“La dulce melancolía del exilio suele arraigar en una nostalgia
por el sentido del humor perdido”
Simon Critchley

Hay dos rasgos comunes dentro de la literatura latinoamericana que la unifican en ese doloroso espasmo del cuerpo que es la risa: la desesperanza como motor del humor y el exilio de los autores como lugar y elemento de escritura. Tal es el caso de Nuestra señora de las nubes, escrita en el 2000 por el argentino Arístides Vargas, quien se exilió y vive actualmente en el Ecuador, donde dirige el grupo de teatro Malayerba.
Bruna y Oscar son dos exiliados que se encuentra casualmente en otra tierra. Juntos intentan pescar, entre las fangosas aguas del olvido, a su patria: Nuestra Señora de las Nubes. La dinámica de la obra oscila entre estos encuentros y pequeñas anagnórisis que viajan a la remota fundación del país imposible, situaciones cotidianas de ciudadanos de diferentes posiciones sociales, e historias de amor y heroísmo fallidas. Todo el recorrido al que el lector-espectador es invitado, se encuentra cohesionado por la evidente injusticia social y política del país. Un país que podría ser cualquier país latinoamericano

«BRUNA: Los exiliados somos gente triste, propensos a imaginar cosas que nunca pasan. Nos castigaron con tanta perversidad que nos hicieron olvidar que los que nos castigaron pertenecen al mismo país que nosotros, y aun así creemos que es el mejor país del mundo. ¿Qué ironía, no? Extrañar un lugar tan perverso y creer que es el mejor del mundo».

La escritura de Arístides se caracteriza por introducir juegos poéticos del lenguaje, donde la literalización de la metáfora, la repetición y la elipsis logran lapidar al espectador entre una risa espontánea y una realidad dolorosa, común a la historia de toda Latinoamérica: el desencanto de un pueblo posmoderno, que ha sido azotado por dictaduras, regímenes, silencio y olvido.

«BRUNA: Sí, también dije que en mi pueblo los corruptos denuncian a los corruptos y está bien porque ellos si saben de lo que están hablando (…) Confundieron el país con un avión.
OSCAR: ¿No me diga?
BRUNA: Primero dijeron que había que ajustarse los cinturones, nosotros lo hicimos; después dijeron que eran épocas turbulentas, nosotros les creímos; luego dijeron que en caso de asfixia económica, una mascarilla caería automáticamente. Ninguna de estas cosas sirvió para nada, el país se vino a pique y nunca encontramos la caja negra. (…)
OSCAR: Conocí a una chica que tenía alas.
BRUNA: ¿Sí?
OSCAR: Sí, y aunque parezca mentira, se llamaba democracia, Democracia Martinez, y aunque parezca mentira, la violaron.
BRUNA: Es que ese nombre invita al estupro.
OSCAR: Una noche… la destartalaron, pobre chica… una patota…
BRUNA: ¿Una patota legislativa?
OSCAR: Sí, pero se desilusionaron, ya había sido violada por una patota ejecutiva, su familia, gente de mucho dinero, la escondieron, imagínese…
BRUNA: Claro, no se puede andar mostrando a una violada como si se tratase de una constitución»

En la voz del autor, podemos identificar un humor beligerante, que disuelve los discursos de la autoridad y desenmascara metáforas inherentes al lenguaje cotidiano, asumidas como acuerdos tácitos y contratos implícitos. Al hacer esto, el autor logra romper ritos sociales, «mira el mundo de soslayo y nos devuelve a lo cotidiano al hacérnoslo extraño» (Critchley, 2010, pág. 89)

Además de esto, podemos identificar la presencia de un humor infantil que, con la ayuda de juegos de palabras, relativiza el “sentido común” del mismo lenguaje y de instituciones como la familia, la religiosidad, la Historia patria y el amor. «En mi país las madres mueren jóvenes en el almuerzo, se suicidan solas en la cena y mueren otro poco en la mañana, y si alguien les pregunta por sus hijos nada contestan por miedo a morirse de pena…» Esta destreza que tiene el argentino para esculpir el lenguaje, se intercala con un habla vulgar, donde un humor morboso se permite en la obra, llevando al lector-espectador a naufragar en risa. Sin embargo, cuando éste se encuentra desprevenido en medio de la explosión de la risa, el espectador recibe una bofetada y, sin parar de reír, comienza a plantearse una pregunta que surgirá reincidentemente en el desarrollo de la obra: ¿Por qué me estoy riendo de esto?

«HERMANO 1: Cuando te veo venir pareces una estatua, y cuando te veo partir te desestatúo con la mirada; cuando te veo venir me crecen las flores en las manos y un junco en medio del agua.
HERNMANO 2: Quisiera ser un tornillo y que tú seas mi tuerca… entonces yo… enrosco (…) Quisiera ser amapola para untar en tu tinta mi tallo.
HERMANO 1: Para otra no tengo ojos, lo que significa que eres la niña de mis ojos.
HERMANO 2: Para otra no tengo mano, lo que significa que eres mi muñeca…
(Le muestra a su hermano la muñeca intentando explicar su piropo)
HER 1: (censurándole) Quisiera que fueras una puerta para darte un portazo.
HER 2: (le contesta) Tú eres el gusano que nunca será mariposa.
HER 1: (cabreado) Me cogiste cariño y nunca me lo devolviste.
HER 2: Mi vida es un desierto y tú ni siquiera un camello.
HER 1: de nuestro amor no queda más que una camisa arrugada (…) (Cambiando ante la presencia de una mujer) Quisiera ser moretón y estar siempre en tu boca. Quisiera estar agotado…
HER 2: (Cortándole) Quisiera ser el aliento para estar siempre en tu boca.
HER 1: Quisiera…
HER 2: (Cortándole) Quisiera ser la sombra de tu boca para estar siempre en tu boca
HER 1: (Explotando) ¡Basta, se acabó! Yo también quiero estar dentro de tu boca, ser tu cepillo de dientes, tu dentista, un insulto… Una persona despreciable, alguien que te traicionó, que robaba la plata de tu mesita de noche y se la bebía en tugurios de mala muerte, que te engañó, aquel al que diariamente insultas y que logró lo que quería: estar de una puta vez en tu boca, como un moretón, como una baba, como un insulto, como una sombra… (Pausa) que llena tu boca de palabras sombrías.»

Cuando en medio de nuestra risa frente a los juegos del lenguaje y chistes vulgares, nos detenemos un poco como espectadores, podemos percatarnos de que los personajes no se ríen, la risa existe solo en el público. No hay una consciencia o un deseo de hacer una burla o una broma por parte de los personajes, los personajes no son unos desesperanzados que dilucidan su pasado por medio de la ironía: no se trata de un sarcasmo rencoroso sobre la historia de su patria. Ellos simplemente recuerdan en un intento desesperado de no morir, de no olvidar, a pesar de quedarse a veces en el “¿Cómo se llamaba?”; simplemente traen consigo un tipo de lógica y lenguajes diferentes a la que nosotros manejamos. De repente, nosotros como espectadores, nos damos cuenta de que con nuestra risa involuntaria, somos parte del ellos que señalan a los personajes, de que nuestra risa es cruel.

Y entonces, viene nuevamente la pregunta: ¿Por qué me estoy riéndo? El humor trágico está en la situación y en la risa culpable del espectador, al darse cuenta de que fue colocado en el papel de sujeto cosmopolita, que se ríe del “extranjero” del exiliado, hasta que en medio del espasmo se percata de que se está burlando de la tragedia e “inferioridad” latinoamericana, es decir, de su propia miseria.

 

Bibliografía

Vargas, A. “Nuestra Señora de las Nubes”; Teatro ausente : cuatro obras de Arístides Vargas / Arístides Vargas;
ilustrado por Oscar Ortiz ; con prólogo de: Elena Franacés Herrero
– 1a ed. – Buenos Aires : Instituto Nacional del Teatro, 2006

Critchley, S. Sobre el humor. España: Quálea, 2010.

Escrito por Stephany Méndez Perico

Bogotá, 1990. Diletante. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia y candidata a Magíster en Escrituras Creativas.