Hueso suelto

Es el hueso suelto
una palabra sin nombrar
y en su tuétano
habita Dios de ojos turbados.

Su voluntad  es equivalente a la de todo: el deseo.
Y aunque padece las ansias de la carne
más fiero que cualquier mortal,
se retuerce sobre los que aman.

Nada lo conmueve,
quizá la piel brillante
de las jóvenes que tiemblan bajo el temporal
o la incrédula mirada de los que mueren en la guerra,
no los niños, ni los perros
no las madres desgarradas de dolor,
no.

Por eso dicen los que saben:
mejor cantarle a la tiniebla en la montaña
al cardo en el camino
al sol que enciende el hocico de las hienas.

Nada lo complace más
que los hombres hincados
por desear la pulpa abierta,
la víscera rasgada de los otros.
Y cuando todos imploran se hincha;
es el hueso que se llama como él.

Nada hay que más le alegre
que en los templos los hombres
incapaces de humana soledad,
de dolor humano en lo humano.

Segovia

Los perros también se acercaron
pero el hedor los alejó,
a ellos, que han aprendido a destilar de lo amargo
el amable vapor de la belleza.

El cuerpo ladeado se entregaba  al abismo
suspendido de una rama, sus pies se sacudían bellamente,
la cabeza inclinada hacia los ojos de sus padres
parecía vieja, aguerrida
en ese cuerpo hinchado y extraordinariamente joven.

Abierto el vientre dejaba ver  la sangre seca que retenía
los órganos
como una mueca generosa de la muerte.
Los padres se balanceaban abrazados
tristísimos sobre sus propios pies
bailaban al ritmo del cuerpo que pendía de la rama.

 

Centro de la casa

 Finalmente descubrimos que corremos en pos de sombras tan efímeras como inconsistentes y no podemos encontrar nada que sepa satisfacer a la nostalgia… 

Arthur Schopenhauer

La casa queda en la frontera.
El salitre sustituye la materia
que los ojos en otro tiempo
llamaron luz.

Sobre la piedra hundida
el salitre, por el peso de la hierba
se coagula.

Hemos olvidado todo.

Quisimos echar el río atrás,
devolverle a los huesos su peso,
recobrar el aire que los suspendió un momento
y los batió ahogados entre  la carne.

Pero la casa en la frontera
fue devorada por la hierba
y las fieras la habitaron.

Las vimos acomodarse,
abrir sus fauces,
tajar lo que quedaba.

Nos sucedieron y olvidamos.

La médula  rebanada
bien adentro,
siempre fue el centro de la casa.

 

Lo que arde y fluye

Solo amamos en la vida
las presencias que la cruzan
como mensajeras de otro mundo.

Nicolás Gómez Dávila

En la palabra
el río
corre cuesta arriba
restituyendo el tiempo,
la vida,
lo arrasado.

Pero vivir es el río que regresa
y los derrumbes,
la violencia de los días
donde existe dios.

Un perro nos espera
en ese fondo imposible que desconoce la palabra,
luminoso permanece
en el envés de la vida
y acá hiere su distancia
hiere su canto bajo la lluvia
su agotada carne, su lengua mansa.

No puede la poesía reconstruir huesos y dientes
y el perro nos observa desde ese fondo imposible que es la muerte;
su impulso, sin embargo, lo hace cardinal.

Ciertas cosas
habitan la potencia de lo innombrado,
ciertos abismos en la vida
tocados jamás por el lenguaje,
cosas iluminadas solo desde su interior
de ligera luz
retenidas en su estado de latencia.

A veces desde afuera algo las enciende;
la poesía que en la vida es aliento
nos devuelve a la abertura
a una imagen descuajada de los signos que se llaman;
la palabra a la distancia
que las saca del pasado
y las arranca de su reposada inexistencia.

Pero en esta habitación todo tiene nombre propio;
un perro observa los días  ya sin él,
tiene nombre,
pues es propio de la vida  nombrar
todo lo que arde y fluye.

Conocemos el pasado de esas cosas solas
que nos miran desde la imposibilidad,
somos lo elegido por su fuerza.

Transcurrimos entre ellas atentos al polvo
que cada semana les borramos,
son la vida
y para ellas nuestro nombre
es una huella dactilar
o la vuelta que les damos para que el sol no las irrite.

Incólumes persisten.

A diferencia de nosotros,
gozan ellas de un piadoso dios
que las salva de la ruina.

 Meditación

Aquí fumando,
mal hábito deseado,
el letargo es contingencia.
Estirar la mano entre el humo y el cenicero,
amputar la ceniza y de la incisión
extirpar el signo.

Los malos hábitos
se aprenden a escondidas,
mirar bajo el vestido de una monja,
en el vino encontrar la salvación
y ante el gesto generoso de los hombres
confirmar la inexistencia de Dios.

Pertenece al artificio,
a la civilización,
el escándalo.

Por acá, solo el humo que fluye,
la pena del fósforo que no atina
al cuajo.
Cuánta carne sobre la tierra.
Cuántos coágulos.

El perro muestra frenético sus dientes

y corre con su presa entre la boca
llanura adentro;
ha sido largo el suspiro exhalado por el que ahora es un cadáver
banquete
que entre mordiscos
el hambre y el instinto  riñen.

El perro cruza luego la noche,
la tiniebla que para él  resulta el mundo humano.
Jadea, lame las magulladuras de sus días
sabe, entiende
qué son la soledad y el destierro,
pero desconoce la función del tiempo,
su impostergable cometido;
envejecerlo todo, acabarlo todo.

Como el perro
mis labios riñen con la vida y tragan luz,
jamás sacian su hambre,
ya adentro
la luz es un rayo
y se extiende por las entrañas del cuerpo
que también cruza la noche
magullado, solitario
consciente de que será cadáver,
banquete del tiempo;
ese otro perro
que llanura adentro,
noche adentro,
todo lo devora.

Escrito por Camila Charry

Camila Charry Noriega. Bogotá, Colombia, 1979. Es profesional en Estudios literarios y aspirante a maestra en Estética e Historia del arte. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoy, Otros ojos, El sol y la carne y Arde Babel. Ha participado en diversos encuentros de poesía en Colombia, América, Europa y África. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano, polaco, portugués, árabe e italiano. Trabaja como profesora de Literatura española.