La era digital ha levantado fascinantes preguntas sobre cómo consumimos o apreciamos el lenguaje y el arte, antes llamados obras, ahora llamados contenidos. No simpatizo con las personas que dicen que la era digital arruinó nuestra capacidad para conmovernos con la estética, pero sí les concederé que transformó nuestra manera de procesar estímulos. Acaso porque estamos más ampliamente informados, o somos un poco menos pacientes, cada vez es más complicado lograr que algo nos emocione.

Muchos académicos y hipsters se escandalizan cuando digo que el arte tiene el mismo propósito que el mercadeo: pretenden involucrar las emociones e ideas de las personas que alcanzan para lograr una reacción. Para los artistas, la reacción se traduce en respeto y prestigio profesionales, y en la publicidad se convierte en índices de venta y recordación. Al final del día, llámese arte o publicidad, todo es parte de un mismo medio. Y en una era llena de distracciones, generalmente innecesarias, el verdadero recurso que estamos buscando no es el dinero ni la adulación de extraños. Queremos su absoluta atención.

Cuando abrí mi primer correo electrónico en 2001, me volví un testigo más de las cadenas de oración, las leyendas urbanas, los premios millonarios en vínculos sospechosos y una serie de chistes extendidos que luego se contaban en las comidas familiares. Empezó como las cadenas de chistes en textos copiados, trasladados a animaciones crudas en Powerpoint y posteriormente a imágenes manipuladas o videos. Y antes que preguntarme por qué el amor de mi vida no me besó al día siguiente a mediodía o por qué el príncipe nigeriano no le dirigía el correo a su enlace diplomático, yo quería saber por qué alguien invertiría tiempo y recursos en crear este pequeño contenido irrelevante que terminaría en el inbox de una total desconocida, como yo

A veces pienso que el Internet es una nación como Guatemala: culturalmente diversa, socialmente segregada y extrañamente cohesionada con símbolos que poco tienen que ver con nuestra historia y mucho tienen que ver con los medios que consumimos. Tenemos, como seres humanos, una extraña necesidad de compartir información sin propósitos de conversación ni reflexión real. Nos gusta sentirnos conectados a algo, y aunque muchas religiones tienen ofertas detalladas sobre seres superiores, ninguna tiene la inmediatez y peso de un share, el communitas de las personas a las que también les gusta La Casa de Papel, que se volvieron veganos o que vieron ese video del tiroteo en una escuela.

Las noticias fueron creadas para hacernos seres conscientes, capaces de interpretar lo que sucede con nuestros países y sus habitantes, pero nadie realmente quiere la responsabilidad de sentirlo y saberlo todo, ¿no? Saber quiénes son los embajadores en Guatemala, qué representa la baja en el valor del euro, cómo se llaman los hijos de Kim Kardashian o cuántos niños mueren en Siria es una responsabilidad que finalmente no nos beneficia, ni material ni intelectualmente. Dicen que la data es el petróleo del siglo XXI, pero cuando se trata de comunicarnos, la información es valiosa solo porque nuestras emociones lo deciden. Y el dilema de cualquier creativo, comercial o comprometido, consiste en qué merece valor ahora.

El meme —cuyo nombre se origina en un libro sobre biología evolutiva escrito por Richard Dawkins y que nada tiene que ver con redes sociales— surgió entre estos intercambios digitales para unificar ciertas emociones con una imagen del absurdo: fotos de stock o escenas de películas que nadie vio. Muchas marcas se subieron a la tendencia para explotar estas imágenes en su publicidad, pero el resultado no fue popular ni memorable, precisamente porque el arte debe preservar su medio para preservar su sentido. Dawkins, ya en 2013, describió el meme de internet como un fenómeno creativo que se extiende de persona a persona, pero la naturalidad y simplismo son esenciales para que un meme prospere. Por algo se le llama alcance orgánico.  Este espíritu del esfuerzo mínimo engendró la nueva especie de creativos desinformados, torpes, desinteresados y asombrosamente conectados con lo único que los estetas clasicistas o tienen: interacción.

Estoy intensamente conmovida con la cultura del shitpost. Simplemente, esta es la representación más humana de nuestras identidades. ¿Cuál es la diferencia entre un meme, un momo y un momazo? De antemano me disculpo con las personas que recién buscarán estos términos en Google, porque están a punto de conocer la cúspide de la libertad de información, un acto poéticamente liberado que solo podría procurarse con un mediocre trabajo de Microsoft Paint. Este es el mundo del shitpost, capaz de mover a millones de personas —y sus dólares de AdSense— hacia mensajes cada vez menos lógicos o comprometedores. No hace mucho, el video con mayor tendencia global en YouTube era de un tipo reproduciendo su propia tos en estéreo. Cada día recibo una docena de nuevos contenidos burdamente creados, pero dotados de su propia jerga, símbolos y estética. El shitpost o el momo son solo manifestaciones de la necesidad de pertenencia que cada vez es menos evidente para los artistas de clase. Nadie conoce al último Nobel de Literatura. Nadie vio la película que ganó el Oscar. Nadie tiene la menor idea de qué hace el Met, pero por supuesto que he visto todos los momoazos de los atuendos de Rihanna en Tumblr. Hay demasiados artistas obsesionados con ser más oscuros e intrincados, más exclusivos, pero la vena sentimental está rebloggeando en otro lado.

Al final del día, el arte es un acto de comunicación, y quizá el más efectivo de estos actos es el que sí consigue ser propagado e interpretado, y en algunos casos hasta remunerado. No vengo a hacer la majadera afirmación de que los momazos en mi teléfono se convertirán en piezas de museo. Simplemente pienso que existe un recurso infinito en la creatividad humana, un recurso que puede evolucionar como cualquiera de nuestros genes, y quizá nos hemos complicado demasiado para un acto tan simple como conversar —de repente se me hace escalofriantemente lógica la necesidad de Google Duplex— porque estamos más conectados y nos sentimos más como extraños. Y talvez sea solo cosa mía, porque vivo en el tercer mundo en un país que no aprecia el arte de ninguna forma, pero me gustaba cuando el arte era más revolución que elitismo.

Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante