Unas botas nuevas, ¿se imagina? y sí, es cierto que Brayan no bailaba mucho, pero lo de los dos pies izquierdos no era tan literal. Él desapareció un jueves por la tarde. La última vez que lo vi estaba jugando fútbol con los pelaos de la vereda, ahí afuera de mi casa, en el parque de la escuela, uno nuevo que inauguró el alcalde hace apenas seis meses. Me acuerdo que me asomé a la ventana y le grité que no se fuera a demorar que ya venía la lluvia y se enfermaba. Me contestó con esa voz de gallo pinto que le empezaba a engrosar “que sí abuela, que yo me dentro en un rato” y fue lo último que jamás le volví a escuchar. Yo me embolaté en la cocina preparando un tintico, al rato me di cuenta que se soltó el aguacero, entonces salí a buscarlo porque me daba miedo que se fuera a resfriar. Salí y mi muchacho ya no estaba. Lo busqué y lo busqué durante tres semanas, nadie lo había visto. Los compañeritos del fútbol decían que ese día, apenas empezó a llover, cada uno salió disparado pa’ su casa y que ellos creían que Brayan también, pero no, Brayan nunca cruzó la puerta.

Después apareció mi niño disfrazado de guerrillero, como le dije ya, con dos botas de pie izquierdo a medio poner. Le voy a contar algo que yo llevo dentro de mi corazón, que es la única explicación que yo le doy: Es que a los soldados les pagan por muerto, ¿sí me entiende?, entonces lo que pasó es que estaban cuadrando la prima de navidad. Me mataron a mi muchacho pa’ poder estrenar, sí, sí, eso es lo que yo creo, que me lo mataron pa’ hacerlo pasar por guerrillero muerto en combate y cobrarse unos pesos. Es que no tiene otra explicación, porque ¿de dónde Brayan guerrillero?, si era apenas un niño que no hacía sino ir del colegio a la casa y de la casa al colegio, se lo digo yo, que fui la que lo crié, que lo tuve desde que nació y su mamá, mi Yuli, alma bendita, se murió.  

En Ocaña resultó mi muchacho, ¿puede creerlo? perdóneme si no puedo dejar de llorar, pero es que ¿Ocaña?, perdóneme, por favor,  pero es que sumercé no sabe lo que yo he vivido desde que perdí a Brayan y lo difícil que es para mí hablar de él. ¿Le digo algo? Yo no pude volver a dormir, porque me duermo y sueño con él, con su carita de ternero, sueño que me mira desde la ventana por donde le grité la última vez; está lloviendo y él quiere entrar a la casa, pero no puede. Siempre es el mismo sueño y no me gusta dormir, porque entre más lo veo más quiero abrazarlo y cuando me despierto siento que más lo extraño y se me hace como un nudo en el pecho que me ahoga y no puedo respirar. Al principio sentí mucha rabia, pero ahora ya ni eso siento, es como si me hubieran matado a mí también y me hubieran enterrado el alma junto a su cuerpecito en el mismísimo hueco del cementerio.  

Escrito por María A. Zorro

Estudiante de literatura y psicología de la Pontificia Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia.