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La historia de la producción material y la de la producción simbólica de la obra deberían ser investigadas conjuntamente. Enrico Castelnuovo.

Precisar lo que ocurrió en el siglo XIX es hablar de la reconciliación de los períodos historiográficos del arte, desde la época del canon,  la simetría y la perfección de Ictino, Fidias o Calícatres. Sus tres órdenes: dórico, jónico y corintio. Sus edificaciones como el templo, el ágora o el buleterio. El esplendor del imperio romano, desde la columna triunfal, el arco de triunfo y el colosal anfiteatro. Llegando al medievo, con  la separación del bizantino y el románico; siguiendo con la declaración de la iglesia triunfante: el gótico, la magnificencia de sus construcciones religiosas, templos y abadías:

Las grandes catedrales, iglesias episcopales (cathedra = sede del obispo) de finales del siglo XII y principios del XIII, fueron concebidas en tan atrevida y magnificente escala que pocas, si es que hubo alguna, se concluyeron exactamente como habían sido proyectadas… Cuyas dimensiones parecen empequeñecer todo lo simplemente humano y minúsculo. (Gombrich, 1997).

El humanismo renacentista, donde los arquitectos buscaron el dominio de espacio introduciendo elementos simples y proporcionados, las obras de Aberti y Brunelleschi, cuyo ejemplo más evidente es el proyecto de la catedral de Santa María de Fiore,  la función estética de su cúpula… La inspiración del Panteón de Agripa. El concepto de unidad, la integración de dicha cúpula, su significado: el orden y la unión. La representación del hombre renacentista, hombre inteligente y el equilibrio de las fuerzas. Se inicia una nueva tradición que separa al arquitecto de los antiguos medievales, cuya profesionalización es cada vez más patente en la época:

Pero la verdadera aspiración del arquitecto renacentista seguía siendo proyectar edificios al margen de su aplicación, esto es, sólo por la belleza de unas proporciones, la espaciosidad de un interior o la imponente grandiosidad de un conjunto. Esos arquitectos aspiraban a una regularidad y simetría perfectas.” (Gombrich, 1997)

Las nuevas formas de la arquitectura del siglo XVI hasta el XVIII, el barroco. El  rompimiento del orden y la unión renacentista. Los distintos fundamentos, las nuevas formas: elipsis, hipérboles y trapecios. La compensación de las masas, volúmenes, la policromía de los diversos materiales utilizados,  las sobresalientes fachadas de iglesias, edificios públicos y casas de monarcas, son estos el surgimiento del rococó, su decoración brillante y curvilínea, la libertad de los excesos decorativos: la espléndida ornamentación. Los arquitectos lograron con esas construcciones el efecto de un mundo artificial y fantástico, todo se convertía en escenarios extravagantes, donde la monotonía desaparecía como por arte de magia. Desde los diseños de Della Porta hasta Niccolò Salvi y Alessandro Galilei. Ya lo afirmaría Gombrich en La historia del arte, cuando nos habla sobre Italia, segunda mitad del siglo XVII y siglo XVIII, lo que él llama El poder y la gloria:

Si la variedad y los efectos llamativos son considerados importantes, cada artista que venga después tendrá que producir decoraciones más complicadas y concebir ideas más asombrosas para seguir causando gran impresión. (Gombrich, 1997).

Las épocas o períodos tienen un fin, llegan nuevas ideas… Nacen nuevos artistas. Los arquitectos no son la excepción, sus construcciones son los escenarios de nuestra cotidianidad más próxima, y con ello la decadencia del barroco en el siglo XVIII. Vislumbramos  sobriedad, orden, naturalidad en el estilo, como lo hace patente en sus obras Christopher Wren en Inglaterra: “Wren da impresión de contención y sobriedad” (Gombrich, 1997). Desaparecen las volutas, las elipses y las curvas, todo se vuelve liso, sencillo; dejando la fantasía, lo artificioso; reviviendo lo natural y la sencillez: el puritanismo arquitectónico, el neoclásico temprano. La Ilustración, el establecimiento de la razón, la virtud y la moralidad; lo que quizá para ellos (arquitectos de la segunda mitad del siglo XVIII) era el buen gusto, el refinamiento de las formas, el orden y la limpieza, un siglo antes el buen gusto lo definía la pomposidad y las exuberantes formas. En el arte todo cambia nada se mantiene estático, y las edificaciones de aquellos hombres son prueba de esos cambios.

 

Las que conducen y arrastran al mundo no son las máquinas, sino las ideas. Victor Hugo.

Lo que ocurrió en la última década del siglo XVIII, ese chispazo que incendió gran parte del mundo: la Revolución Francesa. Los cambios de paradigmas en la historia social y artística, el fin del absolutismo, la instauración de un estado democrático, la naciente burguesía y el esplendor capitalista, dio paso a la nueva arquitectura del siglo XIX, con el neoclásico tardío,  sus fundamentos: la pureza de las formas, la luminosidad de sus representaciones, la exactitud y equilibrio en las edificaciones, su fidelidad al refinamiento de las artes del pasado la esplendorosa Grecia. Siendo influenciados por las nuevas teorías estéticas de Winckelmann: “La única manera de llegar a ser grandes, si es posible, es con la imitación de los griegos.”  (Winckelmann, 1989). La reconciliación con el pasado, el rescate de las cinco órdenes clásicas: dórico, jónico, corintio, toscano y compuesto. La prioridad por las construcciones civiles antes que las religiosas, bibliotecas como la edificada por  William Thornton en Filadelfia, donde el uso de la columna dórica es evidente así con un frontón triangular que nos remonta al Templo de Hefesto.  Bancos como el Banco de Inglaterra construido en 1827 por  John Soane sus columnas corintias y el uso de la escultura que nos recuerda la época sublime de Fidias, los arcos de medio punto tan característicos de la Roma imperial. Museos y teatros ahí cabe Friedrich Schinkel con el Teatro de Berlín de 1821 (actualmente Konzerthaus Berlin) su imponente diseño de fachada, columnas, friso y frontón; sus excelsas esculturas hechas por Christian Friedrich Tieck y Balthasar Jacob Rathgeber que no son más que los grandes dioses de la mitología griega: Níobe con sus hijos muertos en el pórtico del frontón, debajo una escena Eros y Psique, y en el tope un bronce de Apolo. En la fachada sur se encuentran Orfeo y Eurídice en el inframundo. En la fachada norte, Baco y Ariadna, ambos tallados en estuco.  Ahí la conciliación de la arquitectura del siglo XIX con la mitología y la perfección del canon griego.

Sin duda alguna el siglo XIX está marcado por cambios, uno de esos fenómenos es el “historicismo”, también conocido como revivals o resurrecciones, como la definiría Calvo Serraller: “Formula que alude al descubrimiento del pasado artístico cuando éste se convierte en un depósito de variados estilos históricos donde inspirarse de forma indiscriminada.” (Serraller, 2014). Este redescubrimiento es la unión entre el pasado y el presente en el siglo XIX, con una de sus primeras expresiones, el neogótico. La iglesia triunfante del medievo se hace presente en Inglaterra con el Parlamento de Londres, diseñado por Chales Barry en 1840 y concluido en 1860, inspirado en capilla mariana de Enrique VII de principios del siglo XVI, utilizando el gótico perpendicular, su característico énfasis en la línea recta, como lo describe el arquitecto y teórico Edmund Sharpe en su libro Los siete periodos de la arquitectura inglesa definidos e ilustrados. Se puede observar un estudio riguroso sobre la estructura; pero también, el empleo de las armónicas y nostálgicas  representaciones del pasado, como excusa estética de las construcciones de ese siglo, desde las construcciones de Barry y Pugin en las primeras décadas del siglo XIX, la influencia latente del historicismo neogótico a finales del siglo con la Sagrada Familia en Barcelona de Antonio Gaudí.

Un efecto monocromático reaparece en las cimentaciones, ladrillo o piedra uniforme, arcos de medio punto sobre los vanos, un simbolismo estético del románico de finales del siglo X al XIII, el neorrománico, con su reinterpretación de torres poligonales en los lados de las fachadas, el uso de las bóvedas de cañón de los interiores. La catedral de Marsella construida a mediados de 1800 por Léon Vaudoyer y que tardó 40 años para su edificación, es la reconciliación del primer gran estilo cristiano europeo con el siglo XIX, otra obra de dicha cadencia es Basílica de Santa María la Real de Covadonga, hecha de piedra caliza monocromática, donde se destacan dos grandes torres cada una flanqueando la fachada principal, con vanos de medio punto. La composición creativa de los nuevos elementos esteticistas empleados por los arquitectos del XIX y la interpretación con el medievo, son el ejemplo de la mediación entre las idas y vueltas, el pasado y el presente en el arte.

Si creíamos que la fantasía y la magia de lo que dominó la historia de las formas de los siglos XVI hasta mediados del XVIII, se había extinguido no fue así, resurgió en un Paris quizá nostálgico o quizá reivindicando su poderío arquitectónico, con el neobarroco, la construcción de Charles Garnier, la Opera de Paris. Lo pomposo y monumental, la excéntrica ornamentación, pero concebida con los nuevos elementos estructurales como acero y concreto armado, pero la recubre de decoración por considerar su estética indigna. La secuencia de volúmenes, esculturas e iluminación boatos, es lo que refleja la nueva apreciación del barroco en el siglo XIX y su diseño imperial.

La exoticidad se hace presente con el historicismo neoindio, la reivindicación de la arquitectura hindú de la India pre-islámica, sus gruesos muros, arcos voladizos, sus imponentes dinteles, los minaretes, cúpulas bulbosas, sus combinaciones eclécticas de fuentes persas y turcas;  se reinventa con J. Nash y su máxima creación el Pabellón Real de Brigthon, donde se aprecian todos los elementos de la arquitectura hindú y los nuevos materiales modernos como vigas y barandillas de hierro colado, que sin duda alguna nos remonta al Taj Mahal de la lejana Agra. Nash equilibra su obra con líneas verticales y curvas que contribuye a crear luminosidad del claroscuro entre las celosías siendo un espacio cambiante según la hora solar, convirtiendo esta construcción en una de las  grandes obras arquitectónicas del siglo XIX, que es el siglo de la revolución industrial, de los nuevos materiales como el hierro y el uso de grandes estructuras.

Las transformaciones los nuevos descubrimientos: materiales y máquinas. La Revolución Industrial, la innovación de la arquitectura, el paso a la vida moderna los nuevos retos, los problemas urbanos y las trasformaciones del paisaje.  El siglo XIX, siglo de la industria y progreso, dio senda a la arquitectura de hierro, construcciones de canales, puentes, ferrocarriles, planes urbanísticos, tranvías, alumbrados, las grandes estructuras de lo que albergaron las exposiciones de Londres y París. La invención de nuevas formas esteticistas, su materialidad hierro y acero; nace una nueva figura el ingeniero civil, que se convirtieron en el estandarte de la burguesía empresarial pujante y el espíritu progresista:

Es este el nuevo espíritu progresista el que, con sus matices eclécticos y sus contradicciones internas, prende en el panorama europeo a mediados de siglo, cuando los fundamentos socioeconómicos y arquitectónicos fijados anteriormente alcanza su adecuado desarrollo y manifestación. (Pereira, 2005)

Con estas nuevas exigencias de urbanización y desarrollo industrial, los arquitectos e ingenieros civiles deben proponer formas que lleven a las grandes pretensiones de una sociedad en pleno desarrollo, con formas estéticas nunca antes vistas. Una muestra de esto es Exposición Universal de 1889 en París, que alzó un monumento símbolo de la Revolución Industrial: la torre Eiffel, donde Gustave Eiffel logró con una construcción de hierro convertir aquella torre en un monumento artístico e histórico, que sólo los grandes genios pueden lograr.

 

  No podrás nunca llegar a perfección si ésta no te ha sido concebida ya al nacer. John Ruskin.

Hablar del siglo XIX, es hablar de revoluciones y reconciliaciones de la historia, de nuevas disciplinas dentro de las teorías del arte desde el simbolismo, el formalismo, la historiografía, etcétera.  Pero sobre todo es hablar de grandes edificaciones una de las artes más próximas al ser humano, donde se resguarda, donde puede elevar su espíritu desde el templo religioso o  los templo del saber academias y bibliotecas;  donde socializamos e intercambiamos el valor de uso y el valor de cambio los mercados, grandes almacenes. Como lo escribiría Viollet-le-Duc:

La arquitectura es el arte de construir. Se compone de dos partes, la teoría y la práctica. La teoría comprende: el arte propiamente dicho, las reglas sugeridas por el gusto, derivadas de la tradición, y la ciencia, que se funda sobre fórmulas constantes y absolutas. La práctica es la aplicación de la teoría a las necesidades; es la práctica la que pliega el arte y la ciencia a la naturaleza de los materiales, al clima, a las costumbres de una época, a las necesidades de un periodo (Viollet-le-Duc, 1987).

La reconciliación de los estilos en la arquitectura del siglo XIX, cumple con lo que diría Viollet-le-Duc que es la arquitectura, el arte de construir pero con reglas de gusto: las formas estéticas y la derivación de una tradición. Desde los templos de Atenas, la magnificencia del medievo y sus elevadas construcciones, el equilibrio y unidad de los florentinos y venecianos, el volumen de las curvas del barroco, la fantasía y  artificioso del rococó, hasta la pulcritud y luminosidad del neoclásico, pasando por la suntuosidad del neoindio hasta las grandes construcciones de acero, donde dicha tradición y ciencia se unen para la creación: el arte.

 

Bibliografía

Gombrich, E. H. (1997). La historia del arte (Décimosexta ed.). (R. S. Torroella, Trad.) New YORK: Phaidon .

Pereira, J. R. (2005). Introducción a la Historia de la Arquitectura. De los orígenes al siglo XXI (Cuarta ed.). Barcelona, España: Reverté.

Serraller, F. C. (2014). El arte contemporáneo (Primera ed.). Barcelona, España : Taurus.

Viollet-le-Duc, E. (1987). Diccionario razonado de los muebles franceses desde el período carolingio hasta el Renacimiento (Tercera ed.). Barcelona: Taurus.

Winckelmann, J. (1989). Historia del Arte en la Antigüedad; seguida de las Observaciones sobre la Arquitectura de los Antiguos (Segunda ed.). Madrid: Aguilar.

 

Escrito por Frida Priego

Estudiante de Teoría del Arte. Posmo de pueblo. Amante de las artes visuales, literatura y arquitectura. Colecciona admiradores. Le gusta tomar té y café. Fashionista y estilosa. Nunca sale sin sus llaves.

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