Tengo mucha energía. Me levanto temprano. Es sábado, pero me levanto temprano. Me visto y salgo a correr. Es sábado, pero el ambiente está frío. Voy ligera. Hoy debo recorrer dieciséis kilómetros a un ritmo cómodo.  Esos son los términos del programa de mi celular que me prepara para la carrera en dos semanas. Voy ligera.

Transcurren los primeros kilómetros sin el habitual dolor en la planta de mi pie izquierdo y eso me alegra. Me siento alegre, ligera y fresca. Entro al parque. El sol se detiene detrás de una cordillera de nubes blancas que no anuncian nada más que sombra. Le pido que no salga. Al menos hasta dentro de una hora. Voy rápido y eso me alegra. Me alegro porque estaré de vuelta antes de las nueve y treinta. Hago los cálculos y efectivamente, estaré temprano en casa para desayunar.

Primera vuelta, debo terminar tres y media. Una cuesta menguada se asoma, pero la conozco y la domino. Este tramo es más duro y largo. Se suman kilómetros. Llega el kilómetro cuatro ¿o es el cinco o el seis? Antes del siete al menos, estoy segura. No pienso en nada más que en mis piernas, en que se muevan sin arrastrarse ni saltar, en armonía. Estoy en un estado de tranquilidad muy cómodo, me alegro de que el día esté templado. Corro. Sonrío al aire, creo. Una mano grande se posa en mi glúteo izquierdo y lo aprieta. Se me bloquean los pensamientos. Pasa medio segundo con una parsimonia tétrica, medio segundo en el que pienso de todo. Primero: ¿qué es?, no quien, sino qué. Después: ¿por qué? Finalmente: intuía que pasaría algo así.

La mano se va llenando en el espacio, a una velocidad que va disminuyendo. La mano adquiere un brazo, un cuerpo cicleante. El cuerpo ciclea y se va alejando sin verme. Recién recobro la consciencia. Me detengo, por primera vez en mi carrera. Hijodeputa grito. La voz me sale abrumada y cortante. Estúpido grito. Digo. La voz se me ahoga. Tres o cuatro personas me ven con una sorpresa aburrida y se desentienden. Empiezo a correr a toda velocidad. Lo alcanzaré. No, no lo haré. Pienso otra vez en mis piernas, pero ahora me avergüenzan porque son lentas y frágiles contra una bicicleta con manos.

Paro. Me restrinjo y empiezo a llorar. Pasa una anciana y me consuela. Le cuento. Se indigna. Me ofrece avisar a algún policía cuando lo vea. Me sugiere fijarme bien por donde camino. No le entiendo, y se lo digo. Estoy en la pista, no sé, no entiendo como fijarme bien por donde correr. Pasa un hombre mayor, se entera. Se ofrece a correr conmigo. Cuidarme. Corremos juntos un par de kilómetros. Se indigna. Me pregunta si no tengo un familiar o amigo, un amigo, que me acompañe a correr. No, nadie. Condesciende. Nos separamos porque él no planea llegar a más de cinco kilómetros. Me alejo. Me doy cuenta de que jamás reinicié mi medidor y perdí dos kilómetros aturdida.

Reinicio. Apagado, no el medidor, mi movimiento. Me canso. Paro. Pongo música al mayor volumen, pero no logro concentrarme. Ya no pienso en mis piernas como alas, sino en mi trasero que me quema y me da asco. Quizás con otro pantalón. Pero es que todos los que no se me caen están sucios. Y es que con short no porque la mañana estaba muy fría. Qué estúpida. ¿Por qué enlisto justificaciones? Pidiéndome perdón.

Los kilómetros caen como bolsas de cemento sobre mi espalda. Me paro constantemente. Miro alrededor. Procuro fijarme por donde corro. Solo que no sé como hacer eso. Corro. No oigo nada. Las ruedas se acercan, me rebasan, me alejo. Mi sombra en el pavimento se me refleja. Si tan solo tuviera ojos en la espalda. Habría tomado a esa mano para estrangularla y atorarla en los orificios metálicos de la rueda más grande de la bicicleta. Pienso, deseo que algo malo, muy malo le pase a esa mano.

Limito mi ruta a la pista más poblada. Pierdo la esperanza de volver antes de las nueve y media, antes de las diez. Me duele la planta del pie izquierdo, me entristece. Me paro a amarrar los cordones de un zapato al final de la pista. Respiro agitada. Un hombre viejo y gordo con cinco perros se para en seco. Se acerca. Me observa con los ojos enormes. Se acerca. Y no hay nadie alrededor. Salgo corriendo.

Doce, trece, catorce y medio. Una vuelta más. Ya no avanzo digo a media voz. Me escucho. Me temo. Me condesciendo. Como el señor que lamenta que no tenga un amigo-escudo. Paro a respirar tres veces en menos de cinco minutos. Principiante, parezco principiante. Hace una semana me sentía estupenda.

Si tan solo tuviera ojos en la espalda. Podría haberlo evitado. Dejaría de fingir cansarme. Si tuviera un par de ojos en la espalda estaría segura. Sería como tener a un amigo, a un familiar, a un perro. Sí, porque mi perro a mi lado, es más respetable que el vacío de estar sola en la mañana, corriendo, que ser mujer. Sería más fácil. Podría ver a las manos, a las bocas sucias, escupirles antes. Vería al viejo que se acerca con sus enormes ojos. Lo vería todo.

Dieciséis. Termino, paro, respiro. No siento. Si tuviera ojos en la espalda. Sería más fácil. Los kilómetros están atrás. Muy atrás, aunque casi no he sentido ninguno. Si tuviera ojos en la espalda lo vería todo. O no. No, probablemente no. Porque antes de dejarme mover, correr, salir, ya los habrían tapado o extirpado. Lo que sea más doloroso.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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