Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, publicada en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615, es quizás la novela española más conocida y esencial no solo en la literatura española misma sino también en la literatura universal.

Uno de los aspectos que ha permitido la enorme relevancia del Quijote a través de los siglos, viene dado porque es una novela que en sí misma, nos plantea una propuesta teórica de cómo hacer una novela. Muchos la juzgan la obra fundacional del género de la novela moderna, ya que a partir de ella muchísimos escritores construyeron sus obras considerando los esquemas temáticos o estructurales que Cervantes inició o desarrolló más ampliamente.

Además de su increíble y compleja estructura, uno de los mayores éxitos del El Quijote está en su historia. Esta obra capital, como bien se conoce, nos narra las curiosas y disparatadas aventuras de Alonso Quijano, un viejo hidalgo español venido a menos quien un día decide seguir los pasos de los héroes caballerescos de sus novelas favoritas, y salir al mundo a deshacer agravios y ayudar a los menesterosos llevando por nombre Don Quijote de la Mancha. Más allá de las carcajadas que este caballero de torcida figura nos genere, la historia de Cervantes nos enseña muchísimo sobre la bondad, la moral, la justicia, el amor, la amistad e incluso sobre la muerte. Consideramos que su valor viene dado especialmente por ser una novela mucho más seria y trágica de lo que a simple vista nos muestra.

El viejo y el mar (1952), de Ernest Hemingway, es una de las tantas novelas posteriores al Quijote en donde se pueden rastrear múltiples huellas de la obra de Cervantes. En este caso, lo notamos particularmente a nivel temático y en los paralelismos presentes entre el personaje de Don Quijote, de Cervantes y Santiago, el personaje de Hemingway.

Ciertamente no podemos afirmar si Hemingway se acercó o no al Quijote –a pesar de sí saber que fue un ávido lector y quizás por ello pudo leer la novela de Cervantes–, pero al menos al analizar su obra podemos comprobar que la influencia en ella es tangible.

Hemingway nos relata la historia de Santiago, un pobre y viejo pescador que vive en La Habana, Cuba y que se haya desplazado de la sociedad ya que muchos creen que tiene mala suerte y que además, ya está demasiado viejo para el trabajo.

Santiago tiene ochenta y cuatro días sin realizar una gran pesca y solo ha podido sobrevivir con pequeños peces que consigue en sus infructuosas salidas al mar. Aun así, un joven muchacho, Manolín, está dispuesto a zarpar con él para buscar el sustento del pobre anciano, a pesar de las negativas de sus padres de ir porque consideran como muchos que el hombre está salao, que está condenado a su mala suerte.

Desesperado, el viejo pescador se embarca solitario en una aventura descabellada en búsqueda de lo que será quizás su última gran pesca, logrando atrapar un gigantesco pez que lamentablemente es destrozado y devorado por los tiburones cuando el viejo emprende el regreso a la costa.

Aunque inicialmente parece que la aventura del viejo Santiago no lleva a nada, la experiencia que vive es lo que genera un cambio en él y en el ambiente que lo rodea. De cierto modo, su última gran aventura es la que le da el lugar en el mundo que había perdido y tanto añoraba recuperar.

Para iniciar, así nos presenta Hemingway al viejo pescador en su relato:

era flaco y desgarbado con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Estas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.

Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos (1952: 7-8).

Santiago ciertamente es un viejo pescador, gastado por los años de trabajo duro en el mar, navegando en su pequeño bote de vela y luchando fuertemente contra los grandes peces. Todo en él es viejo, remendado y deshecho, igual que la vela que corona su bote: “remendada con sacos de harina”, descolorida por el sol y que al estar “arrollada, parecía una bandera en permanente derrota” (Hemingway, 1952: 7).

De modo similar, Cervantes nos presenta a Alonso Quijano, el pobre hidalgo de unos cincuenta años –un anciano para la época de Cervantes–, que además era “de complexión recia, seco de carnes, [y] enjuto de rostro” (Primera Parte, Capítulo I: 28).

Don Quijote es un personaje que nos causa risa, gracias a la parodia que Cervantes utiliza, pero también nos genera profunda lástima como Santiago. En sí, ambos parecen una versión roída y gastada de lo que pretenden ser, sea un gran pescador o un imponente caballero andante.

Pero, a pesar de sus cuerpos viejos y sus figuras torcidas, ambos ancianos parecen estar llenos de una vitalidad y voluntad que no es propia de su edad. Hemingway nos resalta este hecho con los ojos azules de Santiago, brillantes y llenos de la fuerza que él poseyó en su juventud, cuando era Santiago El Campeón. Don Quijote, por su parte, nos demuestra con sus discursos inspiradores y su ánimo aventurero que aunque el cuerpo se tambalee, el espíritu aún sigue joven.

Incluso en el caso de Santiago, pese a que su cuerpo está viejo y desgastado, todavía hay fuerza en él. Sus hombros y su cuello todavía son fuertes y sus manos experimentadas aún saben sostener las cuerdas y aparejos. Si bien se encuentra solo en medio del mar y está algo afectado por la exposición al sol y la falta de alimento y agua, él jamás desiste y continúa manejando los instrumentos de pesca con gran habilidad. A pesar de su cansancio y de la fuerza con la que tira el pez, Santiago no resiente de su faena. Con las manos callosas, el cuerpo adolorido y el estómago vacío, el viejo pescador sigue luchando. Ni el cansancio ni el dolor lo detienen de luchar por su ideal, y es en eso en dónde Santiago y Don Quijote más se asemejan.

María de los Ángeles Soler, hablándonos sobre la juventud interior de Santiago nos dice:

El viejo pescador de El viejo y el mar, es (…), paradójicamente joven. Sale al mar (…), un día tras otro, sin que el fracaso consiga vencerle, animado por la esperanza, por la fe de encontrar un pez muy grande (…) Y luego, cuando, al cabo de ochenta y cuatro días de búsqueda infructuosa, encuentra su pez grande (…) entonces empieza una lucha titánica, una lucha nobilísima entre el pescador y su enemigo, lucha sin rencor, donde el enemigo es apreciado en todo su valor, y, en un cierto sentido, también amado (1959: 53).

Sobre este último elemento, el pez, queremos detenernos un instante.

En el caso de Don Quijote, su ideal se materializa, más allá que en los valores caballerescos, en la figura de Dulcinea. Ella por sí misma representa todos esos ideales que el caballero andante defiende y por los que lucha, sea la bondad, la justicia o el amor. Contraria y paradójicamente, Santiago materializa su ideal en el pez al que le da caza.

Contradiciendo un poco a Soler, es importante aclarar que el ideal de Santiago no se presenta como un enemigo, sino todo lo contrario: el pez es mencionado incluso como un hermano que navega junto a su bote, como el resto de las criaturas que habitan en el mar y acompañan calladamente al viejo.

El pez es descrito como todo buen ideal: hermoso, poderoso, maravilloso, brillante y fuerte. Causa admiración en Santiago, más que rechazo u odio. Como nos explica Ricardo Gullón, el pez es un “adversario” no un “enemigo” y como adversario, es uno muy admirable y grande que lucha por la carnada sin pánico alguno.

Hay que considerar además que el adversario es valorado porque será el sustento del pescador, el cazador debe agradecer la existencia de la presa porque si no su victoria no sería posible, no valdría nada.

Así también, este animal como representación del ideal, supera al hombre incluso físicamente. El inmenso pez que Santiago atrapa ni siquiera cabe dentro de su pequeño bote. El pez es del mismo tamaño de la embarcación y es por ello que él se ve obligado a atarlo a esta y luego tener que enfrentar a los tiburones que se ven atraídos por la sangre en el agua. En este sentido, el ideal es demasiado grande para ser llevado por el hombre, lo supera de manera desmedida y es por ello que, sin la protección del bote, queda expuesto para ser devorado y despedazado.

En este sentido, no se puede olvidar que Santiago también se identifica a sí mismo con el pez. Este es extraño igual que él, él desearía ser el pez en vez de ser un hombre, el pez quizás está en la desesperación como él. Considerando esto, se puede entender que igual que el pez es arrancado a pedazos por los tiburones, el hombre mismo es desmembrado –moral o espiritualmente– por la realidad que lo circunda. Esto puede entenderse no solo por el mundo en el que vive Santiago, sino también por el conflictivo y violento mundo del siglo XX en el que vivió Hemingway.

En el caso de Don Quijote, su ideal más bien parece inexistente, porque Dulcinea nunca aparece físicamente en la obra, a pesar de tener una “existencia real” en la persona de Aldonza Lorenzo. Su ideal, igual que los valores caballerescos ya prácticamente olvidados en la época de Cervantes, se han disuelto a tal punto que parecen nunca haber existido más que en la ficción que tanto gusta a Don Quijote.

Pero, siguiendo las palabras que el propio Santiago dice: “el hombre no está hecho para la derrota (…) Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado” (Hemingway, 1952: 118). A pesar de que tanto él como Don Quijote son apaleados, insultados e ignorados, ninguno retrocede en la búsqueda de su ideal. Y lo que los hace todavía más nobles y valientes es el hecho de que ellos enfrentan solos su batalla contra ese mundo y esa realidad, que desmiente, aplasta y destruye sus sueños.

Ciertamente, Don Quijote emprende sus aventuras acompañado por el inseparable y bueno de Sancho Panza, y Santiago cuenta al menos con el apoyo de Manolín, el muchacho; pero, la lucha máxima de estos héroes es solitaria. Don Quijote debe enfrentar solo a su adversario final, el Caballero de la Blanca Luna y Santiago emprende su viaje completamente solo. Únicamente los ideales y la voluntad es lo que los acompaña en su lucha personal.

Antonio Rodríguez, respecto a esto nos dice que “Don Quijote permaneció hasta el final de sus aventuras [como] un luchador individual, y nada existe más insensato o incongruente que levantarse solo contra un mundo inmenso en el cual “todo son máquinas y trazas contrarias unas de otras” (1984: 126).

La aventura y la batalla de estos dos “héroes locos” son todavía más descabelladas porque en su situación la empresa parece aún más imposible. El desprecio que tanto Santiago como Don Quijote obtienen proviene porque parece que su tiempo de aventuras ya ha pasado. Ambos están ancianos, desgastados y frágiles –al menos de cuerpo–, pero aun así luchan por llevar a cabo sus sueños. E allí por qué los llaman locos.

Don Quijote pretende traer a su realidad unos valores y unos ideales que ya en el siglo XVII estaban más que caducos y Santiago pretende llevar a cabo una hazaña aparentemente irrealizable para alguien de su edad y que se halla en unas condiciones tan desfavorables. Pero a pesar de la adversidad a la que se enfrentan, ambos lo logran.

Don Quijote regresa a su estado de viejo hidalgo y fallece como tal negando todas sus aventuras de loco, pero los valores que promovió con tanto ahínco dejan huella en Sancho, quién al final no solo llora su muerte sino que está dispuesto a volver a la aventura con su señor:

-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana (Segunda Parte, Capítulo LXXIV: 1102-1103).

Del mismo modo, aunque otros personajes jugaran el juego de Don Quijote solo para burlarse de él –como las prostitutas o los duques–, también entraron en su fantasía, también accedieron a que al menos, por un momento, el ideal del loco fuera real. Los castillos con doncellas, los viajes encantados, los gigantes, los ejércitos e incluso la bella y virtuosa Dulcinea adquieren un lugar en la realidad, al menos dentro de la obra de Cervantes. Don Quijote no logra cambiar su realidad pero sí logra que nosotros, a través de la lectura de la novela, reconsideremos el mérito detrás de los valores caballerescos, más allá de la parodia que nos presenta.

Por otro lado, a pesar de que Santiago pierde prácticamente por completo el gran pez que había atrapado con sus propias manos, su regreso con el esqueleto del mismo atado a su bote despierta sorpresa y cierta admiración en la gente del puerto de La Habana. Manolín mismo decide que lo ayudará nuevamente a pesar de todos los reclamos que pueda obtener de sus padres.

Aunque ninguno de los viejos logra materialmente alcanzar el ideal de su aventura –Don Quijote nunca consigue a su Dulcinea y Santiago pierde a su gran pez–, ambos al menos logran alcanzar su ideal en calidad de ideal. Sus sueños se transforman en realidades porque cambian su entorno directa o indirectamente. La locura adjudicada a ambos se transforma en admiración y respeto, y en realidad esa locura es el elemento que les permite alcanzar esos sueños “imposibles”. Rodríguez sobre esto nos dice:

Las grandes quimeras, los sueños que al principio parecen utópicos, irreales, acaban siempre por realizarse (pocos son los obstáculos que el hombre se propone vencer sin lograrlo), porque las fantasías de los locos han partido, por lo general, de hombres que tienen mucho de común con Don Quijote (1984: 75).

¿No se les llamó inicialmente “locos” a todos esos pequeños visionaros que con sus descabelladas ideas lograron hacer increíbles cambios en el mundo? Nikola Tesla, Henry Ford, los hermanos Wright, Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi e incluso Jesús de Nazareth. Todos ellos fueron tratados de locos o fantasiosos, fueron apaleados, insultados e incluso asesinados por considerar que sus sueños viajaban muy alto, que eran imposibles de realizarse en la vida material y que jamás cambiarían al mundo. Pero acertadamente la Historia nos ha demostrado que estos “pequeños quijotes” lograron que sus sueños fueran tangibles en la realidad, o que al menos sus ideas lograran importantes cambios en la sociedad en la que vivieron, aunque muchos de ellos no pudieron apreciarlo en vida.

Y ese es el verdadero peso del ideal: que muchas veces como pago, requiere la vida. Pero, ¿acaso los héroes de las épicas clásicas nunca morían durante su aventura? El viaje de estos héroes –Don Quijote y Santiago– es un viaje hacia la muerte, pero su triunfo no es conseguir la recompensa, sino el viaje mismo. Como ancianos que han vivido ya diversas aventuras y experiencias a lo largo de su vida, lo mejor que puede ocurrirles en la última brecha del camino es llevar a cabo ese viaje imposible y sobrevivir para contarlo o para que al menos un escritor lo cuente por ellos.

Don Quijote y Santiago –y quizás Cervantes y Hemingway también–, nos enseñan que en realidad su locura recae en su insistencia por luchar por sus ideales de justicia, bondad y amor, incluso hasta la muerte. Ambos son cazadores inquebrantables de ese sueño imposible.

Hemingway no nos indica en la obra si finalmente Santiago fallece luego de su aventura –de allí la sensación de que pareciera que la obra regresa al inicio–, pero no sería descabellado imaginar que así sea. Santiago emprende su travesía con la conciencia de que quizás esta sea la última, pero de ser así, deber ser su más gran aventura, igual que la de Don Quijote. En ambas obras, la muerte, aunque sea dolorosa, es también el triunfo final alcanzado tras atravesar esa última gran aventura.

Referencias bibliográficas

Escrito por Caterine Dos Ramos

Estudiante de Letras, ilustradora y artista autodidacta (Caracas- Venezuela). Interesada en literatura, ecocrítica, mitología, fantasía, superhéroes e ilustración. Tengo muchísimos hobbies, pero escribir y dibujar son mis favoritos.

4 comentarios

  1. ¡Gracias a ti por leer y por comentar! 🙂

    El paralelismo se lo debo en parte a un profesor llamado Einar Goyo Ponte que impartió un seminario relacionando novelas posteriores al Quijote con esta y donde yo me centré en El Viejo y el mar. Digamos que la idea original fue de él y yo la desarrollé.

    Cuando uno conoce los artificios del Quijote es increíble encontrar como muchísimas novelas tienen cosas de ella. A veces hasta uno se sorprende, como tú.

    De nuevo, gracias por la lectura y el comentario 🙂

    Le gusta a 1 persona

  2. Es que sin lugar a dudas considero que el trabajo de Cervantes con El Quijote fue mucho más profundo que el de Hemingway. De hecho la primera vez que leí la novela no me gustó mucho. Considero que Hemingway triunfa más en sus cuentos, pero eso no le quita tampoco valor al Viejo y el mar.

    Más que todo quise aquí tratar ambas novelas al unísono porque me parece que sus puntos de encuentro son muy interesantes y que ambos personajes hablan de luchar contra un mundo que se opone, uno por allá en el siglo XVII y otro más cercano en el siglo XX.

    Igualmente, ¡gracias por el comentario y la reflexión!

    Saludos.

    Me gusta

  3. Capullo, podría ser que tus supuestos entre ambos estilos y estructuras literarias, sean correctos.

    Sin embargo hay algo que no tomás en cuenta en esta nota, sobre las cosas o no que lograron ambos autores.

    Lo de Hemingway es solo una buena novela.

    Lo de Cervantes fue mucho más que eso.

    Por ejemplo, logró acabar con las historias y leyendas sobre la caballería, tan en boga en eso años.

    Se acabaron los cuentos de princesas raptadas, de hadas, de gigantes y dragones.

    Comenzó la edad de la razón.

    Simplemente la literatura y sus temas cambiaron para siempre.

    Sabés la parte increíble, que algo similar pasó con la física, comenzó la edad de la razón
    con un contemporáneo de Cervantes, un antepasado mío, un tal Galileo.

    Esto se fue repitiendo a través de los años en otras ciencias y artes.

    Siempre los grandes cambios en la cultura de la humanidad, fueron producidos casi simultáneamente por varios personajes, nunca por uno solo.

    Saludos.

    ¨rubenardosain.wordpress.com¨

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s