Scripta Manent, Verba Volant

 

Recuerdo que hace un par de años atrás, el escritor antioqueño, ya jubilado, Iván Rodrigo García Palacios, envió un correo a sus amigos (entre ellos varios periodistas conocidos de Colombia), donde se nos pedía, a modo de juego epistolar, que mencionáramos un hombre o una mujer “libro” para conformar un catálogo personal de autores.

Aquella motivación inicial obedecía a la celebración de los 85 años del nacimiento de Ray Brabdury, 62 de la publicación de la famosa novela Fahrenheit 451 y al casi medio siglo de estreno de la película basado en el mismo libro, realizada por François Truffaut (Ver) en 1966.

Como buenos amigos ludi, que Iván Rodrigo tiene en su nómina personal, estas respuestas no se hicieron esperar y como resultado quedó el post “Lector Ludi No. 79: El bosque de los hombres libro” en la plataforma Scribd, que cualquiera puede visitar, aunque originalmente se publicó en su blog personal “Lector Ludi (Ver). Allí está como registro y para consulta del interesado o curioso.

El punto de relación es que este año se celebra en HBO la película homónima del libro “Fahrenheit 451” (2018) filmada por el director persa-americano Ramin Bahrani apodado “el director de la década” (que a propósito ha sido muy premiado y sus obras bien recibidas por la crítica) y protagonizada por actores como Michael Corbett Shannon (el Sheriff de “Animales Nocturnos” 2016) y Michael B. Jordan (que actuó maravillosamente en “Black Phanter” 2018) entre otros actores secundarios.

 

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La película promete, sin embargo, sobre lo propuesto en el correo por Iván Rodrigo Palacios, llama la atención varios temas. Primero, el asunto de la memoria, o “memorización” de libros de parte de los personajes que Bradbury quiso crear desde su distópica obra. Raza neuronal de personas hoy escasa, y hecho (arte de memorizar) que se contrapone a una era digital donde todo está al alcance de un clic y que, desde una simple Tablet, Kíndle o Ipad, se puede leer el Génesis, el Carmina Burana, el Popol Vuh, hasta la última obra de Vargas Llosa, los escritos 2018 de Lester Bangs o la narrativa de la colombiana Patricia Engel.  ¿Memorizar? para qué, si todo se puede guardar en línea o en un dispositivo. Palabras que pueden ser un graffiti o la voz de un millenials.

Memorizadores (Nomóthetes), tan escasos como la Filosofía en estos tiempos algorítmicos y que después de Funes el memorioso de Jorge Luis Borges, o Jakob Mendel, el personaje de Stefan Zweig en su novela, ya queda muy poco que decir, especialmente en tiempos de redes sociales, nubes y memorias USB, aunque un español, un tal Ramón Campayo asegura memorizar 23.200 palabras en 72 horas. Toda una rareza.

El mismo Ramin Bahrani, director de la película y becario del Guggenheim, que después de un piñazo tuvo el deseo de adaptar el libro de Bradbury a la pantalla, dice:

 


“Le pedí consejo a un amigo de 82 años. “Anda, ve y quema libros”, me dijo. “Para mí no importan. Puedo leer cualquier cosa desde mi tableta, desde el Poema de Gilgamesh hasta algo de Jo Nesbo, y puedo leerlos desde la cama, en un avión o al lado del mar, porque todo está en la nube, a salvo de las antorchas de tus bomberos”.


 

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Claro, “antorcha” como sinónimo de fuego, porque esta palabra, asociada al cuerpo de bomberos de los Estados Unidos, se castiga penalmente si es que alguien adrede incinerar su propiedad, una persona, y hasta la bandera del país. Un penalista en un lado y un pirómano en el otro. Así es el juego.

Sin embargo, ese otro término de “todo está en la nube” del octogenario amigo de Bahrani no traduce lo mismo que “nefelibato”, uno de esos personajes que proponía Pablo Neruda cuando pregunta “¿Hay en el cielo de Colombia un coleccionista de nubes?”  (Libro de las preguntas. 1974). Ciudadanos de las nubes tan necesarios que deambulen entre avenidas de libros y repúblicas de letras.

El segundo punto a destacar es que en las películas donde mueren animales se explica al final: “Ningún ser vivo ha sido dañado durante la realización de esta película”, (claro, un requerimiento anti demanda para evitar confrontación con la American Humane Association), en el film Fahrenheit 451 no hay un crédito póstumo como “No se dañó ningún libro en la realización de este filme”, o “evitamos quemar libros reales a lo Goebbels”, ni “no somos partidarios del bibliocausto”.

En fin, inquietud que nace porque en la película se ven muchos clásicos arder: desde 100 años de soledad de Gabriel García Márquez, hasta Los Buddenbrooks de Thomas Mann, pasando por Jorge Luis Borges, Fiódor Dostoievski, Oscar Wilde, y demás personajes del panteón de la literatura universal. (Solo pasaron cameos de libros que podían quemar después de gestionar los derechos de autor para su reproducción).

 

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Lo curioso es que entre escenas no arden hombres. ¡Y que gran alivio! Al menos, en el lapso temporal y futurista donde se desarrolla la película, (que trae a memoria obras como “Autómata” 2014; “Ghost in the Shell” 2017 y un poco de “Blade Runner 2049” 2018), no se persiguen personas sino “libros”, y de ahí que la culpabilidad, según el grado de lectura de cada persona, determine la muerte por fuego, todo, bajo ese toque de voyerismo mediático, muy al estilo de “The Truman Show” 1998.

La frase del escritor Heinrich Heine escrita en 1821 “Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos” Bradbury la quiere dar a entender como una consecuencia secundaria, una metáfora, porque en su obra distópica, lo principal es “quemar, quemar y quemar” (Burn, Burn and Burn), y esto como una firme convicción de principios fiel a la historia falsa de la institución de los bomberos en Estados Unidos según Bradbury: “Establecidos en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias. Primer bombero: Benjamin Franklin”.

En conclusión, la película tiene un aíre romántico (por eso de la memorización y de la preferencia de los digital como elemento de progresivo y humanidad) y hasta de psicología inversa, de esa que empuja a no hacer lo que vemos. Porque en un mundo sin libros, reina la violencia, la ignorancia, el absolutismo y se augura el fin de la libertad de expresión y de la creatividad humana. Actos no tan lejanos de las geopolíticas homogenizantes de las potencias, que buscan aunar valores,  ideas, el pensamiento personal y las acciones colectivas de las personas.

Como afirma Stefan Zweig en esas remembranzas de “El mundo Insomne”: “Confesémoslo: todos esos placeres colectivos, esas pasiones colectivas, y, por tanto, el espíritu de la época, han llegado a sernos muy ajenos, a nosotros, para quienes la cultura intelectual es la pasión vital”, algo así como sentirnos “Oursiders” en una era tecnológica embriagada de cámaras, teclados, pantallas y tentada a cambiar libros por bytes.

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Escrito por Diego Firmiano

Escritor, Periodista, Viajero.