Está lloviendo. Siempre me preocupo cuando llueve porque imagino que ningún cliente vendrá, entonces no tendremos suficiente dinero. Prendo un cigarrillo. La noche calla y mis manos están tan blancas que podrían quebrar la luz. No puedo obtener satisfacción. Mis compañeros deambulan entre el humo y los murmullos incipientes de algunos comensales. Mientras veo mi vaso de cristal vacío de vodka refractar las luces de tungsteno de este mórbido y somnoliento lugar, pienso que nada es bello aquí. Llaman, tenemos que subir, aguardar un rato mientras el lugar se llena para hacer nuestra esplendida entrada. Los dedos me tiemblan. Las piernas me tiemblan. Bebo mi cerveza hasta el fondo. Mi cuerpo se hace más pequeño; se recogen mis senos, mis caderas bajo este vestido stretch que no deja ver que estoy sola. Stefhany, sé que estás ahí profundamente desnuda y sola. Pero aquí, soy Roxanne, aquí soy completamente una desconocida que te quiere arrancar el sexo. Aquí soy la puta más bella que se recoge el cabello con un cordón y baja las escaleras con su sombra tras de ella escurriéndose sobre la pared. Me aburro. Uno se da cuenta cuando los clientes vienen por primera vez. Nada en ellos es tan sincero como su torpeza. Me ubico en mi lugar. Levanto mis hermosas piernas escondidas entre las mallas. Si todos las vieran desnudas percibirían la carne blanca y macilenta, horrible. Uff hace mucho frío y la piel tiembla. Quisiera estar acostada sobre una cama con alguien sobre mí, debajo, entre mis piernas, ahogada, cubierta de semen. Necesito otro trago que me haga sentir como si todo estuviese bien. Una cliente de cabello largo y negro se me acerca. Estiro la mano y la llevo al baño. Su cara no me dice nada, nada su sonrisa. Detesto a todos, a todo, a todos. La acerco al espejo y cierro la puerta tras de mí. Pego mi cuerpo contra el suyo, paso los dedos sobre su cuello, pongo mi boca contra su oído. Nunca recuerdo lo que le digo a mis clientes. No me importa. Sólo leo. Siento un gemido ahogado mientras veo sus ojos, mientras los baja con el movimiento de mi mano sobre su hombro que deja caer la tira del sostén. Leo despacio. Huelo su cabello y ella cierra los ojos. Más despacio como si estuviera metiendo mi poema por su ombligo, como si estuviera metiendo todos mis miedos por sus uñas. Sobre el espejo su rostro no refracta más que otro rostro. Me aburre. La empujo y ella despierta de un sueño en que tal vez imaginaba que mi voz era su voz y que el cuerpo tras de ella era su propio cuerpo. Se da vuelta e intenta tocarme, yo le abro la puerta y le sonrío, le cobro. Siempre sonrío. Me siento estúpida. Tus poemas son un completo despropósito, Stefhany, cómo te gusta esa palabra. Yo te doy críticas más certeras que todos los altos facultativos idiotas de la academia. Me siento sobre las escaleras. Sigo temblando. Un cliente tras otro viene a mí momentáneamente; a cada uno lo llevo a un lugar diferente del bar, pero generalmente estoy afuera fumando porque no soporto las voces, porque me gusta que el frío penetre por mi vestido, en mi espalda, suba por mi vientre. También yo soy una desconocida en este cuerpo que habito. Déjame hablar a mí Stefhany; no te metas que a ellos les contaré lo que hiciste. Ninguno de mis clientes tiene algo excepcional, salvo que todos me buscan porque sienten que de repente me aman. Pero nadie te puede amar Stefhany, ni a ti, ni a mí, porque a las putas no nos aman, sólo nos prodigan falsas adoraciones. Pasa un cliente tras otro. Me he bebido ocho cervezas, unas cuantas sonrisas, me doy golpes de pecho, me encojo de hombros aquí adentro. Termino con un cliente más, camino hacia la puerta y un chico demasiado joven me espera allí, tiene una cámara sobre el pecho. Fotógrafo. Me cuido de estos tipos que intentan agarrar el aire. Me pide que esté con él. Vamos a la esquina y me acerco. Es lindo, es torpe, es su primera vez. No me importa qué dice, no me importa. ¿Qué tendrá él que me hace quedar inmóvil? ¿Qué es lo que me hace quedar inmóvil? Me acerco a él casi apretando el espacio que hay entre nosotros. Dejo que mi voz destruya el poema, que lo saque de mí porque estoy cansada y no puedo sacarlo yo misma. A veces me pregunto si mis clientes no creerán que soy un hombre. Dibujo mi poema en su oído, con la lengua, con los labios, dejo que mi mejilla lo toque inesperadamente. Está caliente. Me alejo. Habla, no me importa. Me abalanzo sobre él con los labios abiertos. Demasiado joven. Inhalo su aliento no me toca su lengua es de algodón mi saliva cubre sus labios casi transparentes casi de agua tan fugaz me separo bruscamente. Te dejo en la pura libertad de olvidarme. ¿Te gusta que use tus versos, querida? Algo tenía que hacer con ellos. Más clientes me esperan. Uff quisiera estar sobre mi cama abrazada por alguien que apretara mis senos con una mano grande y urgente; que cosiera con mis huesos una casa bajo una montaña en la que yo, ella, entraríamos para morir bajo el frío y las rocas. Entro al bar, tengo ganas de subir sobre las mesas y escupir a la gente, quitarme toda la ropa y mostrarles que soy un maravilloso ángel con la piel cortada, que puedo bailar toda la noche sobre mis pequeños pies sin que nada me pueda hacer llorar. Estoy cansada. Mi cuerpo se balancea entre la oscuridad y la música como un papel sobre el agua. Busco a mis compañeros; cada uno está en una mesa, en un rincón, clavando sus ojos como demonios en los demás. Dudo que se vean a sí mismo. Vuelvo a salir. A mis clientes no los recuerdo porque dejo que se vayan con el poema. El chico sale nuevamente, me busca. Sus ojos oscuros develan una jaula, algo que quiere agarrar, que quiere morder. Intenta coquetearme, pero es tan torpe. Demasiado rápido para un segundo encuentro. Quisiera abrir su camisa, empujarlo sobre la pared y pasar mis manos frías sobre su pecho, masticar su cuerpo como un perro, hundirme. Decido que no será mi cliente. -Espéreme- sé que lo hará. Él es obediente. Entro rápidamente, me siento en las escaleras y bebo otra cerveza hasta que se me para la respiración. Uno o dos clientes más. Los pies me duelen. Mi cuerpo es de caucho, pero mis pies no. Stefhany, todo el mundo allí afuera espera a que yo enloquezca, pero no lo haré; tú tampoco enloquecerás, aunque tu alma sea basura. Nunca te amarán por puta, porque tienes la sonrisa fácil, porque aquí yo soy más real que tú. Un hombre de más de cincuenta años se acerca a mí, salimos. Ya habíamos cruzado unas cuantas palabras. Me ofrece un cigarrillo. Me estiro sobre su cuello y leo un poema a su carne que tiembla bajo un hedor de un cuerpo que ha violentado muchos cuerpos más. Es amable. Es dulce. Me quiere follar. Me dice que su casa está cerca. Esta noche dormitaría tranquilamente sobre un cadáver que tuviera sus brazos puestos alrededor de mí. Veo al chico en la esquina. Joaquín, así se llama el viejo, me recomienda un libro de un escritor polaco. Dice que este es uno de los mejores libros que ha leído en toda su vida. No lo olvidaré. Me alejo de él y me paro frente al chico. Sus ojos rodean mis labios como si los dibujara. Se impulsa sobre mí y con sus manos sostiene mi rostro. Tiene la torpeza de la desesperación. Me alejo de él. Desaparezco. El tiempo lo destruye todo, no necesita de aíre, el tiempo ya pasó. Vuelvo a él. Pega sus labios contra los míos y me empuja contra la pared, cada vez más veloz y sediento sus manos no se atreven a bajar un poco más allá de mi cintura, pero su boca toca mi cuello en un estremecimiento lento mi piel se expande y se recoge lanzo mi cabeza hacia atrás imagino que sus manos me toman por los hombros brutalmente y corren mi vestidos su boca mordiendo mis senos llenándolos de sangre me abalanzo sobre él dejo que mis manos se metan bajo la ropa dejo que abran su bragueta y aprieto su miembro lo empujo en mí ahogándolo en mis carnes imagino que su nervio revienta que caemos sobre el suelo. Lo aparto y camino rápidamente al bar. Subo las escaleras. Me desnudo. Ahora no soy yo, no soy ella, no somos. No pienso en nada. Se me olvidaba decir que no amo a nadie y que nada me interesa. Maldito Lemos, yo te hubiera amado hasta arrancarme las piernas y dártelas para que corrieras sobre agua. Yo te hubiera amado. Bajo. Mis compañeros están contentos; fue una noche productiva y con las ganancias nos iremos de viaje. Pido otra cerveza. El chico se para a mi lado. Tengo el maquillaje escurrido por todo el rostro. Él apenas me mira tímidamente y se va como si quisiera despedirse, pero no lo hace. Lo veo tambalearse por las mesas ya casi eclipsado. Todos estamos bien. La noche calla y mis manos están tan blancas que podrían quebrar la luz. No puedo obtener satisfacción.

Escrito por Stefhany R. Wagner

(Bogotá, 1994) Novelista, poeta, editora y collage artis. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Autónoma de Colombia. Fundadora y directora de la editorial independiente El Pornógrafo. Ha incursionado en la realización de poesía visual con un fuerte enfoque en el collage.