Yo sé que nunca le hablé de los martes que me sobraban, de la calle Paullier con su otoño adelantado; nunca le dije que lo extraño, ni le mencioné esos días que el tiempo se detiene justo encima de mi cabeza, solo para adelantarse tres siglos antes de volver a amanecer. Hay momentos que podría jurar que unas manos invisibles adelantan las agujas de mi reloj, para que despierte un día atrasado. Entonces ya no importan mis esfuerzos, no importará cuánto me apure, no valdrá la pena correr: siempre perderé el tren. Llegaré tarde; y ese mismo tiempo que, a veces, se detiene sobre mi cabeza, se me pegará a las suelas de los zapatos como una maldición.

Podría jurar que las agujas se adelantan sin sentido, podría si supiera un poco menos; conozco bien el umbral que se abre a la otra orilla de mi piel: las 24 horas del día, la sed, el hambre, el sueño, los ciclos de mi menstruación.  Y aún si no lo conociera, está esa luz que cae distinto sobre la volqueta y me recuerda que ya no es ayer, que dormí un día entero o dos. Podría convencerme de que son las pastillas, como me dicen ellos, cuando me recuerdan mis pocas ganas de vivir. Podría creer que soy yo, siempre yo que todo lo niego. Pero no, no son las pastillas, ni siquiera la enfermedad o las ganas de no ser. Quiero salvarme: ¿cómo explicar que solo necesito parar un rato?, olvidarme de perseguir a esa otra mujer que dicen que soy; esa que me lleva un día de ventaja y yo nunca logro alcanzar.

La otra se me parece, no puedo negarlo. Es a ella a la que ahora ausculta aquel médico jovensísimo, y, de a ratos, baja la mirada a sus tetas que sobresalen de la bata abierta. Ella es un cuerpo deseable del otro lado del umbral, aún en esos ratos que ella decide no ser. Lo veo los siento como la toma con suavidad de los antebrazos vendados y le busca la mirada, esa mirada que está en otra parte: buscame a mí antes de hacer esto. Ella se siente ultrajada, aunque en algún lugar entienda el gesto de amabilidad. Entonces la mujer mira el reloj de la pared, para no verlo a él ni a nadie, y juega a partirse junto al movimiento de la aguja que marca los segundos. Un segundo antes del minuto soy yo.

Mujer partida que reconozco y rechazo. Aunque, a veces, creo ver un rastro en la mirada del espejo o, incluso, algunas mañanas, muy dormida, he sentido a esa extraña que bebe café de mi boca o me pasa la ducha caliente por la espalda. Pero nada indica que no pueda vivir acá, de este lado; donde enfrento sola a la rajadura de la pared como una garganta que traga mis miedos, mis flaquezas; solo para susurrármelas al oído, devolvérmelas, en el momento menos oportuno. Parece que nadie quiere cargar con lo que no le pertenece.

Me he olvidado de mucho, pero no olvidé su manera de reír, ni el olor de sus remeras, ni sus championes verdes, ni los calzoncillos en la cuerda mojados, y vueltos a mojar, por esa lluvia que no para. No espero que vuelva, hay cosas que acepto imposibles, aunque me cueste, aunque no quisiera. Es otra cosa, enfrentar el duelo y negarlo, solo para demorar la muerte otro rato. Con tal de traerlo un poco más acá conmigo, por un momento, no me importaría sentir al abismo en sus caricias. Hay ciertas terquedades que me devuelven a ser, donde todavía no llegaron los químicos y las terapias, esa batería de “normalidad” que acepto con paciencia, pero no sin cierta resignación. Cada resignación es un duelo perdido, una batalla en la que soy derrotada.

Sé que nunca le dije que los miércoles se me caían de los bolsillos, que entre la noche y la noche siempre se me escapa un día. Tampoco le hablé de que en la calle Asturias la primavera viene adelantada, mucho menos le dije que ya no lo extraño o que hay un tiempo que vuela encima de mi cabeza. Quizá sea el convencimiento de que el reloj me engaña o de que siempre vengo adelantada. Entonces el encuentro sería imposible; ¿para qué esperar si él no podrá alcanzarme? Hay algo que se me escapa, entre almanaques y relojes, se me resbala de las manos y me desarma; me desarticula en ese umbral que empiezo a ser después de su piel. Es ahí, entre todos esos atardeceres que me llueven encima, que yo ya no soy.

Escrito por Lorena Giménez

Lorena Giménez: nació en Estocolmo, en el año 1977. Es licenciada en Lingüística porla Universidad de la Repúblia. Actualmente cursa la Maestría en Lenguaje y Comunicación (UDELAR). Es docente de Español Lengua Extranjera, Comunicaciones, además de editora y traductora. Participó en dos antologías, ed. Irrupciones, y publicó publicó "Otoño un lunes", ed. Estela, (su primer libro de cuentos) en el 2016. Actualmente integra el colectivo editorial Insilio.org, revista literaria.