Esta noche, mientras pedías una lata de cerveza
o bajabas la cremallera de otra falda
o quizás, alimentabas peces pálidos
dentro de una piscina de madera

–no sé, ideas
de nieve–

por aquí has estado. Y seguramente
–y hablo con certeza–
no hayas sentido una mano sobre la espalda,
unas uñas apretadas y un susurro de leche
tras la sinfonía de una calle
que se desgañitaba entre los trozos de invierno.

No, pero no eras tú.

No eras el mismo.

El boceto de un cuerpo extraño,
de una estatura igualitaria
y unos ojos incrustados en el medio de las sábanas…
no. No eras tú.

Aunque lo fueras, me interesa poco
el ADN de tus piernas, la enfermedad de tu hermana,
el tipo de rizo de tu cabello
o la cantidad de plumas que brotan entre tu mano izquierda
y derecha.

No eras tú y, aunque lo fueras,
me duerme el sueño de tenerte al lado
de tus talentos ocultos, de tu clase de ropa,
tu cazadora de 1967 y tu nariz de trapo o los lunares
que tus padres te regalaron. Uno dos tres…

No eras tú, sino un espacio creado
por el movimiento de mis párpados y el golpe de una ventana,
la calidez de los brazos de un sofá
y mis piernas compenetradas con sal de mesa.
Una brisa absurda de abrigo tieso
y el despertar de un cuervo:

eso, la risa de la bruja del hambre
y el estómago lleno de aire nocturno.

No eras tú. Y aunque lo fueras,
mantente dentro de tus propias piedras,
de tu burbuja de playas y ojos saltones,
de esa familia que te da las buenas noches y un beso
y no te preocupes.

No vuelvas.

Sigue bajando esa cremallera,
rompiendo platos, manchándote las botas
en el parque donde se pierden
todos los niños, esperando crecer
bajo el único pecho de la luna.

Y no, no vuelvas.

 

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Ocultalit, Drugstore, Le miau noir, Culturamas, Quimera y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"