de la hydra, antología del nuevo cuento ecuatoriano (2017). Es coautor de la Adaptación gráfica del cuento de José de La Cuadra “Banda de Pueblo” (2017). Ha escrito ensayos y artículos para revistas culturales del Ecuador, y libros y ensayos de filosofía y literatura para bachillerato general. Fue productor y ponente del Encuentro de Literatura “Quito, Ciudad de Letras” (2010-2012), que convocó a una centena de escritores ecuatorianos y latinoamericanos en sus tres ediciones. Como editor ha trabajado para múltiples casas editoriales, universidades y fundaciones. Es editor literario de Editorial El Conejo, diseña y coordina las colecciones de narrativa contemporánea Mademoiselle Satán y Mascarada. Es editor de la revista de cómic y poesía Ritornello.