Abro la aplicación de Spotify, selecciono la lista, me ajusto los cascos y pulso el “play”. Empieza a sonar la música, abro el libro y comienzo a leer:

Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba.

Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

(Piedra fundamental)

Una atmósfera de etérea melancolía inunda la estancia y se me abarrota el alma de lágrimas que no caen, de huecos, de sangre, de palabras y sonidos que no alcanzan, de silencios que no existen… como diría Alejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik es considerada como la última poeta maldita, se interesó desde muy joven por la filosofía, la literatura, la pintura y fue amante incondicional de la música. Su obra bebe del romanticismo, del surrealismo y del simbolismo francés.

Es un icono del feminismo gracias a su lírica de estética puramente femenina y el tratamiento de temas de los que otras no se atrevieron a hablar en su época, como el erotismo, la frustración o el desgarro desde la óptica de una mujer.

Supo plasmar en sus poemas la esencia de su vida y su carácter caótico e inestable. Aunque siempre fue consciente de las limitaciones que el lenguaje le ponía. Y por eso, busca refugio indistintamente en el silencio o en las letras. Duda continuamente de que el lenguaje sea el que pueda rescatarnos de la realidad, pero a su vez, su obra es una búsqueda incansable de los términos exactos.

Con su escritura transmite su irreparable rotura interna, su necesidad de aceptación y sus ganas de huir hasta de ella misma. Sus versos poseen un marcado carácter existencialista y una energía que consigue llegar a lo más hondo del subconsciente de los lectores. Pizarnik lo es todo: vulnerabilidad y fuerza. No deja a nadie indiferente. Consigue cambiar el estado de la mente del lector a través de unas pocas palabras. Es capaz de hundirte en sus grietas, en una bruma oscura y densa que se disipa en el verso siguiente y viceversa, y te deja desconcertado, en medio de un bosque en el que aúllan animales moribundos.

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Mover sentimientos es algo también inherente a la música. “Hay vidas y obras que emanan una música”. Y eso sucede exactamente con Alejandra Pizarnik.

Dos ejemplos claros de su fascinación por este arte serían: por un lado el texto Las promesas de la música que aparece en el poemario Extracción de la piedra de locura (1968) y por otro el poemario titulado El infierno musical (1971), que además alude directamente a una conocida pintura de El Bosco. En este último se encuentra el poema Piedra fundamental: una perfecta “apología de la música que ahonda en la belleza de los sonidos y con el que Pizarnik consigue materializar movimientos o figuras musicales como expresión de su propia vida emocional atormentada”. Buscaba en la música (como lo hace también con la literatura, la pintura, el lenguaje o los silencios) un punto de agarre, una seguridad para su existencia.

Resultado de imagen de infierno musical bosco“El infierno musical” dentro del cuadro El Jardín de las delicias de El Bosco

Otra de las referencias musicales de la autora, y que podría ser perfectamente la banda sonora de su vida, se encuentra en el poema La muerte y la doncella, inspirado en un célebre cuarteto de cuerda del compositor austriaco Franz Schubert con el mismo nombre.

La muerte y la muchacha

La muerte y la muchacha
abrazadas en el bosque
devoran el corazón de la música
en el corazón del sinsentido
una muchacha lleva un candelabro de siete brazos
y baila detrás de los tristes músicos
que tañen en violines rotos
en torno a una mujer verde abrazada a un unicornio y a una
mujer azul abrazada a un gallo
en lo bajo
y en lo triste
hay casitas
que nadie ve
de madera, húmedas,
y hundiéndose como barcos,
¿era esto, pues, el concepto del espacio?
criaturas en dulce erección
y la mujer azul
con el ojo de la alegría enfoca directamente
la traumaturga estación de los amores muertos.

Serás desolada
y tu voz será la fantasma
que se arrastra por lo oscuro,
jardín o tiempo donde su mirada
silencio, silencio.

También sus estudiosos dicen que escuchaba a todas horas a Edith Piaf y a la voz quebrada de la polémica, y también considerada por muchos maldita, Janis Joplin, con la que seguramente se identificaba plenamente y a la cual dedicó uno de sus poemas.

Para Janis Joplin
A cantar dulce y a morirse luego.
no:
a ladrar.
Así como duerme la gitana de Rousseau.
Así cantás, más las lecciones de terror.
Hay que llorar hasta romperse
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
Me pregunto si eso no aumentó el error.
Hiciste bien en morir.
Por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo.

Cuando se lee a Pizarnik se te llena el alma de sentimientos, de nostalgias, de suspiros y de angustia por agarrarte a la vida o por soltarte definitivamente. Como acabó haciendo ella que, un año después de la publicación de El infierno musical se suicida, a sus 36 años, con una sobredosis de barbitúricos.

“Por fin salió de su Infierno musical -que sólo era la vida-” (Lorena G. Maldonado)

La obra de Alejandra Pizarnik es en sí misma una clara invitación a ser acompañada de música. En Spotify se puede encontrar la lista Pizarnik vulnerabilidad y fuerza que, a mi parecer, conecta perfectamente con la esencia de la obra de la argentina y enriquece enormemente su lectura. Bien podría ser la música que ella escuchara si aún siguiera entre nosotros.

 

 

Fuentes:

https://www.diariouno.com.ar/afondo/los-poemas-la-muerte-y-la-doncella-20121011-n108761.html

https://www.elespanol.com/cultura/libros/20161010/161984556_0.html

https://estebanyluciano.bandcamp.com/track/01-la-muerte-y-la-muchacha-poema-de-alejandra-pizarnik

https://suburbano.net/el-infierno-musical-de-pizarnik/

pshtt://es.wikipedia.org/wiki/Alejandra_Pizarnik

 

 

Escrito por Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.