No puede ocuparse de sus ojos
dado que conoce de memoria la humedad en las axilas
el sonido de su padre en las ventanas
su olor inexpresivo            salvo cuando la besan
y la entrada al bosque
donde se refugiaría
(de no ser …
no en busca de ser invisible.

Esa niña y sus piernas salpicadas
que escucha fingiendo que duerme
que apenas arrastra sus ojos y su vergüenza
de costado, en la mugre y en su cumpleaños
sigue siendo
(porque nadie hice nada,
incluso en lo ubicuamente ajeno)
la vida

Escrito por Salenka Chinchin

(Quito- Ecuador,1998).